Difamación contra Manuel Aguilera publicada en el dBalears en 2023

Tribuna

Ladran, luego cabalgamos

Llevo tiempo recopilando difamaciones e insultos, y algún abogado me dice que denuncie, que voy a ganar, pero me conformo con publicar este artículo

Ahora que dicen que los estudiantes se aburren en clase, hay un tema con el que los ojos se les abren como platos: los insultos y amenazas contra periodistas. A los míos siempre les cuento cómo forraron Palma con carteles con mi cara bajo el lema Feixista perillós ( Fascista peligroso) allá por 2011, cuando trabajaba en El Mundo y me tocó publicar la detención de dos independentistas. Imagínense la cantidad de gente que me preguntó en las semanas posteriores, sobre todo amigos y familia, después de ver aquellos pósteres en las fiestas de Sant Sebastià cuando todos sabían que era justo lo contrario. Yo siempre he estado vinculado al antifascismo. Incluso llegó a salir una foto mía en una web nazi, pero esa es otra historia.

Ahora que escribo sobre todas las víctimas de la Guerra Civil, también me lo preguntan en alguna conferencia y yo quito hierro al asunto. La cosa no es tan grave porque se limitan a mensajes en internet o WhatsApp. Recibo de los dos lados, derecha e izquierda, aunque reconozco que esta última es más frecuente.

Llevo largo tiempo recopilando insultos y difamaciones. Algún abogado me dice que denuncie, que voy a ganar, pero me conformo con publicar este artículo, por si a alguien ayuda la idea de que las ofensas forman parte de esta profesión. Y que si ladran, luego cabalgamos.

Además de forrar la ciudad con mi cara, publicaron en webs independentistas la siguiente biografía: «El nombre del interfecto es bien conocido en el séptimo piso de las dependencias de la Policía Nacional de Palma. Se trata del exskinhead Manuel Aguilera, que ha cambiado sus sueños violentos juveniles por la docilidad de escribir aquello que le dicta el comisario».

El diario independentista dBalears me calificó así en 2016: «El periodista ultraderechista formado por el Opus Dei». Ni siquiera acertaron la universidad. Yo nunca he estudiado en el Opus. La carrera la estudié en el CEU de Madrid, que es católica a secas y tiene profesores (y alumnos) de todas las ideologías.

Años después, en 2023, a alguien de ese diario le molestó que colaborara en un libro colectivo con historiadores comprometidos con la izquierda y publicó lo siguiente: «No se entiende de ninguna de las maneras que una editorial seria y comprometida e historiadores de primera talla den cobertura a un impostor revisionista camuflado de historiador (compró la carrera en una universidad del Opus) como Manuel Aguilera Povedano. Aguilera es autor de textos repugnantes que justifican los asesinatos de los franquistas y culpabilizan a las víctimas del genocidio franquista. Realmente triste que historiadores rigurosos acepten compartir cartel con un activista defensor y justificador del golpe de Estado y del régimen fascista como Aguilera Povedano». Ahí es nada. Obviamente, nadie firmó semejante delirio y luego el diario borró el artículo.

En las redes sociales suelen ser más breves y directos: «Un nazi como tú», «no eres más tonto porque no lo entrenas, sinvergüenza», «solo escribes mamarrachadas, como buen mamarracho que eres» o «si odias tanto a los mallorquines, ¿por qué no te piras a Madrid como Maruja Torres?».

También he recibido por WhatsApp. Un veterano periodista se molestó en escribirme de manera anónima después de publicar un artículo sobre el asesinato de un comunista: «Me parece una insensatez lo que estás haciendo. Escribe libros si quieres, pero no ensucies el periodismo con artículos de este tipo que no contribuyen en nada a cerrar heridas que ahora la memoria histórica quiere reabrir. Creía que tenías más criterio». He de reconocer que fue elegante. Obviamente, tras un par de gestiones, averigüé su nombre y así se lo hice saber. No me molesté en responder nada más.

Sin embargo, uno de los momentos en los que he pasado más miedo fue durante una entrevista a un general de la Legión. Cuando íbamos terminando, paró la entrevista para decirme que estaba muy cabreado con un artículo que acusaba a su padre falangista de un asesinato. Me dijo: «Voy a buscarlo, creo que lo escribió Llorenç Capellà». En realidad, el autor había sido yo y, como estábamos solos en su casa y era muy posible que tuviera un arma en el cajón, pensé que lo mejor era volatilizarme. No iba a ponerme a discutir con un legionario curtido en mil batallas. Menos mal que el ordenador no acababa de arrancarle y aproveché para despedirme amablemente. Quién lo iba a decir, aquel día me salvaron el Windows 98 y Llorenç Capellà, uno de los historiadores referente de la izquierda mallorquina.