Desvaríos veraniegos IIILaureano de Las Cuevas

Crónica de un eclipse: la musaraña y el azimut

Leí la noticia dos veces. La primera por curiosidad y la segunda para cerciorarme de que «región genital» significaba exactamente lo que yo había entendido. Así era. Una musaraña diminuta mordía a los jabalíes en los testículos y un antepasado mío había dedicado varios años a estudiar el asunto

Las vacaciones de verano, además de ser un coñazo, suelen traer aparejado un trabajo que no sé por qué siempre me toca a mí: bucear en el trastero en busca de los mil y un trastos inservibles que mi señora considera imprescindibles para ir a la playa y que durante el resto del año duermen el sueño de los justos.

Este año, entre inmersión e inmersión, me llamó la atención una vieja y mohosa caja condenada al ostracismo en un rincón del trastero. Debía haber viajado más que el baúl de la Piquer. En uno de sus costados todavía se intuía la leyenda «Transportes La Pesetina».

Recuerdo que en verano, siendo yo apenas un mico, los camiones de Pesetina llevaban y traían a Asturias media casa de mis abuelos, guardada en baúles de mimbre primorosamente ordenados bajo la supervisión de la abuela Fefa. La caja podía haber salido de aquella casa o de alguna anterior y solo conmigo había sufrido ya cuatro mudanzas. Nadie había reparado en su existencia hasta entonces, ni sentido la menor curiosidad por averiguarlo. Entre facturas antiguas, fotocopias ilegibles y revistas desparejadas encontré una carpeta roída en cuya cubierta alguien había pegado la cabecera de un viejo diario manchego: La Gaceta de Toledo.

El papel, amarillento y quebradizo, olía a humedad y a tiempos pasados, no por ello mejores. Siempre he pensado que la estética de Manrique era un poco catastrofista. Dentro de la carpeta había un ejemplar del periódico cuidadosamente doblado y, junto a él, un atado de cartas sujeto con una cinta descolorida, dirigidas a un tío bisabuelo que, según las crónicas familiares, «era un genio incomprendido». La portada conservaba la fecha completa: 23 de diciembre de 1905. El titular no admitía dudas:

El rito de diciembre. «Observaciones sobre Sorex decembris en la Dehesa Alba (Toledo)»

Toledo, 23 de diciembre de 1905. (European Press / IRAM).— Investigadores del Instituto Regional de Arqueología y Museística han sacado a la luz un informe de 1884 hallado en los archivos de La Gaceta de Toledo que documenta inusuales interacciones tróficas observadas en el campo manchego.

En páginas interiores, la noticia continuaba: «Se describen las observaciones realizadas sobre Sorex decembris —conocida localmente como musia de diciembre— en la Dehesa Alba, provincia de Toledo. Durante el periodo invernal, la especie muestra un comportamiento interespecífico inédito: ataques dirigidos a la región genital de Sus scrofa baeticus -jabalí arocho-. El patrón, comparable al descrito para el tejón de la miel (Mellivora capensis) frente a grandes félidos, sugiere un rito de dominancia o cortejo». La noticia mencionaba además testimonios epistolares, referencias históricas y varias láminas inéditas.

Leí la noticia dos veces. La primera por curiosidad y la segunda para cerciorarme de que «región genital» significaba exactamente lo que yo había entendido. Así era. Una musaraña diminuta mordía a los jabalíes en los testículos y un antepasado mío había dedicado varios años a estudiar el asunto.

Se trataba de un tío bisabuelo solterón y excéntrico de quien heredé el nombre y, según mi madre, alguna otra cosa. Apenas sabía nada de él. En la familia se contaba que pasaba largas temporadas en el campo, pertenecía a varias sociedades científicas y mantenía correspondencia con personas igualmente inclinadas a perder el tiempo. Murió sin descendencia y sus papeles se repartieron entre sus hermanos. La caja debió de iniciar entonces su prolongado relevo de mudanzas.

Desaté la cinta de las cartas. La mayoría procedía de Vissantet Nieto i Cassarana, miembro correspondiente de la Sociedad Filomastozoológica de Olano, en Álava. Su nombre aparecía varias veces en el viejo ejemplar de La Gaceta de Toledo. En la primera carta, fechada en diciembre de 1881, Nieto i Cassarana relataba:

Sospecho que la musia no busca alimento, sino una forma de dominio, acaso ritual

«He observado ya tres casos idénticos, siempre en luna menguante. Sospecho que la musia no busca alimento, sino una forma de dominio, acaso ritual.» En las páginas siguientes, Vissantet describía, con la minuciosidad de un entomólogo y el pudor de un hombre piadoso, la observación que había dado origen a la correspondencia:

«Una musaraña de pelaje ceniciento, que apenas superaba el tamaño de un dedal, se abalanzó sobre el jabalí dormido, prendiendo sus dientes con inusitada precisión en la zona pudenda del macho adulto. Este emitió un gruñido breve, más de sorpresa que de dolor, y volvió a recostarse sin mostrar agresión.»

Mi tío bisabuelo había subrayado las últimas palabras y escrito al margen: «Estupor comprensible».

Las cartas estaban acompañadas de bocetos, medidas, fases lunares y pequeños planos de la Dehesa Alba. Vissantet representaba al jabalí mediante un óvalo, a la musia mediante otro bastante menor y el lugar del ataque con una cruz. Las láminas no tenían gran valor artístico, pero disipaban cualquier duda anatómica.

