Checoslovaquia

El retroceso de los glaciares sobre Europa central dejó al descubierto tierras fértiles y grandes ríos. Aparecieron paisajes miméticos… ricas siembras, terrenos suavemente ondulados, pastizales, y al fondo bosques de altísimas coníferas sobre una colina, donde asoman entremezcladas caducifolias.

MuflonesImagen generada con IA

Queridos incautos: Tras la gran Guerra, las difusas fronteras de esta inmensa llanura se redibujaron una vez más, sobre andrajos de imperios fenecidos. Checoslovaquia fue creada con despojos del Imperio Austrohúngaro: la antigua Bohemia y Eslovaquia. Fueron arrebatados por la insaciable voracidad de Stalin, cuando Churchill acuñó la famosa frase «un telón de acero ha caído sobre Europa». Sus fronteras infranqueables, las restricciones y la miseria de aquellos oprobiosos años hacían posible encontrar allí muflones.

Corría el año de 1985. Con poco más de 20 años estaba trabajando en Cazatur. Mi jefe, Ricardo Medem, me envió allí a conseguirlos. Necesitábamos de todo, pues cada vez venían más cazadores. Llegar fue toda una odisea. Visados, transbordos de aviones, inspecciones de equipaje. No se habían inventado ni los faxes. Enviaba télex refiriendo pormenores.

Me recogió un tipo de aspecto entre vikingo y hippy. Con coleta y botines que atendía por Jan. Amable, aunque algo pasivo. «Con mucha noche en los ojos y poca sangre en las venas…». Nuestro contacto era su tío holandés. El mayor tratante de animales salvajes de Europa. Principalmente de África. Surtía a los zoos.

No había forma de averiguar de los muflones. Los inventarios no eran fiables. Recorreríamos el país buscando los lugares, donde los tenían capturados, para sacarles fotos y organizar un pedido.Todo triste. Casas grises y desvencijadas. Gentes macilentas, que se movían lentamente como autómatas que nunca sonreían. No había aliciente alguno en trabajar. Ganaban una miseria.

Todo híper controlado. Jan informaba de nuestros movimientos a diario. Para ellos lo peor era que alguien huyera y revelara a «los capitalistas» las inmensas carencias de aquel régimen infernal. Jan cogió confianza cuando se convenció que no era un «chivato». Entablamos amistad. Tantas horas de coche daban para mucho. Tenía cierta libertad porque era en parte holandés. Su madre estaba delicada y por eso sabían que no podía fugarse. Su abuelo, ingeniero checo, era millonario. Había inventado una patente industrial con la que ganó mucho dinero. Complemente inútil en el paraíso comunista. No había en qué gastarlo. Tenía un gran coche Tatra, el «mercedes soviético». Y con él podía conducir velozmente por la única autopista del país. Un vicio inocuo. Eso y coleccionar violines. Para comprarlos le dejaban cambiar sus dineros al cambio oficial del Estado, que era varias veces el cambio real.

Recorrimos el país buscando muflones, hablando con guardas, veterinarios, y sobre todo jefes locales. El comunismo era una pirámide de poder férreamente estructurada. Viajábamos de hotel en hotel. Un eufemismo por llamar de alguna manera a aquellos tugurios donde nos alojábamos. Éramos los únicos huéspedes y escaseaba todo. Tenía mucho reparo en beber agua del grifo, y el agua embotellada era con gas. Me la pasaba agitando las botellas para disolverlo; pasé una sed tremenda.

Una mañana llegó un autobús. A Jan se le cambió la cara. De mediana edad, ellos vestidos con traje y corbata negra. Me recordaban a Hernández y Fernández de Tintín, pero en vocingleros. Ellas muy rubias, muy de bote, y gorditas. Parecían venir arregladas como para una boda local. Eran rusos. Los dueños del país.

Arrogantes exigían todo a voces. A los checos no les quedaba otra que agachar las orejas y recogerles las maletas tragándose su orgullo y camuflando miradas asesinas. «Nosotros somos sus colonias. Y ellos nuestros dueños. De nuestros cuerpos y nuestras almas.» Especialmente duros, desde que en 1968 en Praga intentaron liberarse del yugo soviético. Los tanques les invadieron para restablecer el socialismo. Allí fue el fin de fiesta. Preciosos palacios de fachadas mugrientas y ennegrecidas. Un universo de cables por paredes desconchadas cruzando las calles.

Me dejó en el hotel Europa. Era lujoso comparado con los anteriores. Al menos tenía armario y baño propio. Con una ducha sin cortinas donde grifos oxidados hacían caer un agua sospechosa. El chisporroteo obligaba a huir a cucarachas. Un botones desarreglado me pidió dólares. Me daba un cambio muy ventajoso. Para hacer la operación paró el vetusto ascensor entre dos pisos, con cierta alarma por mi parte. Había visto por la calle gente detenida por guardias de largos abrigos con ametralladoras y perros.

«Como no quieren que vuelvan a Cuba así, los descomprimen aquí antes de devolverlos a casa»

Jan llegó para la cena. Éramos los únicos en el restaurante del hotel. Hasta que bajo «él» por otra puerta y se sentó en una mesa del fondo mirando a la esquina. Él era muy moreno alto y delgado. Contrastaba con los rubios desteñidos locales. Jan tragó saliva. «No se te ocurra mirarle. Es un cubano. Viene de la guerra de Etiopía. Lo traen aquí, a las colonias para descomprimir. Están locos de tanto matar y pueden atacar a cualquiera. Como no quieren que vuelvan a Cuba así, los descomprimen aquí antes de devolverlos a casa.»

El cubano acabó su cena. Lentamente vino a nosotros. Estábamos solos. Me miró fijamente. Debió extrañarle mi aspecto, que vería familiar. Se me hicieron eternos esos segundos mientras cortaba el pollo agarrando frenéticamente el cuchillo… por lo que pudiera pasar. Gracias a Dios se fue. Le vi la cara de refilón. Pero aún recuerdo sentir su mirada clavada en mi espalda.

A la mañana siguiente logré comprar regalos. Un gorro de piel comunista con la estrella, y una lata de caviar. Al aterrizar en España casi besé la tierra como el Papa. Regalé a mi abuelo el caviar, que le gustaba… y a mí nada. Un desastre. Incomible. Salado y rancio. Al menos los muflones llegarían más adelante… pero eso será para otra aventura.

Muchas experiencias. Y eso sí… podía discutir con aquellos progres malencarados de trenca, melena y barba, que exhibían un libro de «El Capital» debajo del brazo. Yo sí había conocido las miserias del paraíso comunista. Entonces no sabía que regresaría, bajo otro régimen. A cazar patos, en aquel precioso país que renació de sus cenizas vacunado contra el comunismo.

Pero eso también es para otro capítulo.

  • El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero