Cervantes

La huella mallorquina en Lepanto

La presencia de soldados y religiosos mallorquines en la batalla que frenó la expansión otomana dejó una huella documental y militar que perdura hasta nuestros días

El 7 de octubre de 2000, en el 429º aniversario de la batalla de Lepanto, el escultor mallorquín Jaume Mir inauguró en la ciudad griega de Naupacto —más conocida como Lepanto— su escultura dedicada al escritor Miguel de Cervantes, que en aquella transcendental batalla para la cristiandad perdió su mano izquierda. La estatua del «Manco de Lepanto» está situada a los pies de la ciudad griega, junto a la muralla en la bocana del puerto, que conmemora su participación en la decisiva batalla contra los turcos. «Allí me dieron tres arcabuzazos, dos en el pecho y uno en la mano izquierda, para gloria futura de la diestra» contaba Cervantes.

Hasta la victoria cristiana de Lepanto, los enfrentamientos entre ambos bloques habían mantenido un relativo equilibrio de fuerzas. A los éxitos otomanos —como la batalla de Préveza (1538), el fracaso imperial en Argel (1542) o el desastre de Yerba (1560)— les siguieron importantes réplicas cristianas, destacando la conquista de Túnez (1535) y la resistencia en el Gran Asedio de Malta (1565). A partir de 1560, Felipe II había podido intensificar la ofensiva contra el Imperio turco y los corsarios argelinos gracias a la paz firmada con Francia, que hasta entonces había actuado como el principal aliado de Constantinopla en el Mediterráneo occidental.

A pesar de la victoria cristiana de Malta, los ataques piratas a las Baleares habían continuado. El 1567 el síndico mallorquín Albertí Dameto llegó a la Corte real para exponer los daños que causaban los corsarios africanos al comercio isleño: «per esser tants los captivats de dits corsaris apenas se troben mariners (...) per ço lo negoci de mercaderia sta deltot haruynat en gran y manifest perjuy de tots los habitants de aquest seu Regne». El temor por las incursiones piratas era continuo en Baleares, hasta el punto de que nadie quería hacer guardia en las torres de vigía por temor a ser capturado por los sarracenos. Incluso en el año 1570, el rey Felipe había ordenado la evacuación de la isla de Menorca, excepto el castillo de San Felipe, ante la imposibilidad de defenderla.

Con el objetivo de contener las incursiones otomanas, Felipe II había nombrado a su hermano Juan de Austria Capitán General de la Mar para patrullar el litoral español. En el marco de estas misiones de vigilancia, don Juan recaló en Andratx el 7 de agosto de 1568 al mando de su armada, antes de poner rumbo a las plazas africanas de Melilla y Orán. Su destreza militar motivó que, en enero de 1570, se le encomendara sofocar la rebelión morisca de las Alpujarras; un conflicto iniciado un año antes en la sierra andaluza y que se vio estrechamente ligado a la geopolítica mediterránea. Aunque los moriscos solicitaron ayuda al sultán Selim II, este prefirió concentrar todos sus recursos navales y de infantería en arrebatarle Chipre a Venecia. De hecho, el Imperio otomano aprovechó estratégicamente que Felipe II tuviera a sus tropas de élite ocupadas combatiendo tanto en Granada como en los Países Bajos para lanzar su gran ofensiva sobre Chipre con la menor interferencia española posible. A su vez, la falta de apoyo otomano masivo debilitó la insurgencia interna, lo que permitió a Juan de Austria pacificar la sierra andaluza a finales de 1570.

Después del fracaso de la expedición de Malta el sultán turco se había decidido por el completo dominio del Mediterráneo oriental, planeando la conquista de la otra plaza estratégica que era la isla de Chipre. En julio de 1570, los otomanos se embarcaron hacia Chipre con trescientas naves y cien mil soldados. Al carecer de auxilio exterior cristiano, Nicosia cayó tras dos meses de lucha y, un año después, en agosto de 1571, se rindió la plaza fuerte de Famagusta. La inminente pérdida de la isla, los continuos ataques turcos y el temor a su avance por el Mare Nostrum empujaron al Papa Pío V a convocar, a mediados de 1571, una Santa Liga integrada por España, Venecia y Génova, quedando Francia nuevamente al margen. Más allá de contener a los turcos, los objetivos de la coalición incluían recuperar Argel, Trípoli y Túnez. Sin embargo, la Liga —cuyo mando supremo recayó en Juan de Austria— no logró coordinarse a tiempo para impedir la caída de Chipre; a diferencia de lo ocurrido en Malta, el socorro cristiano llegó tarde y los venecianos terminaron perdiendo la isla.

Con la conquista de Chipre, Selim II ordenó la construcción de una imponente escuadra para convertirse en amo y señor de todo el Mediterráneo. Las ambiciones otomanas apuntaban alto: el general Alí Bajá pretendía emular la toma de Constantinopla realizada por Mehmed II un siglo antes, fijando su objetivo final en la conquista de Roma para extender el dominio turco sobre el continente. La respuesta aliada se articuló en torno a la Liga Santa, una fuerza de 240 naves y 84.000 efectivos. En el contingente español, estimado en 8.000 hombres, se integraron 200 combatientes mallorquines liderados por Juan Despuig y Bernardo Morey. Asimismo, la expedición contó con la destacada presencia del teólogo mallorquín Miguel Serviá, confesor y asesor de don Juan de Austria. Concentrada en Mesina, la Liga Santa zarpó el 16 de septiembre hacia el Mediterráneo oriental al encuentro de Alí Bajá. El histórico choque tuvo lugar en el golfo de Patrás, y se saldó con una aplastante derrota de la armada turca. Aunque el Imperio otomano logró reconstruir su flota, abandonó para siempre su expansión hacia Occidente, sellando un equilibrio de poder entre el bloque hispano-cristiano y Constantinopla que perduraría durante siglos.

Los hechos de la victoria cristiana de Lepanto fueron detallados en la «Relación de los sucesos de la armada de la Liga mandada por el serenísimo príncipe don Juan de Austria en los años de 1571, 1572, 1573 y 1574. Escrita por el muy reverendo padre fray Miguel Cerviá, religioso de la observancia del padre san Francisco, inquisidor, vicario general de dicha armada y confesor del expresado señor don Juan». Se trata de un relato redactado en lengua castellana por un mallorquín, pero que torticeramente aparece en la «Base de dades de Manuscrits Catalans de l’Edat Moderna», auspiciada por el Instituto de Estudios Catalanes que, según su presentación, «nació con el objetivo de proporcionar al investigador un catálogo en línea de manuscritos en cualquier lengua producidos en los países de habla catalana de la antigua Corona de Aragón durante la Edad Moderna».

Otro documento de los imaginarios países de habla catalana es la «Nueva historia de la isla de Mallorca e islas adyacentes, compuesta por el doctor Juan Binimelis, sacerdote, natural de Mallorca, dirigida a los ilustres señores jurados del reyno de Mallorca en el año de 1597». Precisamente Binimelis en su testamento, redactado en lengua mallorquina, aclaró que su Crónica «està escrita y duplicada de ma mia, una en lengua castellana, y la altra, que es lo original, ab nostre lengua mallorquina».

Y así fue hasta principios del siglo XX, cuando la lengua mallorquina poseía una gramática, una ortografía y un diccionario, además de una silla en la Real Academia Española. Actualmente es una triste modalidad de la lengua catalana abandonada en el Estatuto de Autonomía de Baleares, lo que lleva a que las producciones de los mallorquines sean parte de la cultura catalana y también de bases de datos catalanas.