Estanterías vacías en Italia por la huelga de camionerosEuronews

Europa, ante la fragilidad de su despensa: lo que pasa cuando los camiones dejan de llegar al supermercado

Las protestas de los transportistas italianos contra el encarecimiento del combustible bloquearon puntos estratégicos de distribución, y la consecuencia inmediata fue que comenzaron a vaciarse los lineales

Durante unos días han faltado alimentos en los supermercados del sur de Italia. No porque Italia haya dejado de producirlos, sino por algo mucho más sencillo, aunque mucho más inquietante: los camiones dejaron de llegar.

Las protestas de los transportistas italianos contra el encarecimiento del combustible bloquearon puntos estratégicos de distribución, y la consecuencia inmediata fue que comenzaron a vaciarse los lineales. No hubo una crisis alimentaria, y no hizo falta que la comida desapareciera. Bastó con que dejara de moverse. Quizá deberíamos detenernos un momento ante esa diferencia, porque explica perfectamente nuestro tiempo.

Europa vive instalada en una abundancia alimentaria históricamente excepcional. Entramos en un supermercado y encontramos todo tipo de alimentos elaborados en cualquier lugar del mundo. La cotidianeidad del prodigio nos ha hecho olvidar que se trata, precisamente, de algo excepcional.

Hemos terminado interpretando esa abundancia como un estado natural de las cosas. Pero no lo es. La estantería llena no es una despensa. Es el último eslabón de una cadena de distribución que no puede detenerse, y la clave de esta cuestión es que vivimos una singularidad histórica que jamás se había conocido.

Las estanterías del supermercado apenas constituyen el extremo visible de una cadena inmensa, porque la verdadera despensa europea está en el campo y en las fábricas, en los almacenes y en las cámaras frigoríficas, en las carreteras y en los centros logísticos. Los datos ayudan a comprender la magnitud del fenómeno: en 2025 se transportaron por carretera en la Unión Europea 1.610 millones de toneladas de alimentos, bebidas y tabaco.

No hablamos, por tanto, de una cuestión marginal de la economía. Hablamos del mecanismo cotidiano mediante el cual una sociedad de más de cuatrocientos millones de personas mantiene abastecidas sus mesas. Y ese mecanismo es extraordinariamente eficaz y frágil a la vez. Porque eficacia y resistencia no son exactamente lo mismo.

Durante décadas hemos perfeccionado sistemas de suministro que reducen los almacenamientos y costes improductivos. El modelo denominado just in time permite que los productos lleguen cuando son necesarios en lugar de permanecer inmovilizados durante semanas. Desde el punto de vista económico esto tiene una lógica impecable. Pero, desde la perspectiva de la seguridad introduce una paradoja: cuanto más ajustado y eficiente es el sistema, el margen cuando algo falla se acorta drásticamente.

Hemos construido, de este modo, una singularidad histórica. Nuestras sociedades disponen de una variedad, una cantidad y una regularidad alimentarias que ningún europeo de otros siglos habría podido siquiera imaginar; pero una parte de esa seguridad descansa sobre la condición de que casi todo siga funcionando todo el tiempo.

Y, como si todavía necesitáramos otra advertencia sobre la complejidad de nuestra despensa, en octubre un ciberataque contra los sistemas de refrigeración afectó a varios centenares de supermercados franceses. Cámaras y congeladores elevaron su temperatura y toneladas de alimentos tuvieron que ser destruidas. Y sí, hoy desde un ordenador también se puede vaciar una despensa, algo que habría resultado incomprensible para nuestros antepasados.

La alimentación se ha convertido en uno de los sistemas más sofisticados que hemos construido, y precisamente por ello merece ser considerada una infraestructura estratégica. mantener una autonomía básica durante al menos 72 horas ante una emergencia, como están recomendando todos los países europeos a sus ciudadanos.

Seguridad alimentaria no es autarquía

España no está fuera de esa ecuación. En 2025 fue el tercer país de la Unión Europea por volumen de actividad del transporte de mercancías por carretera. Nuestra formidable capacidad agrícola y agroalimentaria constituye una fortaleza, pero producir mucho no elimina la dependencia de la logística. Si no se puede transportar, la comida puede faltar.

Por supuesto, defender una mayor seguridad alimentaria no significa proponer la autarquía, levantar fronteras ni regresar ingenuamente a economías preindustriales; el comercio proporciona seguridad precisamente porque permite diversificar proveedores y compensar malas cosechas locales. Pero la dependencia absoluta tampoco es resiliencia.

Entre la autarquía imposible y la confianza ciega en que los mercados, los combustibles, la electricidad, internet y las carreteras funcionarán siempre existe un espacio racional y quizá deberíamos recuperar una palabra que nuestras prósperas sociedades habían empezado a olvidar: previsión. Nuestros antepasados guardaban trigo porque sabían que el siguiente año podía ser malo. Nosotros hemos construido un sistema infinitamente más poderoso, pero también hemos adquirido la extraña costumbre continuidad: imaginamos que el mañana funcionará exactamente como el hoy.

Italia acaba de recordarnos lo contrario. No ha habido una gran crisis, ni siquiera ha existido un verdadero desabastecimiento nacional, tan solo han bastado unos cuantos días de perturbación para que determinados productos desaparecieran de algunas estanterías.

Europa produce buenos alimentos. Y posee agricultura, tecnología, industria y comercio. Probablemente ninguna sociedad europea ha vivido nunca con una seguridad alimentaria comparable, pero esa es solo la mitad de la verdad. La otra mitad es que nunca nuestra abundancia había dependido de una maquinaria tan vasta, tan precisa y con una necesidad tan elevada de constante actividad. Esa abundancia inédita de nuestros días se fundamenta en una extraordinaria fragilidad que nos hace sumamente vulnerables.