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Opúsculo

Historia

El trágico precio que pagó Mahón por volcarse con el Emperador Carlos V frente a los turcos

Barbarroja redujo a cenizas la ciudad menorquina y capturó a la mitad de sus habitantes en venganza por la exitosa expedición imperial a Túnez

El reinado del emperador Carlos V estuvo marcado por una feroz lucha contra el Imperio otomano de Solimán el Magnífico. Después de frenar a los turcos a las puertas de Viena en 1529, el monarca puso la mirada en Túnez. El corsario Haradín Barbarroja había destronado al sultán aliado Muley Hassán, disparando los asaltos piratas en el Mediterráneo occidental. Para frenar la amenaza, Carlos V reunió una gran expedición marítima a Túnez que partió desde Génova y Barcelona para reunirse en Cagliari. Se trataba de una imponente flota de cuatrocientas naves y más de cuarenta mil soldados. La coalición cristiana unía a los reinos de la Monarquía Hispánica con tropas imperiales, portuguesas, pontificias, genovesas y de la Orden de Malta. En su ruta, la flota que había partido de Barcelona en mayo de 1535 recaló en el reino de Mallorca, muy castigado por las incursiones africanas, que aportó provisiones y milicias con entusiasmo. Tras una cálida bienvenida al emperador en Mahón, la flota se concentró en Cagliari antes del asalto final. La campaña fue un éxito: el 21 de julio Carlos V conquistó Túnez, liberó a veinte mil cautivos y devolvió el trono a Muley Hassán.

No obstante, el triunfo en Túnez se cobró una factura muy cara en Baleares. Barbarroja logró escapar y buscó la venganza contra la indefensa ciudad de Mahón. La tragedia alcanzó tintes dramáticos cuando los gobernantes mahoneses rindieron la plaza a cambio de que se respetaran sus vidas y bienes, un pacto que resultó en una trampa. El asalto pirata redujo la ciudad a cenizas y terminó con la captura de seiscientos prisioneros, casi la mitad de sus habitantes. La traición de los líderes locales no quedó impune: un año después fueron juzgados y ejecutados. Pese al éxito de la campaña imperial, la amenaza berberisca continuó latente: Ibiza fue atacada dos veces y el castillo de Cabrera quedó destruido en 1537. El interés otomano por el Mediterráneo occidental hundía sus raíces casi un siglo atrás.

Tras la caída de Constantinopla en 1453, la dinastía osmanlí había emprendido una vasta expansión territorial hacia Europa, Asia y África. El sultán Mehmed II priorizó la erradicación de cualquier enclave de resistencia cristiana próximo a su nueva capital y, en apenas una década, sometió Serbia, Atenas, el Peloponeso, Bosnia y Albania. Sin embargo, la estrategia otomana chocó con la vecina isla de Rodas. A diferencia del reino de Chipre, que estaba protegido por el tributo anual a los mamelucos de Egipto, los caballeros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén se negaron rotundamente a someterse económicamente al sultán. Rodas resistió con éxito el asedio de 1480, contando en sus filas con caballeros mallorquines como Pere Espanyol. Desde el asentamiento hospitalario, la isla se había erigido además en el principal enclave comercial del Mediterráneo oriental para los mercaderes de la Corona de Aragón, atrayendo a destacados comerciantes mallorquines como Joan Desmàs, Pere Pau o Joan Cartal, quien fijó allí su residencia permanente.

El asalto pirata redujo Mahón a cenizas y terminó con la captura de seiscientos prisioneros, casi la mitad de sus habitantes

La sumisión de Albania aproximó el ansiado proyecto de conquistar Roma, una ambición recurrente entre los sultanes osmanlíes, quienes se proclamaban los legítimos herederos del Imperio romano tras la caída de Constantinopla. Ese avance culminó en 1480, cuando los otomanos cruzaron el Adriático desde Albania para capturar la estratégica plaza italiana de Otranto, de la Casa de Aragón. La incursión desató el pánico en la península itálica, hasta el punto de que el papa Sixto IV llegó a planificar la evacuación de Roma. El auxilio de tropas húngaras y españolas, unido a la crisis sucesoria desatada tras la muerte de Mehmed II, salvó a Otranto. La violenta disputa fratricida entre sus hijos, Bayezid y Cem, obligó al mando otomano a replegar las tropas para concentrar sus esfuerzos en la guerra civil.