En muchas hojas aparecía otra letra, más pequeña y firme. Pertenecía a Carmiña Cassarana, esposa de Vissantet y copartícipe de las observaciones. Corregía medidas, precisaba horas y disentía con cierta frecuencia de las conclusiones de su marido. Junto al dibujo de una musaraña situada bajo el vientre de un verraco aparecía escrito con puño firme: «Parecía un acto de justicia natural, una subversión al orden viril».

Vissantet se inclinaba por un rito de dominancia. Carmiña atribuía a la musia propósitos más elevados. Mi tío bisabuelo, quizá por prudencia científica, se había limitado a añadir un signo de interrogación.

La noticia de La Gaceta citaba unos cuadernos de campo y varias láminas que no estaban en la carpeta. Intenté localizar el archivo del periódico, tarea que resultó bastante más difícil de lo esperado. La Gaceta de Toledo había desaparecido, sus fondos se dispersaron y una parte de ellos se perdió durante la Guerra Civil.

La Sociedad Filomastozoológica de Olano seguía en activo y me puso en contacto con un descendiente de Vissantet, propietario de una explotación de vicuñas en Béjar. No pregunté por qué había vicuñas en Béjar. Para entonces, la musaraña y los testículos del jabalí habían colmado toda capacidad de asombro.

La familia conservaba las respuestas de mi tío bisabuelo y varios cuadernos de Vissantet y Carmiña. Las dos mitades de la correspondencia habían permanecido separadas durante más de un siglo: una en poder de los Cassarana y otra dando tumbos dentro de la caja de Pesetina. Visité con ellos la Dehesa Alba y reconocimos los lugares señalados en los croquis. Habían desaparecido algunos fresnos, pero permanecían el recodo del Guazalete, las esparteras y el encame donde, según la tradición familiar, se sucedieron los ataques.

Entre los cuadernos apareció el borrador de una última carta, dirigida a mi tío bisabuelo y nunca enviada. Vissantet empezaba a dudar de que el comportamiento dependiera del mes, del frío o de la fase lunar. En todos los casos, los ataques habían ocurrido cuando la luna alcanzaba un determinado azimut sobre el cerro de las esparteras.

«No es la noche lo que alienta a la musia —escribía—, sino la dirección en que la noche mira.» Debajo había varias cifras, un croquis del Guazalete y una palabra subrayada dos veces: «azimut», junto a una serie de coordenadas.

Una bisnieta de Vissantet, la mayor de tres hermanos, estudió las anotaciones. «La jodía niña», apelativo que sus hermanos empleaban con independencia del asunto tratado y que ella parecía aceptar sin molestarse, parecía la más avezada. Después de extender un mapa sobre la mesa y hacer unos cálculos, anunció que la alineación descrita por su bisabuelo volvería a producirse durante el eclipse. Nadie dudó qué haríamos la tarde del 12 de agosto.

Nos situamos aquella tarde en un alto junto al arroyo, separados del encame unas decenas de metros. La jodía niña se encargó de las mediciones; sus hermanos llevaron comida, agua, dos sillas plegables y opiniones; muchas. Yo casi olvido los gemelos.

Hacía un calor espeso. Las cigarras sonaban junto a los álamos de la piscina, varios rabilargos recorrían la ribera y un verraco adulto dormitaba entre las eneas. A medida que avanzó el eclipse, la luz adquirió una palidez extraña. Las sombras de las hojas se llenaron de pequeñas medias lunas, los rabilargos desaparecieron y las cigarras callaron. El jabalí levantó la cabeza, olfateó el aire y volvió a recostarse a la fresca.

Fue entonces cuando algo se movió entre los juncos.

La musaraña era poco más que una sombra cenicienta. Avanzaba mediante carreras cortas hasta el borde del encame, comenzando a describir el semicírculo representado en los dibujos de Vissantet. Al alcanzar el punto que la jodía niña había calculado, se detuvo.

—Clavado.

El jabalí dio un salto convulso, giró sobre sí mismo y salió entre las eneas con un estrépito considerable

La musia se acercó al verraco olfateando sus cuartos traseros y se deslizó bajo el vientre. El ataque fue tan rápido que apenas alcanzamos a verlo. El jabalí dio un salto convulso, giró sobre sí mismo y salió entre las eneas con un estrépito considerable. La musaraña permaneció un instante a la vista y después regresó ordenadamente hacia los juncos.

Uno de los hermanos torció el gesto llevándose las manos a la entrepierna. Los demás hicimos como que no lo habíamos visto.

Anotamos la posición, la temperatura y la conducta observada. En el apartado destinado a incidencias hicimos constar que el ejemplar de Sus scrofa baeticus había abandonado el encame «con precipitación manifiesta». La fórmula nos pareció suficientemente objetiva.

Pese a las reiteradas observaciones, Sorex decembris continúa ausente de las colecciones oficiales. Algunos especialistas dudan de su existencia; otros creen que podría tratarse de una variedad de Sorex araneus. Ninguno ha explicado satisfactoriamente la cuestión del azimut.

En una de sus últimas cartas, Vissantet había escrito: «Empiezo a sospechar que la musia no hiere: corteja.» Mi tío bisabuelo subrayó la frase y añadió al margen: «No precipitar conclusiones».

Desde entonces, cada vez que veo algo pequeño y ceniciento, mis manos se esconden instintivamente en los bolsillos, defendiendo pudorosamente el flanco principal.

  • Laureano de Las Cuevas Álvarez es consultor ambiental