Campo, rehala y 'monter-IA'
Si todo esto supone conexión con la naturaleza, ahora también es sinónimo de desconexión con el ruido, los pitidos, los sobre estímulos y la inmediatez
Diego Gómez Arroyo junto a uno de sus perros de caza
Hace meses, en la presentación del primer libro de la que va a ser la mejor escritora de España, ella misma mencionó que su libro era cien por ciento libre de IA (Inteligencia artificial). Dijo que la inteligencia está siendo saqueada y que escribir libremente, sin condiciones y dejándote llevar solo por tu imaginación, era un modo de liberarse. Desde entonces, llevo meses dándole vueltas a la libertad y a las formas de estar en el mundo.
En paralelo, sea en el trabajo, en los periódicos u otras hierbas, solo se habla de IA. Es un bombardeo que parece otro capítulo más de la ingeniería social a la que determinados individuos nos someten a nivel global. Somos cera caliente en sus manos, aunque nos pese. En estas últimas semanas, me ha llamado la atención cómo aquellos pioneros que empezaron a desarrollar todas estas mañas se han visto metidos en una aterradora madeja. Creadores y desarrolladores huyen ahora despavoridos. Temen y repelen su obra e, incluso, abanderan volver a los usos y costumbres tradicionales. Ojalá no sea tarde.
Recuerdo el campo desde que tengo uso de razón. Viviéndolo con el corazón y todos los sentidos. Allí aprendí que solo hay una cosa inmortal y que hay que vivir sabiendo cuál es nuestra condición. Y en ese recorrido, siempre me acompañó un perro. Fue, sin duda, el germen de mi afición a la caza, pasión por la montería y vocación por la rehala.
Campo, caza, rehala… Han sido y son mi refugio y mi paz. Siempre vivido con quienes quieres, que es la forma de vivirlo todo, con pasiones compartidas y afectos a borbotones. Si todo esto supone conexión con la naturaleza, ahora también es sinónimo de desconexión con el ruido, los pitidos, los sobre estímulos y la inmediatez.
Estoy aburrido y harto de pantallas, de vidas simuladas y espacios huecos. No sé cómo, algunos, montean solo mirando la pantalla de un GPS. Yo quiero perderme con mis perros afinando mis sentidos
Campo
Un día de montería cualquiera. De camino, parar a tomar un café. El olor de la chimenea y del campo mojado. El eco de una ladra. El corazón en la boca corriendo a un agarre. El orgullo de ver una buena faena a tus perros y que te lo elogien. Quedarte esperando a que le aparezcan los perros a un amigo. Sin prisas, sin más que el atardecer, la compañía de una improvisada lumbre, un vaso de vino y un trozo de queso. Son sensaciones que nada artificial podrá proveer.
Estoy aburrido y harto de pantallas, de vidas simuladas y espacios huecos. No sé cómo, algunos, montean solo mirando la pantalla de un GPS. Yo quiero perderme con mis perros afinando mis sentidos. No quiero dejarme atrás nada de ellos, ni tampoco de las personas con las que tengo la suerte de montear.
Algunos dicen que es progreso… ¿Pero qué progreso es ese que nos hace inútiles o prescindibles? La humanidad es cercana, afable, cálida, frágil, sensible… Esta locura de la IA es para mí algo más imaginario que real. Es frío, impersonal, mecánico y se está tornando en muy hostil. Y somos nosotros, precisamente, quienes estamos alimentando al monstruo. Entregamos nuestros sentidos y sentimientos a un ingenio que, con un apetito voraz, pide y pide sin saciarse nunca. Haciéndose cada vez más «inteligente», que no lista… Atributo que espero y confío que nunca se pueda conseguir de manera artificial.
Aquí me olvido de la inmediatez. No hay sonidos o luces estridentes que requieran de una presta respuesta. No existe lo efímero pues todo permanece
En el campo y monteando, me siento libre. El desarraigo del teléfono y de las tecnologías me permite volver muchos años atrás. Es mi rebelión personal contra esta nueva norma que detesto. Es mi forma de encontrarme con muchos, también con Dios, porque Él te habla más alto cuando no hay cobertura móvil.
Estar en el campo, con familia y amigos, tanto humanos como caninos. ¡Que pare el mundo, que me apeo! Al menos por unas horas o unos días. Saber qué es pasar calor o frío. De verdad, no porque lo diga el tiempo; cansarme por hacer las cosas con denuedo; perderme y saber encontrarme siguiendo, solamente, a mis instintos, sin delegarlo a dispositivo alguno.
Aquí me olvido de la inmediatez. No hay sonidos o luces estridentes que requieran de una presta respuesta. No existe lo efímero pues todo permanece. Como decía Yebes, el campo todo lo registra. Me reencuentro con la pausa y el sosiego. Ver, vivir y elegir lo que quiero contar o no, y cuándo hacerlo. Recuperar el silencio y los aprecios. Reconquistar la paz. Muy recomendable es, de vez en cuando, buscarse, encontrarse, escucharse y conocerse. Quién sabe, igual hasta nos caemos bien.
Reconozco que tengo miedo. Me da pánico que si pasa mucho tiempo con tanto ruido y distracciones vanas de fondo, todo esto caiga en el triste olvido. Que para las nuevas generaciones pase a ser algo desconocido y, por ello, el mundo real genere recelo e incluso miedo. Que se desconfíe de la verdad y la esencia y se opte por lo artificial y simulado.
Ojalá pronto estemos agotados de todo esto y queramos volver a lo sencillo y cotidiano. A valorar lo que nos gusta por nosotros mismos, no por lo que nos dicten. A saber elegir. A querer conocer y aprender por nosotros mismos.
Me queda el consuelo de que una rehala nunca podrá ser sustituida por un perrero humanoide ni perros robots. Lo que me turba es que si este plan tiene éxito, en unos años, los monteros quizás quieran montear desde casa. Ahí estaríamos en el horno. Libres y lejos de tanta 'tonter-IA'.
- Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero