De lo divino y lo canino

«Nos desparasitan y vacunan de acuerdo con rigurosos protocolos. Nos limpian, desinfectan, alimentan con un pienso de cachorro que está buenísimo. A diario nos llevan arroz con pollo hecho del día. Luego, cuando nos destetan, vamos al patio grande con el resto de los cachorros»

Ilustración 'De lo divino y lo canino'Íñigo Fontcuberta

Corría como loco cuesta abajo buscando el perdedero, pero viéndose ya muy apretado, el bravo macareno optó por plantar cara. Parapetándose en el río Yeguas, amparado por dos riscos y unos tamujos, y con la defensa del agua, dio toda la estopa que quiso. Vendió cara su piel y cayó como un valiente.

Barcino tuvo una grave cogida. Se estabilizó en el campo y remató la cura en la perrera, pero terminó ingresando en la clínica, donde pasó un par de días. Fue allí donde conoció a Dingo...

–¿Cómo te llamas? – preguntó el curioso y urbano mestizo.

–Barcino, respondió el veterano perro de rehala.

–Qué nombre más raro... ¿Y qué haces aquí?

–Me hirió un jabalí, contestó Barcino con educación, pero con pocas ganas de entablar conversación.

- ¡¿Cóoooomo?!

- Sí. Soy perro de rehala y me han traído aquí para que curar mis heridas.

–¡Qué miedo! Mi amo dice que los cazadores son todos unos perturbados. Que no entiende lo que puede mover a alguien para cazar un animal. Dice que hay que prohibir la caza y liberar a todos los perros de los que se sirven para ello.

Al escuchar esto, Barcino torció el gesto. Había oído a Jorge y a Diego hablar de estas personas, pero nunca se había encontrado con esta situación de frente.

–Perdona, ¿cómo te llamabas?, preguntó Barcino.

–Dingo.

–Mira, Dingo, me quedan aquí unas horas y no me gustan mucho los hospitales. Tú, por influencia de tu dueño, me odiarás, y me da igual, pero bastante calvario es estar aquí ya, como para encima discutir de algo que no vas a querer entender.

–¡Te equivocas! No te odio. Al revés, es mi día de suerte. Siempre he oído a otros hablar de vosotros como superhéroes. Los más fuertes y libres. Me encantaría saber lo que hacéis y cómo vivís.

Barcino se sorprendió. El can urbanita estaba ávido de conocimiento y tenía amable curiosidad. Prosiguió:

–Mi dueño a veces me viste raro, como queriendo humanizarme. También me hace comer pienso vegano, lo que detesto. Está malo y me hace tener deficiencias nutricionales, así que, tengo problemas en el páncreas y por eso estoy aquí. Vengo una o dos veces al año y el veterinario, que sabe lo que hay, me estabiliza y da todo el pienso con carne que quiero. Al fin y al cabo, somos carnívoros, ¿no? Pero me quiere y cuida lo mejor que sabe. Y con eso, me conformo.

Barcino no daba crédito…

–Pero cuéntame, por favor. Cuéntame todo.

–No sé cómo serán otros lugares, pero sé que el mío es muy bueno y nuestros dueños nos tratan como a miembros de su familia. Y nos lo demuestran a diario, con cariño, cuidados y desvelos.

Dingo, boquiabierto y ojiplático, escuchaba con atención.

–Desde cachorros nos cuidan con una delicadez extrema. Incluso antes de los cruces, prestan especial atención a nuestras madres, a las que preparan para la preñez bajo consejo veterinario. Al nacer, adecúan nuestras perreras según la época del año. No es lo mismo nacer en primavera que en invierno, y por ello las eligen y acondicionan según el clima.

–¡Qué suerte! Yo nací en la calle y recuerdo mucho calor y, a mi madre, muy apremiada, interrumpía el pequeño mestizo.

–Nos desparasitan y vacunan de acuerdo con rigurosos protocolos. Nos limpian, desinfectan, alimentan con un pienso de cachorro que está buenísimo. A diario nos llevan arroz con pollo hecho del día. Luego, cuando nos destetan, vamos al patio grande con el resto de los cachorros. ¡Es como estar siempre en el recreo! Todo el día jugando. Libres, seguros, protegidos y cuidados. Después empezamos a salir al campo. ¡Es un mundo nuevo! Corremos detrás de ratones, conejos, ardillas y pájaros. Sin darnos cuenta, como si fuese un juego, y contando con la guía de alguno de nuestros mayores, vamos aprendiendo el que será nuestro oficio. Entre todos los grandes nos amparan y enseñan. Somos una gran familia.

Hay un momento de educación, al que llaman doma, que es un poco duro

–Una vez paseando en un parque, jugué con un pollo de cotorra que había caído del nido. Me pasé y lo maté, no sabes qué bronca me cayó…

–Aquí no hay castigos, Dingo. Todo es positivo. Hay un momento de educación, al que llaman doma, que es un poco duro. Cuando empezamos a ser conscientes de nuestros actos, entre los seis y ocho meses, tenemos que asumir cierta disciplina. Estamos asalvajados, todo el día en el patio sin hacer alto a nada, pero entendemos que tiene que haber unas normas. Vivimos juntos casi cien perros en la perrera y tiene que haber un orden. Si no, es un lío…

–Guau… ¡Cien perros juntos!

–Como te digo, somos una gran familia… En verano, empezamos a campear. Es como hacer un simulacro de la temporada. Es divertidísimo y entrenamos. Nos ponemos como toros. Luego llega la temporada, que es para lo que hemos estado esperando todo el año… Y no sé explicarte lo que es. No hay mayor sensación de libertad. Cazamos bajo su amparo y custodia. Como lo hacían los primeros hombres con los lobos. Y siempre nos ayudan, nos recogen, nos buscan y esperan. Y si caemos heridos, como yo, nos curan ellos o nos traen a sitios como estos para que nos recuperemos lo antes y lo mejor posible. Somos felices siguiendo nuestros instintos, y no sé dónde podría serlo más. Nos sentimos queridos, valorados, cuidados y premiados. Hacemos lo que nos gusta y para lo que nos creó Dios. No hay artificios ficticios ni necesidad de humanizarnos. Somos lo que somos y así queremos seguir siéndolo.

–Qué envidia, Barcino. A mí me ponen trajes raros y, a veces, hasta me pintan las uñas y tiñen el pelo con colores estridentes. Incluso me sacan a pasear en un carro, como a un bebé… Siento que el mundo me mira y se ríe. ¿Qué hago?

–No dejes que te despojen de tu dignidad. Por tus hechuras y bigotes, tienes sangre de terrier. ¡Sácala! Sé bueno y leal, pero trata de ponerte un poco en valor. No permitas esos disfraces ni que te anulen. Ellos no lo entienden, pero hazte respetar.

–Y si me escapo contigo, ¿me admitiríais?

–No puedes, le partirías el corazón

Se abrió la puerta y entró el veterinario: - Vamos, Barcino, que han venido a por ti. Ya estás mucho mejor.

–Dingo... Sé fiel a tú naturaleza. La lealtad es parte del trato, pero todo tiene un precio y tu dignidad no puede serlo. Cuídate.

Dingo se quedó triste. Habría seguido horas escuchando a Barcino, pero ¿qué podía hacer él…? Cada uno nace donde le toca y, a menudo, poco se puede hacer. Eso sí, sus adormecidos instintos habían despertado. Dentro de él escuchaba una llamada, la de su propia identidad, la de su esencia.

  • Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero