Diari de Buja y Cabrera

Historia

Mallorca, centro reaccionario español

La isla acogió miles de refugiados, encerró prisioneros franceses y se convirtió en el principal foco del pensamiento reaccionario español

Durante la Guerra de Independencia el reino de Mallorca además de aportar efectivos para la lucha contra los franceses en la Península se convirtió en una tierra de asilo de compatriotas españoles y también en una prisión de soldados franceses capturados. Gracias a la cobertura de la armada británica el reino de Mallorca se mantuvo fuera del alcance de los objetivos de Napoleón. Junto con Cádiz y Canarias constituyeron el territorio español que quedó al margen de la ocupación francesa.

A medida que los franceses iban ocupando las ciudades de Cataluña después de la intervención directa de Napoleón —Roses (1808), Gerona (1809), Lérida (1810), Tortosa (1811)— se generó un importante flujo migratorio que partió hacia el sur concentrándose en Tarragona. Pero cuando esa ciudad cayó también en manos francesas en junio de 1811 la única salida que quedaba era seguir hacia Valencia o embarcar hacia Baleares. Pero de nuevo la posterior caída de Valencia en enero de 1812 provocó la definitiva emigración hacia el reino de Mallorca. Se estima que llegaron en Mallorca más de 40.000 refugiados aragoneses, catalanes y valencianos —un tercio más de la población de isla, que contaba con unos 135.000 habitantes—, lo que provocó graves problemas de abastecimiento para su alimentación y también de convivencia a la hora de encontrar lugar donde habitar.

Pero a Baleares no llegaron únicamente refugiados que huían de la guerra. El reino balear también sirvió de prisión de soldados franceses capturados por las tropas españolas. El mes de marzo de 1809 la Junta Suprema decidió enviar 4.000 prisioneros franceses capturados en Bailén hacia Mallorca. Conocida la noticia por las autoridades isleñas y ante la imposibilidad de acogerlos debido a la falta de recursos, en carta de 27 de marzo se pidió que se «revoque cualquier orden que haya expedido mandando trasladar a estas Islas los citados prisioneros enfermos, por no haber aquí caudales con que proveer a su subsistencia ni gente armada con que poderles custodiar». Pero, a pesar de las protestas mallorquinas, se estima que llegaron al reino de Mallorca unos 12.000 prisioneros franceses. De ellos, unos 2.000 permanecieron en Palma y en Mahón. Mientras que los 10.000 restantes fueron enviados a la isla de Cabrera, donde malvivieron durante cinco años. Unos 5.000 murieron debido a sus heridas de guerra, como también de hambre y de fiebres.

La estancia de prisioneros en la capital mallorquina hizo aflorar otra vez el odio contra los franceses. El mes de marzo de 1810, una multitud se organizó contra unos prisioneros cuando eran trasladados precisamente hacia Cabrera para evitar altercados en la capital. Pero a pesar de la protección de las tropas los franceses fueron apedreados, muriendo dos franceses y dos mallorquinas. Para evitar nuevas situaciones parecidas se acordó crear una Junta de Vigilancia «para averiguar, controlar y detener semejantes barbaridades».

La participación de Mallorca a la guerra contra Francia había convertido el reino en un lugar de llegada de refugiados y en una prisión de soldados franceses. A la vez que los isleños partían hacia la Península para combatir al enemigo, también habían de hacer frente a continuas contribuciones para satisfacer las necesidades de la guerra. Estos hechos eran esgrimidos por el Síndico Foráneo Antonio Pons a su informe de día 24 de julio de 1811 presentado ante el Ayuntamiento de Palma contra una nueva talla a la Parte Forana por el gasto de la guerra: «Mallorca, hablemos con ingenuidad, no puede sobrellevar un peso que sería insoportable aún para la Nación entera en el estado de languidez y abatimiento en que se halla.»

De hecho, la llegada de inmigrantes a Baleares junto con el mantenimiento de la población reclusa supuso un enorme esfuerzo que a veces no se le podía hacer frente debido a la falta de suministros, como fue el caso del trigo. El tradicional déficit isleño del valioso grano se vio empeorado por la guerra. A pesar de las medidas tomadas para las autoridades isleñas desde el inicio de la guerra contra Francia, como fue la prohibición de su exportación, en el año 1812 la situación fue insostenible, cuando a partir del mes de marzo dejaron de llegar barcos cargados de trigo.

Aunque por otra parte el hecho de la llegada de compatriotas valencianos y catalanes hizo que en el reino de Mallorca nacieran multitud de publicaciones de semanarios y diarios políticos y de opinión. Una de las primeras medidas liberales emanadas de las Cortes de Cádiz fue el decreto de libertad de prensa de 10 de noviembre de 1810. Su aplicación tuvo una especial incidencia en Mallorca, ya que, debido a la condición de la isla como lugar de asilo la llegada de emigrantes peninsulares produjo la eclosión de la prensa periódica y de publicaciones de todo tipo, convirtiéndose en uno de los principales centros del pensamiento reaccionario español. La prensa sirvió como lugar de confrontación dialéctica entre liberales y absolutistas.

La reciente estrenada libertad de prensa permitió que la polémica intelectual de las dos concepciones del Estado Español se plasmase en la prensa periódica que se publicaba en Mallorca. En sólo dos años, en Palma, se pasó de una publicación periódica de carácter económico a quince publicaciones de semanarios y diarios políticos y de opinión.

Fueron casi todos ellos periódicos de corta duración apoyados por alguna orden religiosa o por particulares. Entre los diarios liberales destacaron el «Semanario Político de Mallorca» y sobre todo la «Aurora Patriótica Mallorquina» editada por el aragonés Isidoro de Antillón, que dio lugar a un gran número de polémicas dado su carácter liberal. Frente a ellos se dieron diez publicaciones de carácter absolutista entre las que destacaron «El Amigo de la Verdad» del carmelita P. Traggia, el «Semanario Cristiano político de Mallorca» dirigido por fray R. Strauch, el «Nuevo Diario de Palma» y la serie del trinitario Miguel Ferrer, en lengua mallorquina, «Diari de Buja» y «Nou Diari de Buja».

La Aurora se declaraba defensor de la Constitución, del liberalismo económico y también, de los principios de la religión católica, aunque reclamaba reformas en las dedicaciones de los órdenes religiosos. Sin embargo, sus ataques al absolutismo y al clericalismo le hicieron entrar en duras polémicas con el «Diari de Buja», que veía en esas aspiraciones modernizadoras cambios demasiado relevantes: «Método breu y práctica per enseñar de respondrer a la respectable Aurora (si fos Patritotica o Mallorquina sens llevar-li fals testimoni, creis que no en fa cas). Primer se posará es texto, despres sa glosa y ulitmament uns riurán y altres rabiarán. Vamos que se rahons acursen es dia».