En defensa de la singularidad forestal mediterránea

Siempre he dicho que el gran enemigo administrativo del monte, más que las leyes, son los funcionarios (principalmente los forestales) que aplican prohibiciones basadas principalmente en su particular criterio

Vista aérea de las montañas del bosque en la Costa Brava en Cataluña.Getty Images / iStockphoto

Que las necesidades de las masas forestales del sur de Europa poco tienen que ver con las del resto del mismo continente, creo que es incontestable. Ha sido así desde siempre, por mucho que los visionarios de salón hayan idealizado esos paisajes continuos de coníferas tan de postal de la Selva Negra o Canadá.

En España, al menos, el monte sólo ha sido algo ajeno a la modelación efectuada por la acción del hombre desde hace escasamente treinta años, para satisfacción de los ecoabandonistas. Y ahora lo estamos notando en incendios pavorosos en los que lo fundamental son los varios cientos de grados de más que se produce en ellos (producto del exceso de combustible), que no el grado de más por el cambio climático. El monte español necesita al hombre y cualquier cosa diferente es un experimento.

Por poner un ejemplo, es casi seguro que los paseantes y recorredores de senderos, embutidos en mallas de licra, no conocerán que por cualquier monte hay multitud de horneras, donde se hacía picón para consumo humano. Tal multitud de horneras es testigo físico de la tradicional intensidad de aprovechamiento humano. Negarlo es necedad.

Siempre he dicho que el gran enemigo administrativo del monte, más que las leyes, son los funcionarios (principalmente los forestales) que aplican prohibiciones basadas principalmente en su particular criterio. Pero también hay que hablar de las leyes, porque prácticamente lo son los Planes de Conservación que han florecido por las amplísimas zonas incluidas en la Red Natura. Su expresa prohibición de la explotación forestal o su extrema limitación, supone una alteración en la gestión tradicional desde hace siglos.

Aquí es donde las diferentes administraciones diluyen sus responsabilidades. «Es que esto viene de Europa; poco podemos hacer». Lo que es una falacia, porque lo que ha hecho la UE es validar los planes redactados desde España a dictado de las respectivas CCAA.

Es cierto que ahora para cambiarlos haría falta el visto bueno de la UE ¿Y qué? Estamos viendo cómo al Gobierno de España no le ha importado enfrentarse con todos sus socios europeos por la política migratoria y especialmente con Italia por la aplicación de la zona Schengen. ¿Y no lo merece el monte mediterráneo?

Ir a Europa a exponer la singularidad patria es posible y obtenerlo factible, siempre que no se vaya a las instituciones europeas a dormitar o conseguir de forma barata que tus hijos accedan a una formación académica internacional. Y esto ya no es que sea factible, sino que se ha convertido en absolutamente necesario.

Urge el cambio radical de la filosofía que inspira a las verdaderas leyes ambientales, que no son las aprobadas por las Cortes, sino las que se hacen en los gobiernos autonómicos y Central: los Planes de Conservación.

La tradicional gestión forestal patria nunca ha sido ajena al uso del fuego durante el invierno

Aprovecho estás líneas para abrir un melón que (ya que hablamos de incendios) quemará a muchos, sobre todo a los que no conocen más fuego que el del mechero. La tradicional gestión forestal patria nunca ha sido ajena al uso del fuego durante el invierno. A esos absolutamente ignorantes del agro patrio les sonará a anatema, pero es una realidad. El hombre rural lo utilizaba, de forma metódica y quirúrgica, lo que a nadie debería extrañar, dado que hay muchísimas especies vegetales mediterráneas que son pirófitas, es decir, que necesitan el fuego para la eclosión de sus semillas. Negar el fuego invernal en la gestión forestal es tan absurdo como negar la propia genética de las especies vegetales de nuestros montes. Esa es otra singularidad patria.

Y no hago un llamamiento a que cualquiera vaya cogiendo un mechero en diciembre, pero sí que ellos se haga posible, con las notificaciones previas o autorizaciones que procedan. Déjense de echarle la culpa a 'Uropa' de todo y cojan el toro por los cuernos. A corto plazo la solución, o amortiguamiento de las consecuencias, pasará por un enorme (y posible) incremento de los medios de extinción, pero la solución mediata pasa por reconocer esa singularidad y que las políticas agrarias, al menos en el sur de Europa, unan la propia actividad agropecuaria con la gestión del monte. Ni son realidades separables, ni por ello las inversiones públicas pueden ser incompatibles.

Como última cuestión, pediría que España y sus CC.AA. abandonen esa política de reservar cualquier actuación forestal a los encargos (verdaderos fraudes a la Ley de Contratos de las Administraciones Públicas) a Tragsa y sus primas autonómicas, que se han convertido en verdaderos cánceres de la ya escasa capacidad económica y empresarial de las zonas rurales, ahogando a las pequeñas y múltiples empresas locales que no hace tanto hacían esas labores. Ni ecoabandonismo (que mata más que el cambio climático y sí es absolutamente antropogénico), ni monopolio público de la gestión forestal, ni echarle la culpa a 'Uropa' de las cagadas patrias. La UE no es culpable del modelo forestal español, del contenido de sus Planes de Conservación, como tampoco de haber negado lo que nadie les ha expuesto: la singularidad del monte mediterráneo, que en su enorme extensión y densidad es básicamente ibérica.

  • Antonio Conde Bajen es miembro del Real Club de Monteros