Jaume III de Mallorca y Jaume IV de MallorcaAjuntament de Palma

Historia

El último rey de Mallorca que prefirió la prisión antes que renunciar a su trono

Jaime IV, el príncipe herido en Llucmajor que pasó catorce años cautivo por negarse a entregar sus derechos dinásticos

Jaime IV de Mallorca nació en la capital continental de la Corona de Mallorca, Perpiñán, el 24 de agosto de 1338. Era hijo de Jaime III de Mallorca y Constanza de Aragón. Al morir su padre en la batalla de Llucmajor en 1349, se convirtió, nominalmente, en el nuevo rey de Mallorca. En Llucmajor fue herido y hecho prisionero por las tropas de su tío Pedro IV de Aragón junto a su hermana Isabel, su madrastra Violante de Vilaragut y los supervivientes del séquito real.

El claro objetivo del aragonés era la desarticulación política del bando mallorquín mediante el cautiverio y la confiscación de bienes. El usurpador los mandó encerrar en el castillo de Bellver. Desde Palma de Mallorca los dos hermanos fueron enviados al Reino de Valencia. Jaime, de once años, fue encarcelado en el castillo de Játiva mientras que Isabel, de doce años, fue recluida en el convento de Santa Clara.

La jaula del Ceremonioso

En 1358, Isabel fue liberada una vez hubo renunciado a sus derechos dinásticos (aunque años más tarde revocó esa renuncia alegando que el rey Pedro IV no había cumplido su parte del trato, como era pagar la dote para desposarse con Juan II de Montferrato).

El mallorquín no renunció a sus derechos, por lo que para reprimir sus intenciones de recuperar el trono de Mallorca fue trasladado a la prisión de Castell Nou de Barcelona, donde tenía que dormir dentro de una jaula de hierro preparada expresamente para la ocasión.

Como Jaime de Mallorca seguía ostentando el deseo y los derechos al trono isleño, el monarca usurpador precisaba de su renuencia para legitimar la reincorporación definitiva del reino de Mallorca a la Corona de Aragón y eliminar cualquier foco de resistencia o reclamación legal futura. Con ese objetivo, en 1362, el aragonés mandó trasladar a Jaime de Mallorca desde Barcelona hasta Perpiñán para negociar su renuncia y también mostrar su dominio sobre el territorio anexionado del condado del Rosellón, donde aún quedaban muchos fieles a la dinastía mallorquina.

Perpiñán fue escenario de importantes movimientos diplomáticos. El traslado consiguió que Isabel de Mallorca y otros nobles fieles pudieran ver su estado y se vieran forzados a plantearse aceptar las duras condiciones económicas para su rescate. El grueso de las negociaciones radicaba en que Jaime debía renunciar a sus derechos y desistir de la reconquista de las Islas Baleares, algo que el mallorquín no estaba dispuesto a aceptar, como venía demostrando desde su encarcelamiento de más de trece años.

Finalmente, Jaime IV fue devuelto a Barcelona. Aprovechando que el propio Pedro IV se encontraba aún en Perpiñán pudo triunfar el complot de fieles caballeros orquestado por Jaime de Santcliment que le permitió escapar de su cautiverio. Con la ayuda prestada por su hermana Isabel se refugió en Aviñón bajo la protección del papa Inocencio VI.

Tras la fuga de Jaime, Pedro IV, a través de mediadores y presión diplomática, intentó que el joven príncipe renunciara formalmente a sus derechos sobre el reino de Mallorca y los condados del Rosellón y la Cerdaña a cambio de una pensión económica y una vida cómoda en la corte. De este modo Pedro IV dejaría de ser un tirano que enjaulaba niños, y pasaría a ser un rey «magnánimo» que perdonaba a su sobrino y lo acogía tras su «rebelión».

Jaime, movido por el honor y el deseo de venganza, rechazó de nuevo la oferta de plano. Un año más tarde, en 1363, se casó con Juana de Nápoles, de la casa de Anjou, a pesar de las presiones del rey de Aragón que temía que la unión de los recursos de Nápoles con las pretensiones de Jaime creara un frente contra él en el Mediterráneo, especialmente en el control de las rutas comerciales y las islas, como también que Jaime usara el dinero de Juana para contratar mercenarios, las llamadas Grandes Compañías, e invadir sus antiguos dominios.

Fuga y boda napolitana

Desde la paz de Brétigny de 1360, con el cese de las hostilidades entre Francia e Inglaterra en la denominada Guerra de los Cien Años, miles de soldados profesionales se habían quedado sin empleo, organizándose en las citadas Grandes Compañías para trabajar como mercenarios. Pero sobre Juana pesó más mantener la estabilidad del reino de Nápoles. Iniciar una guerra contra Pedro IV no era una opción válida.

Dado que desde Nápoles no había posibilidad alguna, Jaime marchó a Francia en busca de apoyo. Se dirigió primero a Montpellier donde seguía teniendo una red de leales y familiares, entre los que encontraba su madrastra Violante de Vilaragut. De ahí pasó a Aviñón, donde solicitó en vano la mediación del papa Urbano V para que el aragonés le devolviera sus tierras. También buscó el apoyo de Carlos V de Francia, pero la ayuda militar fue negada ya que el rey francés prefería mantener la paz con Pedro IV de Aragón y centrarse en conservar la tregua con los ingleses. Pero precisamente el mallorquín halló la ayuda en la misma Francia, en Burdeos, capital de Gascuña, de mano de los ingleses, antiguos aliados de su padre Jaime III contra los intereses aragoneses y franceses.

Eduardo de Woodstock, heredero al trono de Inglaterra, hijo de Eduardo III de Inglaterra, llevaba algunos años gobernando el principado de Aquitania. La antigua alianza de Jaime III con Eduardo III fue el precedente diplomático que permitió a Jaime IV presentarse ante los ingleses no como un desconocido sino como el heredero de un antiguo aliado estratégico en la lucha contra la hegemonía franco-aragonesa.