El luto de las águilas
Tardará mucho tiempo en nacer si es que nace, un caballero del campo andaluz de tan acendrados carisma, sentido de la responsabilidad patrimonial y dedicación conservacionista a futuro
Fernando en Puerto Bajo con su guarda, Lorenzo y los investigadores de la Estación Biológica de Doñana, Fernando Ibáñez y Juanjo Negro
En estas mañanas del equinoccio otoñal, cuando el sol en ascenso va derritiendo los visillos de niebla que cuelgan sobre el cauce del Jándula, el águila real, reina y señora de los cielos en la Sierra Morena de Andújar, se desliza desde las peñas del Salto del Macho, allí donde merodean las monteses, y sobrevuela la charca de las Nutrias y la cuerda del Avión en busca de su necesario sustento. Pero en estos días su vuelo viene siendo errático e impreciso porque siente la ausencia de su principal valedor, el Señor del Puerto Bajo de la Cereceda, el Iltmo. Don Fernando Andrada-Vanderwilde Contreras, que nos acaba de dejar y ha marchado para siempre a repasar las reforestaciones, los jarales y los pastizales de las sierras azules del cielo.
Tardará mucho tiempo en nacer si es que nace, un caballero del campo andaluz de tan acendrados carisma, sentido de la responsabilidad patrimonial y dedicación conservacionista a futuro. Miembro de una vieja y noble familia de agricultores, ganaderos y monteros de las sierras y campiñas de Jaén, Granada y Sevilla, Fernando aceptó desde el primer momento el destino familiar en la conservación de las propiedades rústicas y lo llevó al nivel de la excelencia, elevando su paraíso serrano a lo que hoy es: el mejor conservado retazo de original y auténtico monte mediterráneo, un emporio de biodiversidad natural que deja mucho que desear a los espacios gestionados por las administraciones públicas con presupuestos a cargo de los contribuyentes. No solo la real reina en la propiedad familiar, sino también el águila imperial, que con dos parejas residentes, patrulla la solana de la Charca, Los Borondos, el barranco de la Parra, la linde del Fontanarejo y las eras del Yeso, al tiempo que más de 40 colleras de buitre negro se asientan en las vetustas encinas y alcornoques de la finca para sacar un pollo cada año y asegurar así la pervivencia de una especie que hace 50 años estuvo al borde de desaparecer de nuestro suelo patrio. Al mismo tiempo, una saludable población de perdices serranas adorna los rasos y los cortaderos, desafiando la abundante presencia de predadores, que desde la comadreja hasta el lince, que frecuenta el cerro de la Casa y el cerrado de los Corzos, pasando por el ubicuo meloncillo y el omnipresente cochino, habitan los espesares del Puerto. Igualmente las torcaces, beneficiarias de la copiosa cosecha de bellotas, proporcionan otro añadido cinegético en los meses de agosto y septiembre. Una cabaña de venados y gamos, en óptima proporción con la disponibilidad de pastos, armados de buenas cuernas y siempre lustrosos de pelo, decoran parajes de ensueño, como la charca de Villa Venao, Valcorcho o las abiertas del camino de Valtravieso.
La obtención del reconocimiento social y público hacia la labor que la propiedad privada realiza a favor de la conservación
Fernando Andrada-Vandervilde, junto al fuego en Puerto Bajo, con una hembra de gavilán que se coló en el gallinero persiguiendo a las tórtolas turcas
Cuando en un día ya lejano de principios de este siglo analicé con Fernando el precario estado de la población del águila imperial ibérica, descubrimos que el 80 por ciento de las que quedaban en España y por ende en el mundo –apenas 90 parejas–, estaban instaladas en terrenos de propiedad privada gestionados para el aprovechamiento de recursos naturales renovables, como la caza, el corcho o el ganado en extensivo. Le sugerí entonces crear una asociación con los propietarios de estos terrenos que tuviera como objetivos la recuperación de la especie y la obtención del reconocimiento social y público hacia la labor que la propiedad privada realiza a favor de la conservación. A Fernando le sonó muy bien la propuesta y con su inveterado optimismo, su desbordante entusiasmo y una actitud diferente de la de la mayoría de los titulares de propiedades privadas, se puso manos a la obra para conseguir adeptos entre los muchos contactos que tenía en el mundo rural y cinegético.
Fernando Andrada-Vandervilde, junto al fuego en Puerto Bajo, con una hembra de gavilán que se coló en el gallinero persiguiendo a las tórtolas turcas
La Asociación de Amigos del Águila Imperial Ibérica quedó constituida en una reunión celebrada en la Estación Biológica de Doñana en el mes de junio de 2002 y comenzó su andadura bajo la presidencia de Fernando, transformándose más tarde en fundación que amplió sus objetivos a la recuperación del lince –que también habitaba los mismos espacios—y a la concienciación de la sociedad del valioso papel de estos espacios de carácter privado en la preservación de la biodiversidad. Hoy, 24 años después, la Fundación anda organizando un evento para celebrar con sus miembros el hecho de que el censo ha sobrepasado las 1000 parejas de imperiales y los 2500 ejemplares de lince, que en el año 2000 apenas contaba con 100 individuos. Y hoy, la mayoría de todos ellos, águilas y linces, sigue viviendo en propiedades privadas, muchas de ellas bajo el paraguas de la fundación.
Placa de la Fundación de Amigos del Águila Imperial, Lince y Espacios Naturales de carácter Privado.
Fernando se nos ha ido y con él, a sus amigos también se nos ha ido una parte importante de nuestras vidas –cuando un amigo se va, algo tuyo también se va con él. Pero su recuerdo y el resultado de su labor, quedarán prendidos para siempre en las ramas de los piruétanos, madroñas, cornicabras y agracejos de nuestras sierras monteras. Y especialmente en su querido Puerto Bajo.
- Javier Hidalgo es presidente de la Fundación de Amigos del Águila Imperial Ibérica, Lince Ibérico y Espacios Naturales Privados