El despacho de Mallorca que conecta el atentado a Antonio Maura con la sucesión de Gabriel Cañellas
S'Alqueria d'Avall es una imponente finca a los pies de sa Gubia donde el líder conservador sanó sus heridas de bala y el presidente balear entregó su testigo tras el veto de Aznar
S'Alqueria d'Avall
Durante la década de los años 80 del siglo pasado tuve el privilegio de visitar, junto al fotógrafo Pep Vicens, compañero y amigo, la práctica totalidad de las possessions de Mallorca. De aquellas andanzas por la Part Forana de la isla surgieron unos reportajes que se publicaron, domingo tras domingo, en las páginas centrales del periódico El Día de las Baleares, hoy desaparecido. Debido al gran éxito de los mismos, a partir de noviembre de 1985 muchos de aquellos reportajes fueron reescritos, traducidos al catalán de Mallorca, para publicarse en una serie de cuatro volúmenes que aparecieron bajo el sello de distintas editoriales hasta principio de los 90.
Buscábamos el latir de la vieja Mallorca agrícola y señorial, que por aquellas calendas había iniciado ya su implacable decadencia. Lo que en principio fue proyectado como un serial dedicado al estado de la agricultura y la ganadería mallorquinas se convirtió pronto en el fascinante testimonio de un mundo en vías de extinción. Las distintas fincas rurales contenían multitud de historias, alguna de las cuales nos retrotraía a la Mallorca posterior a la conquista catalana, y aún más atrás en el tiempo. Los propietarios de las possessions -no sin cierto recelo, sobre todo al principio- nos abrían las puertas de sus palacetes rurales y nos ofrecían datos históricos que abrían ante nosotros historias fascinantes. Algunas fueron recogidas en los citados reportajes, otras sencillamente apuntadas con discreción y muchas de ellas, quizá la mayoría, quedaron guardadas en mis notas manuscritas. Ahora, más de cuarenta años después, creo que puedo «desclasificar» algunas de ellas. Así como entonces di preferencia a los temas agrícolas, arquitectónicos y populares, en ese nuevo serial me propongo «destapar» la intrahistoria de esos lugares de ensueño, así como de las personas que los habitaron o que, sencillamente, tuvieron alguna relación con ellos.
Un gabinete que conoció los pasos de dos presidentes. O de tres
S'Alqueria d'Avall, a los pies de sa Gubia, una montaña de 609 metros de altitud, en tierras de Bunyola -el opaco verdor de los olivos, la bucólica imagen de los rebaños de ovejas- es una impresionante finca perteneciente a doña María Rotger, la esposa del ex presidente Gabriel Cañellas. La visitamos una fría mañana de invierno; creo que era sábado porque el entonces primer mandatario de la recién estrenada autonomía de Baleares dejó a un lado sus actividades políticas para ejercer el papel de anfitrión y guía. Don Gabriel, su carácter amable con un punto de deliciosa socarronería, nos enseñó las 'cases' y las tierras circundantes mientras l'amo -que en las fincas mallorquinas no es el propietario sino el principal responsable de la gestión de las mismas, lo que hoy denominaríamos el «gerente»- nos explicaba con detalle las actividades agrícolas que allí se llevaban a cabo. La visita fue muy larga y al final, Cañellas nos condujo a un gabinete de trabajo -a mí entonces me pareció «de estilo afrancesado»- y allí, en un tono casi confidencial, nos explicó que en aquel lugar habían trabajado dos presidentes: don Antonio Maura, que presidió en cinco ocasiones el Consejo de Ministros de España, y él mismo. La historia era inédita -al menos desde el punto de vista periodístico, que yo supiera- y por eso la anoté en mi cuaderno de notas con todo detalle.
Maura sufrió tres atentados a lo largo de su dilatada carrera política, pero el más grave de ellos fue el que tuvo lugar en Barcelona el 22 de julio de 1910, cuando un anarquista le disparó en el momento en que el mandatario se disponía a bajar del tren. Los disparos, efectuados por Manuel Posà Roca, que así se llamaba el magnicida, impactaron en el brazo derecho y el muslo izquierdo del político mallorquín. Su recuperación fue larga y delicada y, por razones que no he podido discernir, pasó su convalecencia en s'Alqueria d'Avall, cabe suponer que debido a la amistad que debía unirle con los propietarios, la familia Salas, entonces una de las más importantes de Mallorca.
La fotografía de Manuel Miquel
En el citado gabinete de trabajo quedaba -y supongo que todavía queda- un testimonio del paso por la finca de tan distinguido huésped: la fotografía de un señor llamado Manuel Miquel, que fue quien ayudó al presidente en el trágico momento del atentado. Asombrado, contemplé la amarillenta imagen del auxiliador con una dedicatoria en el reverso perfectamente legible: «Conservaré la camisa en el mismo estado eternamente como símbolo de mi lealtad hacia su persona, 10 de agosto de 1910». Cabe suponer que Maura recibió la fotografía dedicada durante su estancia en la finca mallorquina de los Salas y que allí se quedó. Por su parte, Cañellas nos contó que algunas veces se retiraba a aquel gabinete forrado de madera oscura, para leer o trabajar rodeado de silencio.
Pasados unos años, en el curso de una visita particular, don Gabriel me haría una confidencia: allí mismo, en el «gabinete de los dos presidentes» fue donde, tras largos tiras y aflojas, convenció a Cristòfol Soler para que aceptara sucederle en el cargo. Por aquellos días, Aznar le había obligado a dimitir y la autonomía balear iniciaba una nueva e incierta etapa. Pero, claro, ésa sería ya otra historia.