Juan Chamizo sostiene dos cencerros fabricados artesanalmente en su taller familiar
Sus hijos continuarán la tradición del oficio
Una familia de Antequera, los últimos artesanos de cencerros: «Solo quedamos 12»
Juan Chamizo mantiene en el Polígono Industrial uno de los dos talleres artesanales de Andalucía dedicado a la fabricación de cencerros
Su mujer y sus hijo le ayudan a mantener un oficio que se extingue mientras la demanda no deja de crecer
El sábado, cuando el Parque Industrial de Antequera está vacío, hay un sonido agudo y seco que rompe el silencio. Es Juan Chamizo, un fabricante de cencerros que fabrica cencerros para vivir de ello y por amor al oficio. «Porque estoy solo, así que soy como el guardia de seguridad. Y es uno de los mejores momentos de concentración que puedo tener», dice. Su taller, Cencerros Juan Chamizo, es uno de los dos que quedan en Andalucía, junto con otro en Valverde del Camino (Huelva). Un oficio que teme que se esté perdiendo.
«Nos falta mano de obra. Somos 12 en España, muy pocos», afirma a El Debate Chamizo. «Y no es un trabajo para todos. Es muy laborioso, pero te haces fuerte quieras o no, eres fuerte.» He tenido muchas ampollas, he pasado por todo.« El proceso no se puede mecanizar. Cada pieza tiene un tono diferente, y cada detalle tiene su propia melodía para el sonido final. »El cencerro es para mantener al animal tranquilo, es una alarma. El agricultor lo escucha y si falta uno, falta ganado."
Toñi, esposa de Juan, moldeando con arcilla de Huelva y paja los cencerros para llevarlos al horno
Como hace 200 años
Toda la familia está involucrada en el taller. Toñi, su esposa, es la encargada de recubrir las piezas. «Hay que hacer una pasta con arcilla y paja, y no debe ser demasiado dura. La paja es como fibra y no se desintegra en el horno, por lo que no se desmorona», explica. «Es más trabajo de lo que la gente piensa. El origen es una lámina de chapa normal que se recubre con latón. Cada una tiene que tener las mismas medidas o el sonido será diferente.» Luego se ponen las asas, se aplica el latón y se recubre", cuenta.
Cuando el horno se enciende, es artesanal. «Este pequeño agujero, de ahí sale una llama y sabemos que el cencerro ha flameado», nos cuenta Toñi, esposa de Juan. Y luego viene el momento más delicado: el afinado. «Hay que afinarlo como un instrumento musical. Sigues trabajando en él sin dañarlo y compruebas que tiene un eco. Ahora suena... y la nota sale limpia. Ese es el concierto del campo.» Juan tiene práctica. Una vez que ha pasado la prueba de la oreja se coloca en su lugar.
Los hijos de Juan continuarán con un oficio en peligro por el decaimiento de la ganadería
Javi, 21 años, el futuro
Juan se ha interesado profesionalmente en los cencerros durante cuatro años y pasó su infancia afinando los cencerros de las cabras de su padre. Y cuando era joven afinaba piezas para algunas tiendas en Antequera después de perforar pozos. «Tuve esto cuando era joven y me lancé. Empecé desde cero y a base de puro trabajo. Ahora la demanda se ha disparado. Él lo aclara: «tengo más trabajo ahora que hace tres años, tengo más trabajo ahora y lo mejor de todo es que es estable; la pandemia triplicó los pedidos y no hace publicidad: todo es de boca en boca». A la familia, le preocupa el devenir de este oficio puesto que la ganadería, su juicio, está en peligro, si no hay políticas que favorezcan al campo y los ganaderos.