Cuando no cazo, leoAntón Riestra

Los padres de la montería moderna

Pedro de Pedraza, ballestero de Su Majestad Católica, decidió poner por escrito todo cuanto sabía en el manuscrito de su «Libro de Montería», destinado como regalo a Felipe IV para que disfrutase aún más de la que era su afición predilecta

La pólvora comenzaba a imponerse como herramienta de caza.

En 1625, la Corona española vivía lo que sus cronistas bautizaron como el Annus Mirabilis. El sitio de Breda, el socorro de Génova, la recuperación de Bahía y otros éxitos militares hacían presagiar un reinado brillantísimo, apenas unos años después de que Cervantes escribiera las dos partes del Quijote. El Siglo de Oro español estaba en su apogeo y ese liderazgo cultural también se reflejó en la literatura cinegética.

La pólvora comenzaba entonces a imponerse como herramienta de caza. Los arcabuces habían reducido su peso hasta hacer posible su uso civil y la montería estaba cambiando para siempre. Fue probablemente ese mismo año cuando Pedro de Pedraza, ballestero de Su Majestad Católica, decidió poner por escrito todo cuanto sabía en el manuscrito de su Libro de Montería, destinado como regalo a Felipe IV para que disfrutase aún más de la que era su afición predilecta.

El manuscrito nunca llegó a imprimirse. Quizá el Rey consideró que no había motivo para compartir aquellos conocimientos; quizá simplemente quedó eclipsado por la publicación de dos libros extraordinarios: el Origen y Dignidad de la Caza de Juan Mateos (1634) y el Arte de Ballestería y Montería de Alonso Martínez de Espinar (1644). Durante siglos, al no conocerse más que un manuscrito (apenas se hizo una copia a mano en 1848 que ha permanecido en manos privadas desde entonces), algunos eruditos —como Miguel Lafuente o Francisco Uhagón— llegaron incluso a pensar que Pedraza había tomado ideas de aquellos autores y no al revés.

No solo se trataba de una obra verdaderamente interesante, sino del primer libro escrito en castellano que explicaba cómo cazar con armas de fuego

Hubo que esperar hasta 1984 para que el paciente trabajo de Manuel Terrón Albarrán devolviera el Pedraza al lugar que le correspondía. Más de tres siglos y medio después de haber sido escrito, los aficionados descubrieron que no solo se trataba de una obra verdaderamente interesante, sino del primer libro escrito en castellano que explicaba cómo cazar con armas de fuego. Pedraza no se limitaba a describir una nueva herramienta; estaba actualizando toda una forma de entender la montería para adaptarla a la mayor transformación tecnológica que había conocido hasta entonces.

Y quizá eso sea lo más sorprendente. Cuatrocientos años después, la montería que aparece en aquellas páginas sigue resultando perfectamente reconocible. Cambian las armas, mejoran los equipos y evolucionan los materiales, pero la forma de leer el monte, de anticipar el movimiento de las reses o de afrontar un lance continúa siendo, en lo esencial, la misma.

Las tres grandes obras de ese periodo —Pedraza, Mateos y Martínez de Espinar— permiten comprender cómo se monteaba en el siglo XVII y, al mismo tiempo, ofrecen consejos que cualquier montero moderno sigue considerando válidos. Esa extraordinaria vigencia explica que continúen reeditándose con frecuencia. Quien hoy se sumerge en sus páginas no está leyendo únicamente historia; está reconociendo muchas de las sensaciones que experimenta cuando espera en silencio a que una res rompa el monte.

Cada una posee, además, una personalidad bien definida. El Pedraza, quizá por ser el más antiguo, utiliza un lenguaje más sobrio y directo, aunque conserva el mérito inmenso de haber abierto el camino. El Mateos, a quien el propio Pedraza cita como fuente de autoridad, ha sido considerado siempre el más auténtico, el que transmite con mayor viveza la sensación de haber acompañado al autor por los montes. El Martínez de Espinar constituye una verdadera enciclopedia cinegética cuya influencia tardaría siglos en ser superada. Está escrito en un castellano de claras resonancias cervantinas y su categoría queda bien reflejada en el prólogo que le dedicó Francisco de Quevedo.

Las primeras ediciones de estas obras alcanzan hoy cifras extraordinarias en las casas de subastas donde aparecen muy de tarde en tarde. Afortunadamente, el aficionado actual no necesita disponer de una fortuna para disfrutar de ellas. La colección Velázquez publicó a finales de los años setenta magníficas ediciones anotadas, con estudios biográficos, análisis lingüísticos y abundante aparato crítico. Más recientemente, facsímiles como los de Maxtor o ediciones conmemorativas, como la realizada por Altae, permiten acercarse a estos textos con enorme comodidad y a precios asequibles.

Quizá esa sea la mejor noticia para cualquier aficionado. Porque abrir hoy el Pedraza, el Mateos o el Martínez de Espinar no consiste únicamente en leer tres monumentos de nuestra literatura cinegética. Consiste en descubrir que aquellos autores no estaban describiendo un mundo desaparecido. Estaban describiendo, con cuatro siglos de antelación, el mismo monte en el que seguimos entrando cada temporada.

  • Antón Riestra es vocal del Cículo de Bibliofilia Venatoria