Aunque el nuevo sultán Bayezid II postergó la invasión de Roma, atendió las desesperadas súplicas de los nazaríes tras la caída del reino de Granada en 1492. El almirante Kemal Reis —a quien los mallorquines llamaban Camallitx— lideró diversas expediciones navales para evacuar a miles de mudéjares y transportarlos a territorios sarracenos. Esas incursiones imperiales convergieron con las acciones de los corsarios berberiscos del norte de África, quienes fijaron su objetivo en el estratégico reino de Mallorca (en 1501, los vecinos de Pollensa repelieron al propio Camallitx). El temor a una invasión naval se había tornado en una constante pesadilla para los isleños, la cual intentaron contrarrestar reforzando las armadas defensivas y promoviendo el corso contra las costas de Bugía y Argel. La medida de mayor calado estratégico fue la decisiva participación mallorquina en las conquistas de Bugía (1510) y del Peñón de Argel (1514). Esas plazas formaban parte del cinturón defensivo que el rey Fernando había comenzado a tejer en el norte de África con la toma de Mazalquivir, Cazaza, el Peñón de Vélez de la Gomera, Orán y Trípoli, además del vasallaje al emir de Argel. Sin embargo, la hegemonía hispánica en Argel fue efímera: el corsario Horuc Barbarroja derrocó y asesinó al emir, proclamándose soberano y reabriendo el conflicto mediterráneo.

El temor a una invasión naval se había tornado en una constante pesadilla para los isleños

Ya durante el reinado del emperador Carlos V, la situación con los argelinos había empeorado después de que Barbarroja renunciara al título de emir de Argel en favor de los otomanos a cambio de su ayuda contra los españoles. De esta manera el sultán Selim I extendió su Imperio hasta el Mediterráneo occidental, para así aumentar la presión sobre las fronteras cristianas, cuyo objetivo final seguía siendo la conquista de Roma y de Europa, empresa que intentó, sin éxito, su hijo Solimán el Magnífico, ya que ahí se encontró con el gran defensor de la cristiandad, el emperador Carlos V.

La lucha se había presentado tanto en la frontera oriental del Imperio alemán contra Solimán (Belgrado había caído en 1521 y cinco años después Luis de Hungría había sido derrotado en la batalla de Mohacs), como en la frontera mediterránea contra Haradín Barbarroja, quien había sucedido a su hermano Horuc. Además de ataques a las rutas comerciales y las costas ibéricas y baleares (Campos, Formentera, Andratx, Pollensa, Santañí) en 1529 había sido tomada la fortaleza del Peñón de Argel custodiado desde su conquista por mallorquines y castellanos. El retroceso cristiano en el Mediterráneo occidental se pudo detener una vez que los turcos fueron rechazados del sitio de Viena, que se materializó con la toma de Túnez en 1535.

El éxito alcanzado en Túnez alentó el deseo de emular la victoria en el Mediterráneo oriental, un escenario gravemente comprometido tras la pérdida de Rodas en 1522. Sin embargo, la Liga Santa —coalición integrada por el Papado, España, Venecia y Malta— sufrió una inapelable derrota ante la armada otomana en la batalla naval de Préveza (1538), a escasos 200 km al norte de Lepanto. Ante la pérdida virtual del control sobre el Levante mediterráneo, y constatando que la conquista de Túnez solo garantizaba la seguridad de los dominios italianos, Carlos V resolvió asestar un golpe definitivo a la base de operaciones de Barbarroja que era Argel.

El reino de Mallorca se erigió de nuevo en la plataforma logística clave de la empresa. El 13 de octubre de 1541, la bahía de Palma congregó a las escuadras procedentes de Sicilia, Nápoles y Malta, las cuales, unidas a los contingentes españoles, constituían una imponente fuerza de quinientas naves y cuarenta mil hombres. El reino insular contribuyó a la movilización con más de un millar de soldados, comandados por los capitanes Joan Odón de Berard y Francesc Riera. No obstante, a diferencia de lo acontecido en Túnez, la expedición de Argel culminó en un rotundo desastre militar.

La estancia del Emperador a Mallorca, donde pernoctó durante cinco noches, tuvo una gran transcendencia por los mallorquines, motivo por el cual en 1542 se publicó un opúsculo titulado «Llibre de la benaventurada vinguda del Emperador y Rey don Carlos en la sua ciutat de Mallorques y del recebiment que li fonch fet, juntament ab lo que mes sucehi fins el dia que partí de aquella per la conquesta de Alger».

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