Ira y fuego
Para que se produzca un incendio tienen que concurrir tres elementos: combustible, oxígeno y calor. Es el triángulo del fuego. Si falla uno, simplemente no se da. Nada podemos hacer respecto al segundo y tercero, pero sí, y mucho, respecto al primero.
Incendio en Orense.
«A mi señal, ira y fuego». Con esa orden que Máximo Décimo Meridio le da a su comandante Quinto, empieza la batalla de Germania en la película Gladiator. En la versión original varía; el Comandante de los ejércitos del Norte y General de las Legiones Fénix dice: «At my signal, unleash hell», que significa, literalmente: «A mi señal, desatad los infiernos». Y eso es lo que estamos viviendo en España otro verano más, un infierno desatado.
Para que se produzca un incendio tienen que concurrir tres elementos: combustible, oxígeno y calor. Es el triángulo del fuego. Si falla uno, simplemente no se da. Nada podemos hacer respecto al segundo y tercero, pero sí, y mucho, respecto al primero.
Gestionar el carburante que hay en nuestros montes es la única y más efectiva herramienta preventiva y reductiva de consecuencias. Si se saca la madera seca y se eliminan el pasto y los restos de biomasa del campo, hay menos fuel. Resultado: incendios más moderados, que son más fáciles de extinguir, y menos hectáreas abrasadas.
Hasta hace no mucho, la ganadería extensiva desempeñaba un importante papel para tal fin. En invierno, los ganaderos roturaban y limpiaban zonas buscando ricas montaneras en otoño y frescos tallares en primavera. El ganado, de una forma natural, desbrozaba y majadeaba el campo patrio, manteniéndolo y mejorándolo. Esto ha desparecido y no va a volver.
La gestión de los montes y bosques la hacían quienes vivían de ellos. Resineros, madereros o piñoneros tenían el monte inmaculado, lo que facilitaba su tarea y redundaba en mejores producciones. También se acabó. Las masas forestales están abandonadas y son un polvorín del que nadie quiere o puede responsabilizarse. Los titulares de la propiedad no tienen claras sus competencias y el riesgo al que se exponen es elevado. Si le preguntamos al expresidente Zapatero, «la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento». Majaderías aparte, de manera general, el titular del monte es el dueño de los recursos forestales producidos y, por tanto, tiene responsabilidad sobre ellos. En los montes públicos la ostentan los municipios y diputaciones. Mediante autorizaciones, lotes o suertes, permiten retirar combustible o limpiar el monte. Por su parte, en las fincas privadas, la potestad es del dueño quien, por norma general, quiere tener su casa limpia y cuidada. En los espacios protegidos, como parques nacionales o naturales, por ejemplo, se complica todo un poco más. Se rigen por su norma particular y, subsidiariamente, por la normativa forestal. Un lío. Adicionalmente les impactan iluminadas ideologías que consideran que no se deben tocar y así permitir que recuperen su estado virginal. Una locura.
La burocracia, que además de eterna y agotadora, está más en contra que en favor del ciudadano
Entonces, ¿por qué no se limpian los montes? ¿Por qué no dar a residentes y a quienes lo soliciten, facilidades para recoger piñas, fusca y todo tipo de restos forestales o simplemente tener sus bosques arreglados? Principalmente es por desconocimiento del medio, sus tiempos y procesos. Luego está la burocracia, que además de eterna y agotadora, está más en contra que en favor del ciudadano. Mejor impedir que facilitar. Y si erras, multas que, según su clasificación, van desde los 100 euros al millón.
Y el Estado… ¿por qué no invierte en la limpieza de los montes, la gestión de la biomasa y el mantenimiento y mejora de los ecosistemas? La desidia la ignorancia producida por doctrinas que albergan ideas enfermizas y el mal empleo de los recursos, entre otras muchas cosas, responden a esto. Por otro lado, solo hace falta ver el estado de las carreteras o de la red ferroviaria. Y, finalmente, la autocomplacencia, que hace bajar la guardia, fomentar la mediocridad y detener el desarrollo. Y es que siempre hay una excusa.
¿Cómo hemos llegado a esto? En 1995, el agonizante Gobierno de González liquidó en Consejo de Ministros el Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA), que, capitaneado por ingenieros y personas con un profundo y vasto conocimiento del campo y la difícil orografía nacional, realizaron una impecable gestión de los montes y masas forestales españolas. Tras su desaparición, sus competencias se diluyeron entre las autonomías y distintos organismos de desarrollo rural. La casa sin barrer. Esta bandera la toma ahora la Agenda 2030 en su epígrafe 13, «Acción por el clima», que además de ser un plan diabólico, es un ultraje pues solo contempla el cambio climático como actor principal.
Los incendios se empiezan apagando con concienciación. En una sociedad cada vez más alejada del campo, toma especial relevancia formar e informar a todos sus integrantes. En la era de la comunicación, echo de menos campañas como la de «Todos contra el fuego» en los noventa. El desconocimiento lleva a la falta de aprecio y el campo no puede minusvalorarse. Es nuestro medio. Es todo.
Los fuegos se siguen apagando con prevención. Cuando no hay riesgo de chispa, hay que permitir que se desbroce y limpie. Propiciar que se hagan nuevos cortafuegos, y sanear y ampliar los existentes. Que, quienes saben, realicen quemas controladas. Favorecer que las personas que habitan sus pagos hagan lo que hicieron toda la vida: mantener limpia y segura su casa. Financiar la limpieza de bosques tras fenómenos meteorológicos que los destrozan y los dejan llenos de combustible abandonado. Favorecer la reforestación con monte autóctono, que suaviza mucho la furia de los fuegos. Endurecer al máximo las penas, sin derecho a rebaja. Que quien pegue fuego al monte, sea por la causa que sea, pague con todo. E invertir, sin miedo ni freno, que no hay mejor activo.
¿Siempre hubo fuegos? Claro, no es una invención del cambio climático. La diferencia radica en la virulencia. Llamas mucho más altas propician que se alcancen temperaturas muy elevadas, lo que hace que las tareas de extinción se tornen en imposibles. Brutales despliegues de medios con costes en consonancia y justos resultados. Y siempre con precios exponencialmente superiores a los de la prevención. ¿Por qué, entonces, llegar a esto? La dejadez de funciones lo fomenta, pero me falta el motivo. ¿O es que detrás hay perversas intenciones? Viendo acciones y reacciones, lo considero seriamente.
La caza, la montería y la rehala han redibujado los montes españoles. Caminos, cortaderos y limpieza de zonas y arboledas para mejorar la cantidad y calidad de la comida de las reses montunas, así como de la salud de la flora. Ya sea en montes públicos o privados, la caza ha propiciado la prevención y extinción de fuegos. Una vez más, cazadores, perreros, ganaderos… velan por el campo desinteresadamente y con conocimiento de causa, respondiendo a la crisis con desprendimiento y valentía. Y, una vez más, eché en falta a los ecologistas. Su credo es rentable, pero solo para ellos. A la hora de la verdad, nunca están. Y sus idearios tienen mucha culpa en todo esto.
Me parte el alma ver zonas que he monteado durante años reducidas a cenizas. Me pesa mucho saber que muchas personas han visto cómo el horror, en forma de incendio, devoraba en segundos su vida, sus ilusiones, el fruto de su esfuerzo y su futuro. Como sola compañía, la impotencia y el abandono.
La naturaleza seguirá su curso y se repondrá, pero llevará muchos años volver a ver la sierra como estaba. También recuperarán la normalidad las vidas de los habitantes de lo devastado. Pero mientras ese día llega, no podemos permitir que esto vuelva a suceder y solo depende de nosotros.
Ajeno a todo, durante estos días de fuegos descontrolados, el helicóptero de la DGT no para de dar vueltas multando a los veraneantes inmersos en sus viajes. Quizás estaba mejor con un helibalde, pero el apetito recaudador es voraz y a la vista está que lo que sacan no es para mejorar nuestras vidas.
Ira y fuego, y no solo en los montes, sino en los corazones de muchos.
¡Despierten!
- Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero