Almuerzo
No es una comida ligera ni un capricho entre horas: es la ración que permite continuar. El cuerpo sabe cuándo pedirla y las gentes del campo saben escucharlo, aunque no haya reloj
No es una comida ligera ni un capricho entre horas: es la ración que permite continuar
A media mañana, cuando el sol empieza a calentar la tierra y el trabajo lleva ya varias horas en las manos, alguien busca la sombra de una encina, el borde de un ribazo o la pared fresca de una zahúrda. Allí se abre el paño. Dentro está el almuerzo: pan, tocino, queso, chorizo, una tortilla, acaso una fruta. Lo que haya.
No es una comida ligera ni un capricho entre horas: es la ración que permite continuar. El cuerpo sabe cuándo pedirla y las gentes del campo saben escucharlo, aunque no haya reloj que señale la pausa. Después de arar, segar, podar, cargar o conducir el ganado, el hambre llega con la precisión de una faena bien hecha.
Se come sentado sobre una piedra, en el suelo, junto a la herramienta o de pie, con el sombrero puesto y la navaja en la mano
El almuerzo viaja desde casa dentro de una talega, en una cesta o en las alforjas. Se prepara antes de que amanezca, mientras la casa todavía está a oscuras. El pan envuelto, un trozo de embutido, una botella o un botijo llenos, quizá una pieza de fruta: todo queda listo para quien va a pasar el día lejos.
Se come sentado sobre una piedra, en el suelo, junto a la herramienta o de pie, con el sombrero puesto y la navaja en la mano. No hace falta mantel; basta con sacudir el paño sobre las rodillas y partir el pan. Si hay cuadrilla, el almuerzo se vuelve conversación. Se habla del tiempo, de la cosecha, de los animales, de alguien que pasa por el camino. También se comparte: un trozo de queso, una tajada de chorizo, un trago de vino.
El almuerzo no saca al campo de su silencio: le da conversación.
No todos llevan lo mismo. En unas casas abunda el tocino; en otras, el pan y poco más. Pero nadie mide la comida solo por su cantidad. Importa que llegue en el momento exacto, cuando el brazo empieza a perder fuerza y la jornada aún queda lejos de terminar.
Hoy el almuerzo llega también en un táper, sale de una bolsa de plástico o se resuelve con un precocinado comprado a última hora. Hace el apaño, que ya es bastante cuando el día aprieta, pero no es lo mismo. El recipiente conserva la comida; no siempre conserva el tiempo que había detrás de ella. Se come más deprisa, a veces dentro de la furgoneta, junto a una máquina o mirando la pantalla del teléfono. Alimenta, desde luego. Pero hay comidas que llenan el estómago y otras que, además, traen consigo la casa.
Cuando se acaba el almuerzo, se dobla el paño, se cierra la navaja y el último trago deja en la boca un sabor breve a vino, a pan y a hierro. La sombra se mueve sobre la tierra. Desde los ribazos sube el olor del tomillo y el calor vuelve a pegarse a las manos. El campo llama otra vez, y cada cual regresa a su tarea con el cuerpo alimentado y la jornada todavía abierta.
- Mercedes Barona es periodista, premio Jaime de Foxá