Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Majano

Con el tiempo, el majano se convierte en cobijo. Bajo sus piedras se refugia el lagarto, se esconde el ratón de campo, anida el mirlo entre los huecos. Es un pequeño hogar que la mano humana dejó, sin saberlo, para la fauna

MajanoCedida

El majano es la forma más humilde que adopta la memoria. No tiene arco, ni lápida, ni fecha. Es un montón de piedras junto al linde, en mitad de un olivar o al borde de una dehesa, y sin embargo dice más de este país que muchos monumentos. Dice que alguien pasó por aquí con las manos llenas de tierra y decidió dejarlo limpio y ordenado.

Porque el majano nace del trabajo. Antes de sembrar, antes de plantar, antes de que el arado pueda correr limpio, hay que arrancar de la tierra lo que la tierra no pide: la piedra. Y se hace a mano, piedra a piedra, año tras año. Cada bloque arrancado es una incomodidad menos para la reja, una raíz que podrá bajar más hondo, un surco que no tropezará. El majano es el resultado de una terquedad callada: convertir un terreno difícil en campo.

Sirve para contener la tierra en las laderas, para cerrar un caño, para levantar un murete, para asentar el pie de una cancela

Pero el campesino no lo llama ruina. Lo llama majano porque sabe que aquello no se tira, no se desperdicia. La piedra se acumula con una paciencia casi religiosa, como quien guarda lo que no sabe todavía para qué servirá. Y sirve. Sirve para contener la tierra en las laderas, para cerrar un caño, para levantar un murete, para asentar el pie de una cancela. El majano es un almacén de soluciones pendientes.

También es límite. Marca el término de una finca, la frontera entre lo mío y lo tuyo, el punto donde termina el olivar y empieza el pasto. En el campo las fronteras no se dibujan con alambre ni con papel; se pactan con piedras. Y esas piedras, que nadie firmó, han durado más que muchos pleitos. El majano enseña una forma antigua de entender la propiedad: no como invasión, sino como cuidado de un espacio reconocido.

Y, con el tiempo, el majano se convierte en cobijo. Bajo sus piedras se refugia el lagarto, se esconde el ratón de campo, anida el mirlo entre los huecos. Es un pequeño hogar que la mano humana dejó, sin saberlo, para la fauna. Donde el campo se limpia demasiado, donde todo se nivela y se arrasa, el majano sobrevive como un rincón de refugio. Allí encuentra sombra el reptil, abrigo el conejo, vigilancia el zorro. Es la prueba de que el hombre, cuando trabaja la tierra sin arrasarla, deja tras de sí algo más que huellas: deja casa.

Hoy, cuando se habla de recuperación de fauna, de corredores ecológicos y de paisaje protegido, conviene mirar al majano. No hace falta inventar siempre lo nuevo; a veces basta con no destruir lo que ya estaba. Un majano respetado es un hotel de campo, un refugio en mitad de la llanura, un recordatorio de que la biodiversidad también se construye con piedras.

El majano no pide nada. Se queda donde lo dejaron, aguantando sol, lluvia y olvido. Y sin embargo sostiene: sostiene la tierra, sostiene el linde, sostiene la vida pequeña que necesita un hueco para existir. Quizá por eso merece entrar en este diccionario sentimental: porque enseña que la memoria del campo no siempre se escribe en libros. A veces se apila, piedra sobre piedra, junto al camino.

  • Mercedes Barona es periodista, premio Jaime de Foxá