Zahones
Son dos perneras de cuero abiertas por detrás, que se sujetan a la cintura con una correa y cubren el muslo y la pierna hasta la rodilla o más abajo
Zahones
Los zahones (o zajones) buenos duran más que quien los estrena. Se amoldan al cuerpo, oscurecen con el uso y acaban llevando las marcas de una vida entre el ganado, las encinas y las zarzas. El cuero se ablanda donde el cuerpo lo pide y se endurece donde el monte lo exige. Si una costura se abre, se cose; si una hebilla se rompe, se cambia.
Son dos perneras de cuero abiertas por detrás, que se sujetan a la cintura con una correa y cubren el muslo y la pierna hasta la rodilla o más abajo. El pantalón de debajo llega entero al final de la jornada.
Los buenos se reconocen por la costura doblada, por el remate del borde y por la hebilla que sujeta sin ceder
Quien ha caminado entre jaras y espinos conoce el valor de llevar las piernas protegidas. Las zarzas se enganchan a la ropa, arañan la piel y no entienden de prisas. A caballo, los zahones resguardan de las ramas que invaden el camino y de la lluvia. En las jornadas de caza, cuando el monte se cierra, cubren a quien se adentra en la espesura. Son prendas para ir por donde el campo se vuelve áspero, sin pedirle permiso.
Cambian de talle y de nombre según la tierra. Los visten los vaqueros de las dehesas, los jinetes de las marismas del Guadalquivir y los charros del campo salmantino. Al otro lado del Atlántico, en Hispanoamérica, sus parientes se llaman chaparreras en México, y los estudiosos aprecian cuánto de uno hay en las otras.
Hacer unos zahones requiere oficio: elegir la piel, cortarla, darle forma, rematar los bordes, reforzar lo que más va a sufrir. El artesano cose pensando en los años, en el jornal, en el barro de febrero. Los buenos se reconocen por la costura doblada, por el remate del borde y por la hebilla que sujeta sin ceder. Nuevos, crujen y huelen a cuero recién curtido; tardan semanas en rendirse en la rodilla. Después llegan el sudor del caballo, el barro seco, la grasa del invierno, y el color se va hacia el tabaco.
Cuando unos zahones pasan a la siguiente generación, el cuero guarda el tono del uso, las señales de la faena y alguna reparación hecha a tiempo. Se ajusta a la cintura la prenda usada, se comprueba que todavía sirve y se sale a trabajar con ella. Sin ceremonias. Como quien recibe algo que ya sentía suyo un poco antes de que se lo dieran.
- Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá