Furtivos
En los últimos años, con la llegada de la visión térmica, se ha disparado el uso abusivo de entrar en lo ajeno. Los térmicos igualan a cazadores buenos con malos, convierten el campo en un videojuego de disparos donde el animal tiene cada vez menos escapatoria
Campo
Existe una lacra en las sierras de Dios que va más allá de los fuegos, las sequías, la burocracia de nuestras administraciones o las epidemias de nuestros animales; es tan antigua como la propiedad privada: los furtivos. Este engendro social, a veces camuflado de historia graciosa cuando lo llaman «matuteo», no deja de ser un cáncer para nuestras sierras.
El furtivo es un ladrón, una persona que se apropia de lo que no es suyo y sabe que así lo está haciendo. En tiempos pasados y muy lejanos ya, estaba el que se metía en el vedado para recoger alguna res a la que sacarle la carne para aliñar una matanza. O un marrano para hacer unos chorizos. Esos no eran furtivos dañinos, esos eran personas con necesidades que respetaban al animal para dar uso y consumo de su carne. Era robar, pero no es lo mismo robar una barra de pan en un mercado para comer que entrar en una tienda de televisiones y apropiarse de un cargamento para posteriormente pagar los vicios. Pecados son ambos, pero unos son veniales y otros mortales.
En los últimos años, con la llegada de la visión térmica, se ha disparado el uso abusivo de entrar en lo ajeno. Los térmicos igualan a cazadores buenos con malos, convierten el campo en un videojuego de disparos donde el animal tiene cada vez menos escapatoria y más aún cuando el usuario carece de ética, principios y honestidad. No, no estoy en contra de la tecnología, como tampoco lo estoy de las drogas que se administran en las farmacias; es el uso que se le dé lo que convierte un térmico en un artilugio de malas artes, como el fentanilo se despacha con receta pero que sin ella se le puede dar un uso tóxico.
Ahora descabezan venados dejando el cuerpo ahí, degollado, para que sean los buitres los que den la voz de alarma
El furtivismo ha azotado todas las propiedades de caza ya sean privadas y públicas. Los amigos de lo ajeno en otro tiempo barrían una primala para echarla en adobo. Ahora descabezan venados dejando el cuerpo ahí, degollado, para que sean los buitres los que den la voz de alarma y vuelen anunciando la horripilante escena. El guarda acude, porque no se puede estar en todos lados, y se encuentra el pastel. La delincuencia goza de unos medios que dan toda la ventaja a esta gentuza y arrincona a los animales y guardas a un grado de indefensión brutal.
Los furtivos arrancan la cabeza a los venados y los dejan abandonados en el campo
La Guardia Civil carece de efectivos suficientes y de medios; antes había un cuartel cada pocos pueblos y ahora apenas quedan. Hay mucho oficinista, pero falta presencia del cuerpo -muy respetado siempre- porque donde antes había nueve ahora hay uno. Soy partidario de que quitar cargos públicos que poco hacen pero defiendo que es necesario aumentar la presencia y los medios de la benemérita, los verdaderos defensores del campo y la caza en nuestro ámbito.
Lástima de esos hijos de su madre que tratan con semejante bajeza al majestuoso animal montuno para lucir sus trofeos ante los cuatro desgraciados de su entorno. Buen peñasco les deseo que les parta la crisma al pasar por alguna obra. Deseos rastreros los míos por sus rastreras artimañas.
Dentro de la caza tenemos muchas manzanas podridas que no están a la altura del resto. Y sí, más guardias hacen falta, para evitar que la picaresca española se siga cobrando reses en lo ajeno. Y que al que le entallen sin tener las cosas en orden, le caiga todo el peso de la ley hasta partirle el espinazo, la cuenta corriente y la reputación para que tomen nota sus secuaces.
Hablaba con un buen amigo del Cuerpo, comentando que es fundamental endurecer las leyes penales para que el asunto se ponga serio cuando alguien la incumpla. A ver si llega el gran cambio que añoramos los que amamos España.
- Lolo De Juan es gestor agropecuario