La boca del río
Las carreras de caballos de Sanlúcar son hoy día probablemente la fiesta más auténtica de la población y su popularidad crece sin parar rompiendo fronteras
Los purasangre en acción
Una vez más, en agosto, se ha cumplido el rito de la competición ecuestre sobre las milenarias arenas compactadas por las aguas del río grande que llamaban los árabes, al-Wadi al-Kabir. Una vez más hemos disfrutado del espectáculo que proporciona una decena de purasangres galopando por la orilla bajo el atronador sonido de sus cascos, que solo es emulado por el clamor del público. Como fondo de pantalla un millar de embarcaciones mecidas sobre el agua por la brisa de poniente y la cortina verde de los pinos de la Marismilla, en Doñana, que se alinean entre las dunas tras la playa de Malandar. A veces, un barco mercante, con destino Sevilla o la mar océana, añade un toque pintoresco al cuadro. Y al final de la tarde el disco solar se va zambullendo en las aguas de la barra.
Las carreras de caballos de Sanlúcar, en la boca del Guadalquivir, gozan del reconocimiento de ser las más antiguas de España, con su edición 181 acabada de celebrar. Pero mucho antes de que se instituyeran como «oficiales», es decir, reguladas por un código, la playa de Bajo de Guía había sido testigo durante siglos de las competiciones comerciales establecidas entre las caballerías que transportaban el pescado descargado de los barcos hacia los mercados donde se vendía. La ansiedad por llegar los primeros y obtener mejor precio por la mercancía, las azuzaba en este concurso de velocidad. Las carreras de caballos de Sanlúcar son hoy día probablemente la fiesta más auténtica de la población y su popularidad crece sin parar rompiendo fronteras. Los grandes ríos constituyen una importante referencia y vía para los movimientos de las aves acuáticas y por ello la desembocadura del Guadalquivir ofrecía antiguamente otro aliciente notable durante el verano para las personas sensibilizadas e interesadas por los fenómenos naturales.
Ahora, cuando las carreras de caballos están a punto de sucumbir por su éxito, el nomadeo de los pájaros ha desaparecido prácticamente
Éste era el paso continuo de las aves marismeñas, que tras finalizar el ciclo reproductor y cuando se iban secando las aguas del humedal, enfilaban hacia el mar: garzas, patos, espátulas, flamencos, charranes, aves limícolas, etc. Unos, los más tempraneros, iniciaban su migración otoñal con África como destino. Otros, simplemente emprendían una dispersión radial en busca de aguas nuevas. El tráfico era constante y numeroso.
Espátulas migrantes
Sin embargo ahora, cuando las carreras de caballos están a punto de sucumbir por su éxito, el nomadeo de los pájaros ha desaparecido prácticamente. Debido al deterioro de los regímenes hídricos naturales de la Marisma, causados por la pésima gestión a que se encuentra sometida, las poblaciones de aves nidificantes en la región, son apenas una tenue sombra de lo que eran hace 70 años y ello se refleja en la ausencia de ese elemento decorativo que añadían las aves al espectáculo de las carreras. Este verano apenas he podido ver una bandada de garcetas volando sobre los caballos en competición y eso sí, jabalíes buscando restos de meriendas en la playa de la otra banda. Aparte, claro está, las gaviotas que acompañan a los pesqueros de bajura que vuelven a puerto con sus capturas a la caída de la tarde.
Babancos en la Marisma. Gouache sobre papel, de William H. Riddell (1880 - 1946).
Echo de menos esa profusión de fauna alada que nutría mi heredado interés ornitológico durante los años de niñez y juventud. Recuerdo con añoranza la llegada de los tarros canelos, babancos, que en agosto y procedentes del norte de África, entraban por el río para pasar el otoño en salinas y marismas. Su abigarrado color óxido y sus amplias marcas alares blancas, hacían inconfundible su identificación sobre las celestes aguas fluviales. Hoy apenas veo por aquí un ejemplar suelto cada dos o tres años. Sin embargo se han hecho presentes en pantanos y ríos del centro de España, a partir de ejemplares escapados de colecciones, que se muestran mansurrones como patos caseros. Nada que ver con aquellos africanos del Atlas y del Sahara que llegaban cada agosto a la Marisma.
Y echo también de menos al grupo de delfines que al final de la temporada playera, subían por las aguas del río grande hasta Sevilla, añadiendo un toque de diversidad al impresionante escenario de la desembocadura.
O tempora, O mores!
- Javier Hidalgo de Argüeso es cazador, ornitólogo y jinete