Opinión
Esporles: el paraíso tensionado
La pregunta que me hago -y ya me perdonarán mi ignorancia- es la siguiente: ¿Servirá de algo esta auto declaración o se trata de fuegos fatuos, el clásico postureo de esa izquierda torpe
Esporles, a los pies de la sierra y muy cerca de Palma, es un pueblo precioso, con casas de estilo modernista, recoletos rincones y una oferta gastronómica muy interesante. Antes de la eclosión del mercado de la vivienda, fueron muchos los palmesanos que buscaron —y consiguieron—eel sueño de residir en un lugar tan tranquilo y recogido, con un término municipal ideal para practicar el senderismo y con la maravilla del Port des Canonge frente a un mar bravío. Hubo un tiempo en el que viajaba a Esporles casi todas las semanas por motivos profesionales. Pensaba muchas veces que mis visitas eran como las de los médicos, un visto y no visto, y que mi natural ansiedad encontraría algo de sosiego perdiéndome entre sus callejuelas y charlando con sus gentes.
Siempre me sorprendió que un lugar tan encantador fuese prolijo en consistorios muy de izquierdas. Cuando Vicenç Vidal fue nombrado conseller d'Agricultura –el peor que ha tenido Baleares, con diferencia, y que ahora es diputado por la extraña alianza que Més mantiene con los residuos de Sumar–, me apercibí de la existencia de una «célula dura» -nacionalista radical, con ramificaciones comunistas- en Esporles. Y ahora el ayuntamiento esporlerí se ha convertido en un bastión ultraizquierdista que se permite el lujo de desafiar al Govern de Prohens, al Consell de Galmés y a todo aquel que se le ponga por delante. El pasado jueves, en sesión plenaria, la mayoría formada por PAS y MÉS, acordó declarar el pueblo «mercado residencial tensionado», una figura contemplada en la Ley de Vivienda 12/2023, de carácter estatal. El alcalde, Josep Ferrà, dice que esta declaración —que había solicitado previamente al Govern y que no se produjo— responde a «hechos evidentes»: el aumento de los precios del mercado del alquiler, la escasez de vivienda y la dificultad de los jóvenes del lugar para encontrarla. Una situación muy común a la que padecen todos los pueblos de Mallorca, incluso sa Pobla, donde hace poco más de una década había más de dos mil casas vacías en estado casi ruinoso.
La pregunta que me hago —y ya me perdonarán mi ignorancia— es la siguiente: ¿Servirá de algo esta autodeclaración o se trata de fuegos fatuos: el clásico postureo de esa izquierda torpe que, pese a ser claramente minoritaria, se incrustó hace tiempo en nuestras instituciones con el casi único propósito de decir «no» a todo mientras, gracias a sus alianzas con el PSIB, chupaba de la teta autonómica tanto como podía? Ignoro, de verdad, si a partir de ahora los vecinos y residentes en Esporles tendrán una nueva herramienta con la que paliar —nunca solucionar— los problemas, reales como la vida misma, a los que el alcalde Ferrà, con el apoyo incondicional de Apesteguia, líder de Més, quiere hacer frente. A propósito de ese último señor, creo que ya dejé escrito que tuvo que abandonar la alcaldía de Deià —otro paraíso serrano— dejando al ayuntamiento prácticamente en bancarrota. Pero hay más: consta en los papeles que la mamá de Apesteguía vendió una propiedad inmobiliaria a un extranjero por una cantidad nada despreciable. Es aquello tan viejo del predicar o dar trigo.
La política esporlerina es de ultraizquierda y no habrá que darle más vueltas. No solo tienen su propia normativa respecto a la Memoria Histórica, sino que hace tiempo que vienen demandando que se publiquen los resultados de una encuesta en la que el desaparecido —y para mi venerado- presidente Suárez sondeó a los españoles de su época acerca de sus preferencias sobre la forma de Estado, monarquía o república. ¿Será Esporles nuestra pequeña Corea del Norte?