El Grifo de Pisa

El Grifo de Pisa

Historia

¿Qué hace el célebre Grifo de Mallorca en el tejado de la Catedral de Pisa? El gran botín de 1115

El asalto cristiano a Medina Mayurka convirtió el grifo de bronce y la tumba del emir en trofeos conservados hasta hoy en la ciudad italiana

Sobre el ábside de la catedral de Pisa se eleva una columna rematada por la escultura de un enorme grifo de bronce. La prestigiosa historiadora Anna Contadini de la Universidad de Londres estableció su origen en el saqueo pisano de Mallorca de la primavera de 1115, dejando de lado las teorías que apuntaban su procedencia a los anteriores ataques pisanos al emirato siciliano de Palermo, a la ciudad tunecina de Mahdia o a la taifa de Almería. A unos escasos quinientos metros de la catedral también hay otro fruto del saqueo pisano de la capital balear. En la iglesia de San Sixto está la lápida sepulcral del emir de Mallorca Al-Murtada.

Sin la llegada del auxilio solicitado a los almorávides de la taifa de Denia por el walí de Mallorca Mubashir, la imponente Medina Mayurka había caído en 1115 después de un largo año de asedio. La ciudad fue saqueada y objeto de pillaje por pisanos, catalanes y languedocianos. Cumplido el objetivo de la acción de castigo y liberados los cautivos cristianos los cruzados regresaron a sus tierras.

El inicio del gobierno del nuevo walí almorávide de Mallorca, Wanur ben Bekr, no fue nada sencillo. Los bereberes con otras costumbres, y, sobre todo, intransigentes con cristianos y judíos, no fueron aceptados ni por la población mallorquina de origen andalusí y muladí, ni mucho menos, por el componente aborigen isleño, los mozárabes, que permanecieron en la tierra de sus antepasados después de la cruzada pisana. Los cristianos mallorquines se encontraron con que los almorávides no aceptaban el grado de tolerancia de las autoridades cordobesas y dianenses.

Hacía poco más de un siglo que había desaparecido el califato de Córdoba y los musulmanes y los mozárabes baleáricos habían pasado a formar parte de la taifa de Denia. El pequeño reino dianense había nacido en 1010 cuando Muyahid no reconoció al califa cordobés. Cinco años más tarde Muyahid incorporó Baleares a la taifa de Denia, y poco después conquistó el norte de Cerdeña desde donde comenzó a atacar las costas italianas, pero al cabo de un año fue expulsado por una coalición pisano-genovesa.

La dinastía dianense continuó con Alí que en el año 1049 nombró walí de Mallorca a Al-Murtada. A pesar de los cambios políticos, los cristianos de Mallorca y Denia mantuvieron su condición dentro del marco de la dhimma como en tiempos del califato. A cambio de pagar un impuesto y aceptar restricciones sociales, conservaban su fe y autonomía. Como ocurría en la Península, las comunidades cristianas de Baleares estaban permitidas y seguían practicando sus ritos religiosos. Entre ellos destacaba el entierro en posición decúbito supino con la cabeza hacia el oeste y los pies hacia el este. Esto fue confirmado por los restos óseos encontrados en 2013 en Pollentia, los cuales la datación por radiocarbono situó entre los siglos X y XII.

Se desconoce quién era la autoridad eclesiástica de los cristianos de Baleares, ya que no hay noticias de que en esa época hubiera algún obispo. Esto cobra especial sentido cuando, en 1057, bajo el gobierno de Al-Murtada, en el marco de la mejora de las condiciones de vida de las comunidades cristianas, Alí de Denia —aprovechando sus fluidas relaciones con el conde de Barcelona, el Ispanie subiugator Ramón Berenguer I— donó las iglesias de Baleares al obispado barcelonés.

Al delegar los asuntos eclesiásticos y religiosos de los mozárabes en la jurisdicción de la diócesis de Barcelona, el soberano de Denia y Mallorca no solo garantizó la paz con los cristianos, sino que se aseguró el reconocimiento formal de sus dominios por parte del conde barcelonés. Sin embargo, dos décadas más tarde, Alí fue destronado por el emir de Zaragoza, desencadenando el nacimiento de la taifa independiente de Mallorca, ya que Al-Murtada se negó a reconocer al zaragozano. Finalmente, en 1087, Al-Murtada se autoproclamó emir de Mallorca, que oficializó, como era habitual en el islam, mediante la acuñación de moneda con su nombre —la primera musulmana de Mallorca.

Durante el reinado de Al-Murtada, el papado —haciendo uso de su pretendida potestad para transferir reinos, imperios y cualquier posesión terrenal, especialmente aquellas bajo dominio no cristiano— otorgó la soberanía de Baleares a Pisa; lo que no supuso despojar a Barcelona de ningún territorio, ya que la donación previa de Alí al obispado de Barcelona se limitaba estrictamente a la dependencia espiritual de los mozárabes mallorquines. Pocos años después, y como parte de su estrategia de reforzamiento geopolítico, el pontificado otorgó también a los pisanos el dominio de Córcega y Cerdeña.

