La resaca de los fuegos y los bonos de biodiversidad

Se ha calcinado todo. O quizá sólo un parte. Pero el paso del fuego deja el entorno mohíno, serio, inerte, callado, discreto, muermo… Como el cadáver de un venado decapitado por furtivos que duele verlo

Agentes de la BRIF de Laza en el incendio forestal de Chandrexa de Queixa (Ourense)Europa Press

El otoño está llamando a la puerta. Me lo dijo la torcaz y la tórtola que buscan alguna bellota de roble y quejigo en estas sierras que miran a Gredos. El otro día cayó un chaparrón. Se despertaron los olores de la tierra –el petricor– que endulza las fosas nasales y calma la tensión de un verano que ha sacudido duro. Hemos tenido el trasero apretado durante noventa días porque el innombrable –el fuego– me ha robado muchas horas de siesta y he pasado el Ángelus orando para que nada pasara.

Se ha calcinado todo. O quizá sólo un parte. Pero el paso del fuego deja el entorno mohíno, serio, inerte, callado, discreto, muermo… Como el cadáver de un venado decapitado por furtivos que duele verlo; así mismo palpo los troncos, quedan mis manos manchadas de tizón e intento atisbar un halo de vida en las puntas de los árboles que sacan algún brote verde para decir en voz alta: ¡se salva! Analizo el suelo, arrasado. El fuego purifica a golpe de escoba de cerda metálica. Veo algún rebrote de piorno y fina hierba que asoma. Lo aprecié cuando aún pasadas dos semanas del siniestro pude ver las huellas de un gamo que volvió a aquellas cenizas buscando los brotes de monte nuevo tras el infierno. A ello lo llamamos carabales, usados en tiempos pasados para alimentar a las cabras en septiembre, en momentos de partos donde necesitan más comida, por ello lo de que los montes estén cabreados –majadeados por cabras– que dejan los palotes desprovistos de hoja.

El paso del tiempo, contemplando una imagen tan dantesca, obliga a querer cortarlos por la cepa y olvidar lo que allí ocurrió

Sigo mi paseo, me planteo qué hacer en las zonas donde la temperatura del fuego era mayor a los 1.500 grados y ahí lo que toca, se chamusca. Son cadáveres expuestos como testigos de una catástrofe. Soy partidario de esperar a que brote, darles una última oportunidad de existir, pero es cierto que el paso del tiempo, contemplando una imagen tan dantesca, obliga a querer cortarlos por la cepa y olvidar lo que allí ocurrió. En su lugar, laborear la tierra a grada, destoconar, y volver a plantar árboles que cubran de sombra lo que otros abonaron con sus cenizas…

Aunque cierto es que crisis en chino significa oportunidad. Por ello es momento de acelerar los trámites para prepararnos para el año que viene –sí, ya mismo– y que no nos coja el toro. Trazar los cortafuegos, caminos y charcas. Y sobre donde pasó el desastre poder vestirlo de buena arboleda autóctona, variada, con cobertura alta con árboles y media con sotobosque. Pero tiempo al tiempo, que la naturaleza tiene un reloj distinto al humano.

Es momento de activar los bonos de biodiversidad, de hacer ruido, de que no sólo sea plantar árboles sino ejemplares autóctonos, variados, con zonas abiertas para pastizales, aguaderos para las acuáticas, terreras para los insectos. Lo hermoso de un entorno es el tablero de ajedrez; la variedad. Tenemos a balón parado para pegar el más potente de los chutes a puerta. Que esos bonos de biodiversidad se hagan realidad para activar el campo español con una gestión amable, lógica y duradera.

Somos el país con más territorios protegidos de toda Europa. Con razón albergamos el 70% de las especies animales y el 80% de las vegetales. Además de gastronomía, historia, cultura y una variedad animal que nos coloca en el podio de los destinos cinegéticos del mundo. A ver si nos lo creemos de una vez.

Aquí sigo, mirando a los cielos para que llueva y se apague el estío; se añoran las chimeneas en los cortijos y los carriles embarrados que dan un toque serio y solemne al entorno. Y acaricio el sueño que llama a la puerta en la que los bonos de biodiversidad se ponen en marcha para hacer esta patria más rica y próspera. Nuestro empeño bien lo merece.

  • Lolo De Juan es gestor agropecuario