La paradoja del agua
El agua sostiene la vida vegetal y la condición de los animales depende de cuanto el monte pueda ofrecer. El problema fue convertir una evidencia en cosa cierta. Agua abundante, comida abundante, corzos magníficos: una regla de tres tan limpia que hubiera sido una grosería someterla a comprobación
Corzo en el campo
Al final de agosto, con la mirada puesta en el cielo buscando la ricia en los campos, el corcero aguarda el milagro del agua; con el otro oído presto al tañer de la berrea. Hay pocas certezas tan arraigadas como que toda lluvia es buena para el campo. Cuando el paisaje abandona el aspecto ceniciento del estío, el optimismo brota como la hierba. Sin embargo, la naturaleza no suele respetar nuestras conclusiones más evidentes. Lo que parece una bendición puede convertirse, semanas más tarde, en una de las siete plagas.
El pasado invierno parecía confirmar aquella vieja certeza. El monte estrenó un verdor capaz de reconciliar al más recalcitrante con la meteorología y las cuernas prometían corresponder al esfuerzo de las nubes. Solo faltaba asignar a cada borrasca unos cuantos puntos CIC.
La conjetura no era gratuita. El agua sostiene la vida vegetal y la condición de los animales depende de cuanto el monte pueda ofrecer. El problema fue convertir una evidencia en cosa cierta. Agua abundante, comida abundante, corzos magníficos: una regla de tres tan limpia que hubiera sido una grosería someterla a comprobación.
Y abril, «el deseado», arrancó los primeros sollozos. Circulaban fotografías de machos que no parecían enterados de las expectativas. Se veían varas largas, aunque más finas y ligeras de lo esperado; algunas mostraban una perlatura apreciable sobre una estructura de poca entidad. No bastaba para declarar una tendencia, pero sí para estropear la profecía. El campo tiene esas descortesías: permite que se redacten unas normas que los animales no suelen leer.
Las cifras justificaban el entusiasmo. Sobre la España peninsular cayeron 323,2 litros por metro cuadrado, un 71 por ciento más de lo normal. Enero fue el más lluvioso del último cuarto de siglo. La cifra describe la lluvia recogida, pero no nos cuenta lo que el suelo hizo con ella. Bajo el mismo promedio convivían parameras calizas, fondos arcillosos, laderas arenosas, jarales y encinares.
Parte del agua permaneció al alcance de las raíces; otra descendió hacia capas más profundas, arrastrando nutrientes solubles fuera del alcance de las raíces. Este fenómeno se conoce como lixiviación. La palabra, seca; no es un chascarrillo: el agua que pone nutrientes a disposición de una planta puede también retirarlos. Cómo la recibe cada suelo es otra historia.
Una mata no produce hojas para alimentar corzos. Emplea sus recursos en crecer, acumular reservas y defenderse. Por eso puede aumentar la biomasa sin que mejore su valor nutritivo. Un cereal puede conservar verde el tallo y perder paulatinamente valor como alimento.
El corzo percibe esa diferencia con una precisión que escapa al ojo humano. Donde este contempla una mancha de monte, él distingue yemas, hojas tiernas, brotes y tallos endurecidos que no merecen ni un mísero bocado. Su aparato digestivo y su exigente metabolismo le obligan a seleccionar tejidos de elevada digestibilidad. Es un hecho reiteradamente observado que las especies preferidas constituyen una parte reducida de la materia vegetal disponible, aunque representan una proporción considerable de su dieta. El paisaje resulta más cicatero de lo que promete su impostada abundancia.
Desde los bosques septentrionales hasta los ambientes mediterráneos el corzo ha modificado su dieta, su actividad y el uso del espacio
Esa selectividad no condena al corzo a una única forma de vida. Desde los bosques septentrionales hasta los ambientes mediterráneos, ha modificado su dieta, su actividad y el uso del espacio. Su éxito consiste en saber encajar los cambios. La adaptación es un as en la manga.
Dentro del organismo, los recursos tampoco llegan con un destino inventariado: el calcio para la cuerna, la proteína para el músculo y la energía para la reproducción. Mantener la temperatura, reparar tejidos, sostener el sistema inmunitario y crecer son demandas simultáneas. Cuando no alcanza para todo, el organismo prioriza.
Por eso la cuerna no debe leerse como un pluviómetro colocado sobre la cabeza del macho. Durante el invierno, el corzo debe recuperarse del celo, afrontar las inclemencias y la carga parasitaria y levantar una estructura ósea de crecimiento vertiginoso. La cuerna no se construye al margen del organismo. Compite dentro de él.
Su construcción avanza en los extremos de la vara y de las puntas; más tarde, los tejidos formados completarán su osificación y mineralización. Esa secuencia permite preguntarse si las cuernas largas, finas y perladas de abril guardan memoria de cambios en la calidad de los recursos. Podemos formular la pregunta, pero no responderla.
Así funciona la neurona del corcero de a pie, pese a que en la formación de la cuerna intervienen la edad, la genética, las reservas del otoño, el estado sanitario, las lesiones, la competencia y la historia de cada individuo. Hasta el mejor invierno llega tarde para corregir a un macho que entró en él con escasa condición corporal. La cuerna de abril guarda una memoria más compleja que el volumen de las últimas borrascas medallables.
La abundancia suele medirse por cuanto hay; un organismo la calcula según cuanto puede utilizar. Un monte cubierto de yerbazales puede ofrecer poco alimento útil y una primavera espléndida puede llegar fuera de tiempo. La misma lluvia que alimenta el monte puede lavar parte de su despensa.
España reclama el agua con la ansiedad de quien teme perderla: porcentajes de embalse, hectómetros cúbicos y litros por metro cuadrado. Los corceros añadimos gramos, centímetros, puntos, color y perla. El problema comienza cuando la precisión de una cifra nos induce a pensar que con ella hemos comprendido el proceso.
Al final de la temporada dispondremos de cuernas, pesos, edades, fechas y diferencias entre territorios. Tal vez los datos confirmen la hipótesis; quizá la reduzcan a una coincidencia. Hasta entonces, las cuernas largas, delgadas y perladas merecerán atención. La Junta de Homologación aún tendrá que esperar.
Un año más, a las puertas del otoño, el pequeño cérvido parece darle la razón a aquel chinito que repartía mamporros en las películas de nuestra infancia: la supervivencia depende menos de la fuerza que de la capacidad de adaptarse. «Be water, my friend»…
Quizá el corzo eligió ser agua.