Entresaca
No se trata de cortar por cortar. La entresaca tiene su medida y su razón: hay que saber qué árbol conviene dejar, cuál necesita espacio y cuál está robando a los demás el agua, el aire o la luz
Árboles en el campo
Entresacar es entrar en el monte con los ojos atentos. Mirar los árboles y decidir cuáles se quedan y cuáles tienen que salir. Los que están enfermos, los que han crecido demasiado juntos, los que apenas dejan pasar la luz o los que, por mucho que duela, ya no tienen sitio.
Entresacar tiene también otro oficio. En las crines y las colas de los caballos, consiste en quitar de vez en cuando algún pelo, los más largos o los que sobran, para que la crin quede limpia, ligera y con su forma. No se corta todo de golpe: se elige pelo a pelo.
No se trata de cortar por cortar. La entresaca tiene su medida y su razón: hay que saber qué árbol conviene dejar, cuál necesita espacio y cuál está robando a los demás el agua, el aire o la luz. Unos parecen débiles y tienen buenas raíces. Otros han crecido deprisa y ocupan demasiado. Desde fuera, todos forman parte del mismo bosque. Cuando se mira de cerca, cada uno cuenta una historia distinta.
Después queda en el aire el olor de la madera recién cortada, mezclado con el de la tierra, las hojas secas y el polvo que levantan las botas
La sierra entra en el monte y cambia por un rato su sonido. La motosierra arranca y su ruido se extiende entre las encinas, los alcornoques o los pinos. Después queda en el aire el olor de la madera recién cortada, mezclado con el de la tierra, las hojas secas y el polvo que levantan las botas. Se apartan las ramas, se trocean los troncos y el suelo va quedando cubierto de astillas. Quien ha trabajado en una entresaca sabe reconocer ese olor y ese silencio que llega después de apagar la máquina. Durante unos minutos, el monte parece otro.
Hay que conocer el monte y saber que el hacha o la motosierra no deben obedecer a la prisa. Primero se mira. Después se marca. Y sólo entonces se corta. Cuando el árbol cae, queda durante un momento un hueco donde antes había una copa. Después llega la luz al suelo. Respiran los que quedan. Se abren las ramas y el monte encuentra de nuevo su equilibrio.
Entresacar también tiene algo de aprender a elegir. Hay cosas que permanecen a nuestro lado porque nos hacen bien y otras que, aunque lleven mucho tiempo con nosotros, han terminado ocupando un espacio que necesitan otras cosas. Apartarlas cuesta. Parece que estamos quitando vida, pero hay veces en que cuidar consiste en saber qué debe quedarse y qué debe dejar sitio.
El monte sabe algo que a nosotros nos cuesta aprender: crecer también necesita espacio. Y para que entre la luz, de vez en cuando, hay que atreverse a abrir un claro.