Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Estivación

Los cuerpos ralentizan sus funciones y esperan, protegidos en una grieta, bajo una piedra, enterrados en el barro o escondidos entre la hojarasca, hasta que vuelvan la humedad y el fresco

Caracoles en estivación

Estado de quietud profunda al que se entregan ciertos animales durante el verano, cuando el calor aprieta, la tierra se endurece y el agua se retira. Es una forma de supervivencia: los cuerpos ralentizan sus funciones y esperan, protegidos en una grieta, bajo una piedra, enterrados en el barro o escondidos entre la hojarasca, hasta que vuelvan la humedad y el fresco.

En media España la palabra describe también una manera de estar del paisaje. Hay una hora, después del mediodía, en que las calles se vacían y los pájaros callan, y sólo queda en pie el ruido de las chicharras. El aire pesa. Da igual en la dehesa o en el olivar: el monte se detiene bajo una luz blanca. Es repliegue, y la vida se recoge para durar.

Estiva el sapo de espuelas, que cava con los espolones de sus patas una madriguera de medio metro y allí aguarda, a oscuras, los meses secos

Estivan los caracoles, que se adhieren a los muros y sellan la entrada de su concha con una película que los protege de la desecación. Estiva el sapo de espuelas, que cava con los espolones de sus patas una madriguera de medio metro y allí aguarda, a oscuras, los meses secos. Estivan las lombrices en el fondo de la tierra. Cada especie encuentra su refugio y su estrategia.

Frente al mismo calor, el campo español ha ensayado dos respuestas: quedarse quieto o marcharse. La segunda tiene nombre propio en el diccionario, «agostadero», que designa a la vez el sitio donde el ganado pasa el estío y el tiempo que ese paso dura. Unos rebaños lo resuelven abajo, en las rastrojeras, comiendo lo que la siega dejó en pie; otros suben a las sierras del norte y bajan cuando el frío los devuelve, trashumantes. La cuenta que echan es la del caracol: gastar poco mientras dure la sequía. Al caracol, eso sí, le queda sólo el muro.

También el ser humano estiva, aunque no lo admita. Lo hace en la siesta, en la persiana entornada, en la conversación aplazada hasta la caída de la tarde. Estiva el jornalero que se cobija bajo una encina o bajo un olivo, y el pueblo entero que, durante unas horas, baja la voz y deja que el sol pase de largo.

La estivación es el verano detenido dentro del verano: una pausa impuesta por la sequía y convertida en medida y prudencia. Cuando al fin refresca y se levanta el aire, la vida vuelve a moverse con cautela. El caracol abandona el muro, el sapo sale de su escondite y el campo, que parecía muerto, demuestra que sólo estaba esperando.

  • Mercedes Barona es periodista, premio Jaime de Foxá