La taifa de Mallorca combinaba una enorme prosperidad con una creciente tensión militar en el mar. Su economía dependía en gran medida de las incursiones marítimas. Los barcos mallorquines atacaban las costas cristianas de Barcelona, Ampurias, Languedoc, Pisa y Génova, capturando botines y prisioneros. Mientras el mar era un escenario de guerra, Al-Murtada iba transformando la capital balear. Amplió las murallas, mejoró el sistema de alcantarillado e impulsó la construcción de la Almudaina. Convirtió su corte en un santuario para intelectuales, científicos y poetas andalusíes que huían del avance cristiano en la Península. Alfonso VI de León había tomado Toledo en 1085. Por su parte en el Levante el claro dominador era el guerrero castellano Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, que con la ayuda de su yerno Ramón Benrenguer III de Barcelona, el Hispaniarum marchio, había establecido el principado de Valencia y tenía sometidas al pago de parias a las taifas de Lérida, Denia y Tortosa.

Pero la reconquista cristiana se había encontrado con los guerreros bereberes almorávides que había acudido en ayuda de las taifas andalusíes. En pocos años se instalaron en Al-Andalus y recuperaron el principado cristiano de Valencia para el islam. Los africanos se encontraron con el relajamiento de los preceptos doctrinales del islam y su permisividad con los judíos y cristianos. Los bereberes proclamaban una estricta aplicación de los preceptos islámicos. Sobre todo, pedían que los cristianos fueran asimilados lo antes posible.

Ajena a la llegada de los bereberes, la independiente, próspera y bien fortificada Medina Mallorca mantenía su poder económico con sus continuas acciones de piratería contra las costas de Italia y Cerdeña, entorpeciendo su incipiente actividad comercial. Las formidables defensas de la capital, reforzadas por Al-Murtada, blindaron a la ciudad frente al ataque de Sigurd I de Noruega durante su travesía mediterránea hacia Tierra Santa. Sin embargo, tras saquear las costas de al-Andalus, el rey vikingo sí logró asaltar con éxito Formentera, Ibiza y Menorca en 1109.

Pocos años más tarde, las islas Baleares fueron de nuevo atacadas, esta vez, por los pisanos, que ya llevaban años defendiéndose de los musulmanes, que incluía acciones de castigo realizadas contra Palermo, Mahdia y Almería. Fruto de la anterior cesión de las islas a Pisa, en 1113 el papado autorizó al arzobispo Pedro de Pisa a lanzar una cruzada contra el nuevo wali de Mallorca Mubashir con el fin de liberar a los cristianos cautivos y de limpiar las aguas del mar balear para hacer más seguras las rutas marítimas. Pascual II entregó a los expedicionarios un vexillum (estandarte) de color rojo para ser llevado a la lucha contra los infieles. A raíz de ese importante respaldo, la ciudad de Pisa adoptó el color rojo como insignia de su comunidad.

La cruzada pisana fue secundada por gentes de Florencia, Córcega y Cerdeña, a las que también se añadieron otros señores feudales languedocianos del Rosellón, Montpellier, Arles y Marsella después de que se nombrara a Ramón Berenguer III como jefe de la expedición, ya que también era el influyente conde de Provenza. Aunque la aportación de tropas del marqués de España fue minoritaria, su prestigio le otorgó el mando de la campaña. Esta designación sirvió de compensación cuando los desorientados mandos pisanos, creyendo haber alcanzado Mallorca, descubrieron que en realidad habían desembarcado en Blanes.

Después del acuerdo entre Pisa y Barcelona, no fue hasta junio de 1114 que la cruzada cristiana puso rumbo a Baleares. Con motivo de la empresa baleárica se documentó por primera vez al conde Barcelona como duque de los catalanes (dux catalanensis) en el poema latino «Libro mallorquín de las gestas ilustres de los pisanos». En la primavera de 1115 se culminó el asalto a la ciudad y se ejecutó su saqueo sistemático. La ciudad de Pisa, como promotora de la cruzada fue la más beneficiada. Además del famoso Grifo de Pisa, entre otros tesoros y trofeos los pisanos se llevaron algunas columnas de la mezquita próxima al palacio de la Almudaina. Posteriormente, en 1117, los pisanos las obsequiaron a los florentinos como agradecimiento por el apoyo recibido en tiempos de guerra, que las colocaron flanqueando la entrada oriental del famoso Baptisterio de San Juan de su ciudad.

La efímera conquista pisana de Mallorca permitió que ondease por primera vez en muchos años una enseña cristiana en la capital balear, la bandera roja de los pisanos.

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