La espera más absurda de la Historia I

Hace dos días hice un aguardo coincidiendo con la luna llena. Antes de llegar a mi postura, sabía que iba a ser la espera más absurda de las realizadas. No me equivoqué. Eso sí, disfruté como una niña pequeña el día de Reyes

Braco de Weimar junto al teckel

Braco de Weimar junto al teckelCedida por el autor

Tengo delante de mí una página en blanco; el cursor parpadea con ganas de ponerse en marcha. No sé de qué escribir, pero me apetece hacerlo. Tengo tanto que contar y, a la vez, nada que me parezca lo suficientemente interesante para compartir con ustedes... El indicador de la pantalla de mi ordenador me informa de que llevo «aporreadas» un centenar de palabras sin proponérmelo. Dispongo de otras novecientas para centrar el tiro, dejar de divagar y narrarles algo que merezca la pena el robo que les hago de su tiempo. No hay delito mayor, después de quitar la vida a un ser humano, que robar minutos y segundos de esos que tenemos contados.

A mi espalda, en el despacho de casa, la ventana está abierta. La esperanza de que el aire que se cuele por ella refresque el ambiente de mi hogar se está convirtiendo en una utopía. Es 28 de septiembre; el otoño empezó a caminar hace casi una semana y todavía no ha dado su primer paso. La aplicación del móvil pronosticaba que desde hacía una hora debían de estar cayendo las primeras lluvias… ¡Qué manera más cruel de mentir! El cielo está despejado y la ropa de verano parece que no quiere abandonar el armario. Los paraguas siguen vagueando en el recibidor. ¡Maldigo al calor y a la sequía!

Hace dos días hice un aguardo coincidiendo con la luna llena. Antes de llegar a mi postura, sabía que iba a ser la espera más absurda de las realizadas. No me equivoqué. Eso sí, disfruté como una niña pequeña el día de Reyes.

Me fui sola al campo, adelantándome a la llegada de mi marido, quien lo haría dos días después. Necesitaba paz, silencio y soledad; necesitaba darme una vuelta en mi caballo; necesitaba pasear por la ribera y sentarme en la terraza del jardín con la vista perdida en la lejanía, donde el monte me decía que me echaba de menos y estaba preocupado por mi ausencia.

Llevaba cuatro días sin la compañía de mi perro, un braco de Weimar que me tiene conquistada. Su recibimiento al verme fue de máxima alegría: brincos, carreras y ladridos para darme la bienvenida. ¡Qué agradecido es el animal! Además de mi cuerpo serrano y mi alma contenta, me había fugado al campo con el perro de mi hermana: un teckel de lo más simpático a la par que desobediente. No sé cuál de los dos canes tiene más afición a la caza; creo que el mío, pero el salchicha no se queda muy rezagado.

Braco de Weimar

Braco de WeimarCedida por el autor

Por la mañana los llevé conmigo mientras me daba un paseo a lomos de mi jaco. Si yo recorrí unos diez kilómetros, ellos hicieron el doble con carreras de acá para allá: el braco, en silencio; el teckel, ladrando como un poseso. Por la tarde no me vi con fuerzas para salir a caminar; el sol castigaba con dureza; tanto, que el momento idóneo para abandonar la sombra del tilo fue el mismo que elegí para irme a hacer el aguardo. Durante las horas de calor, un libro ocupó mis manos. El perro gris de pelo fino venía zalamero cada poco rato a perturbar mi lectura; con el hocico empujaba mi brazo como diciéndome: «Ya es la hora de irnos». ¡Ni acordarse de los miles de metros de la mañana! El can de pequeña estatura estaba a lo suyo: dando vueltas alrededor de la piscina a ver si capturaba una rana que había caído en sus aguas.

El reloj marcaba el instante de salir. Con disimulo y aprovechando una distracción de mis acompañantes, guardé los rifles en el coche: un .222 de nueva adquisición que quería estrenar —si tenía la fortuna de que una raposa viniera a visitarme antes de esconderse el sol—, y un .30-06 para cuando la noche relevara al día.

¡Qué alegría cuando les abrí la puerta y les permití subirse al coche! ¡Qué felicidad perruna la que transmitían! ¿Cómo abordar una espera con ellos a mi vera?

Y llegó el momento de dejar a mis fieles compañeros encerrados en el porche… y llegó el momento de llantos, gimoteos caninos y ojos de súplica… y llegó el momento de la compasión… y llegó el momento de ser floja y liarme la manta a la cabeza, y … ¡llegó el momento de mandar al traste el aguardo antes de siquiera llegar al lugar elegido!

Teckel

TeckelCedida por el autor

¡Qué alegría cuando les abrí la puerta y les permití subirse al coche! ¡Qué felicidad perruna la que transmitían! ¿Cómo abordar una espera con ellos a mi vera? Difícil; más bien imposible. La primera parada fue a la orilla de un caozo donde el agua todavía era, y es, abundante, y los cangrejos también. Me situé a unos metros de la orilla, en un alto, para ver el otro margen del río y esperar a que una zorra ciega y sorda hiciera acto de presencia. Ni ciega, ni sorda, ni muerta de hambre hubiese entrado a refrescarse y llenar su estómago con los de las pinzas rojas, porque fue aposentarse mis posaderas en el suelo y los perros se metieron entre los juncos a pescar crustáceos. ¡Qué ruido! ¡Qué alboroto! Abandoné tal propósito ante la impotencia de no poder tenerlos a mi vera sin llamarlos a voz en grito; guardé el .222 y cambié de tercio unos minutos antes de que el sol se escondiera al ritmo que la luna asomaba.

La estrategia tenía que ser más elaborada si quería tener la mínima posibilidad de que algo me entrase. Debajo de una encina, a su sombra, donde los rayos plateados no penetraban y la oscuridad me envolvía, me senté a observar la ribera; en concreto, un paso de cochinos muy frecuentado y con un tiradero espectacular. La distancia era larga, pero esa era mi ventaja: ver a las presas yo antes de que las sintiesen o viesen los perros. El campo parecía iluminado, la claridad que me rodeaba era asombrosa. Los astros proclamaban la noche; mis pupilas, el día.

Y el aguardo dio el pistoletazo de salida…

Continuará mañana.

  • Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, máster de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá

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