La localidad cuenta con 2.195 habitantesShutterstock

El pueblo de Granada donde los apellidos navarros siguen siendo mayoría cinco siglos después

Aguirre, Peralta, Tudela o Garde forman parte de la vida cotidiana en Puebla de Don Fadrique, una localidad granadina marcada por una historia que comenzó tras la expulsión de los moriscos

Quien visite Puebla de Don Fadrique por primera vez probablemente pensará que se encuentra ante otro de los muchos pueblos del altiplano granadino. Situado en el extremo norte de la provincia, rodeado de montañas y más cerca de Murcia y Albacete que de la capital granadina, este municipio conserva, sin embargo, una singularidad que sorprende incluso a quienes conocen bien Andalucía.

Basta con recorrer sus calles, consultar un padrón municipal o conversar con algunos de sus vecinos para descubrir una realidad poco habitual en el sur de España: numerosos habitantes llevan apellidos tradicionalmente vinculados a Navarra. Aguirre, Peralta, Tudela, Garde, Burgui o Roncal forman parte desde hace siglos de la identidad local.

La explicación se encuentra en uno de los episodios más trascendentales de la historia de España y en una repoblación que dejó una huella que todavía hoy permanece visible.

La expulsión de los moriscos

A finales del siglo XVI, la Corona impulsó la expulsión de los moriscos del antiguo Reino de Granada tras la rebelión de las Alpujarras. Aquella decisión dejó numerosas zonas prácticamente despobladas y obligó a buscar nuevos habitantes para mantener la actividad económica y asegurar el control del territorio.

Fue entonces cuando cientos de familias procedentes de distintos puntos del norte peninsular fueron trasladadas a estas tierras. Entre ellas destacaron numerosos colonos llegados desde Navarra, que terminaron asentándose en lo que hoy es Puebla de Don Fadrique.

Aquellos nuevos pobladores recibieron tierras, viviendas y explotaciones agrícolas con el objetivo de reconstruir la vida de una comarca profundamente afectada por la despoblación.

Con el paso de los años, los apellidos de aquellas familias fueron transmitiéndose de generación en generación hasta convertirse en una de las características más llamativas del municipio.

Lo que comenzó como una medida política para reorganizar un territorio acabó configurando una identidad propia que ha sobrevivido durante más de cuatro siglos.

Las huellas navarras siguen presentes

La influencia de aquellos repobladores va mucho más allá de los apellidos.

Algunas tradiciones religiosas y culturales conservan todavía referencias a aquel vínculo histórico con Navarra. Entre ellas destaca la devoción a las santas Alodía y Nunilón, dos mártires especialmente veneradas en tierras navarras y cuya presencia sigue formando parte de la vida religiosa local.

Los historiadores consideran que Puebla de Don Fadrique constituye uno de los ejemplos más singulares de cómo los movimientos de población pueden transformar la identidad de un territorio durante siglos.

A diferencia de otros lugares donde el paso del tiempo terminó diluyendo el origen de los repobladores, en este rincón del norte de Granada la memoria familiar ha permitido conservar una conexión que todavía resulta visible en la actualidad.

No es extraño encontrar vecinos cuyos apellidos remiten directamente a localidades del Pirineo navarro o a antiguos linajes asentados en el norte de España.

Un rincón andaluz con alma del norte

Hoy Puebla de Don Fadrique supera ligeramente los 2.000 habitantes y continúa siendo uno de los municipios más singulares de la provincia.

Su historia demuestra que las fronteras culturales no siempre coinciden con las geográficas. Aunque pertenece plenamente a Andalucía, una parte de su identidad se forjó a cientos de kilómetros de distancia.

Cinco siglos después de aquella repoblación, el legado de aquellos navarros sigue presente en documentos, tradiciones y, sobre todo, en los nombres de muchas familias que continúan viviendo en el municipio.

Una peculiaridad que convierte a Puebla de Don Fadrique en un caso prácticamente único en España y en una prueba de cómo la historia puede seguir escribiéndose, generación tras generación, en algo tan cotidiano como un apellido.