Palacio de los reyes de Mallorca en Perpiñánistock

El último galope del rey errante: el trágico final de Jaime IV de Mallorca

Tras reclutar a 6.000 mercenarios con oro francés para reconquistar sus dominios, el monarca mallorquín acabó traicionado por la diplomacia y envenenado en el exilio de Soria

Libre de nuevo, Jaime IV de Mallorca, inició un periplo para reorganizarse militar y económicamente y poder preparar otra campaña contra su eterno rival Pedro IV de Aragón. El mallorquín partió hacia Navarra y luego siguió hasta Montpellier donde entró el 16 de abril de 1370, tierra de sus mayores vendida por su padre Jaime III al rey de Francia. De allí llegó, en 1371, hasta Aviñón para entrevistarse con el papa Gregorio XI en busca de apoyo para sus pretensiones dinásticas. Con la ayuda de su hermana Isabel se iniciaron los contactos con la Corte francesa y con Luis de Anjou, hermano del rey Carlos V y lugarteniente del Languedoc.

Los enviados franceses y los de la Casa de Anjou presentes en la corte papal comenzaron a ver en Jaime al candidato ideal para liderar a las Grandes Compañías de mercenarios fuera de Francia, que seguían sin empleo tras la tregua en la Guerra de los Cien Años y que estaban devastando el Languedoc. Una posible solución era ponerlos a disposición de Jaime IV para una invasión contra la Corona de Aragón.

Luis de Anjou, del mismo linaje que Juana de Nápoles, se avino a ayudar a Jaime IV para recuperar sus territorios. Luis de Anjou vio una triple jugada, además de posicionarse como gran aliado y protector de Juana de Nápoles (en 1380 Juana le nombró heredero al trono de Nápoles), tenía la oportunidad de desestabilizar la frontera con Aragón y de vaciar sus dominios languedocianos de mercenarios.

Al apoyar una invasión en el Rosellón y Cataluña, Francia obligaba a Aragón a concentrar sus recursos y tropas en su propio territorio, impidiéndole intervenir en otros conflictos europeos. Además, si Jaime de Mallorca lograba recuperar sus territorios se convertiría en un aliado natural y obligado con la casa de Anjou y la Corona francesa. Por otra parte, en Castilla, las tornas habían cambiado. Enrique II seguía enfrentado a Pedro de Aragón. Parecía que todo apuntada a favor del mallorquín.

El oro francés de Luis de Anjou financió un ejército de 6.000 mercenarios para limpiar el Languedoc de bandidos y desestabilizar a la Corona de Aragón

Así fue como, con el respaldo financiero de Luis de Anjou en el verano de 1374, Jaime IV pudo organizar un ejército de seis mil hombres formado por mercenarios gascones, bretones y normandos reclutados en Languedoc. En la ciudad de Montpellier se reunió el ejército, se organizaron los suministros y se pagaron las primeras soldadas con el oro francés. Para finales de julio, el ejército estaba listo. La fuerza estaba compuesta por una mezcla de caballería pesada y experimentada infantería, preparada para cruzar los Pirineos en agosto.

Jaime de Mallorca entró con su ejército de mercenarios por los Pirineos, a los que posteriormente se unieron refuerzos castellanos enviados por Enrique II, interesado en desestabilizar a su rival Pedro IV y así reducir su influencia en los asuntos de Castilla.

El mallorquín dividió sus tropas para incursionar simultáneamente puntos clave como Prades y Vilafranca de Conflent. Al entrar en Prades las tropas se dedicaron al pillaje y al saqueo sistemático para abastecerse, ya que las pagas llegaban con retraso, lo que generó un profundo malestar entre los habitantes.

Los mercenarios no luchaban por lealtad dinástica, sino por el botín. Jaime IV no disponía de una estructura de suministros (comida, grano, ganado) para mantener a un ejército tan grande en una zona ya castigada por las malas cosechas. La población local no lo vio como un libertador, sino como un invasor que traía consigo a las temidas Grandes Compañías de mercenarios. A pesar de todo, desde allí se dirigió hacia Puigcerdá a donde llegó en septiembre.

La población local no vio en Jaime IV a un libertador, sino a un invasor que traía consigo el pillaje sistemático de las temidas Grandes Compañías

Al ver que Puigcerdá no caía y que mantener a seis mil mercenarios juntos en la montaña era imposible por la falta de comida, Jaime IV dividió su ejército. Una columna se dirigió hacia el oeste, bajando por la cuenca del río Segre hacia la zona de Urgel y Lérida. Su misión era buscar suministros y forzar a Pedro IV a mover sus tropas hacia el interior. Mientras que la columna de Jaime IV bajó directamente hacia el sur por el interior, pasando por Vic, buscando el corazón de Cataluña para amenazar Barcelona.

En diciembre de 1374, llegó a las puertas de Barcelona, estableciendo su campamento en las cercanías de Sant Cugat del Vallès. Allí se encontró con una fuerte resistencia y no logró penetrar las defensas de la capital catalana tal como lo describía el mismo Ceremonioso en su crónica, «entrà a Catalunya enemigament amb dos milia homens darmes e vench fins davant Barcelona» [entró en Cataluña como enemigo con dos mil hombres de armas y llegó hasta Barcelona].

Jaime, con sus tropas divididas y ante la imposibilidad de asediar Barcelona, decidió retirarse hacia las fronteras castellanas, donde sus desgastadas y menguadas tropas podrían avituallarse y quedarían fuera del alcance del rey de Aragón. Pero a principios de enero del 1375, previendo el final de la expedición de Jaime de Mallorca y viendo peligrar su sueldo los mercenarios, abandonaran la lucha para buscar nuevos pactos y botines.

Jaime se retiró a Soria, donde Enrique II le ofreció refugio en Almazán. Aunque era el anfitrión del castellano, en ese momento Enrique buscaba sellar la paz con Aragón. La figura de Jaime IV era un obstáculo diplomático para los Trastámara, por lo que su muerte «fortuita» facilitó los acuerdos matrimoniales y territoriales.

El fin de Jaime IV facilitó el Tratado de Almazán entre los Trastámara y el Ceremonioso

Jaime IV murió el 20 de enero de ese mismo año 1375. Parece que su muerte se debió al veneno dado por orden del rey aragonés tal como se puede leer en la crónica del catalán Pedro Tomic: «mori ab herberes que li foren donades» [murió con hierbas que le fueron dadas]. Su muerte permitió que se firmara el Tratado de Almazán, que puso fin a la guerra entre Castilla y Aragón. Para limpiar su mal hacer al permitir la muerte del mallorquín para poder sellar la paz con Aragón, el infante Juan de Castilla, futuro Juan I, ordenó trasladar el cuerpo de Jaime IV con toda la pompa desde Almazán hasta la ciudad de Soria, para ser enterrado con honores reales en el convento de San Francisco.