Fray Toni Miró, dando misa

Misioneros mallorquines por el mundo

«Si no creyera que cada persona tiene toda la dignidad para vivir una vida mejor, no podría quedarme aquí»

El dominico mallorquín Antoni Miró (Manacor, 68 años) llegó a Paraguay pensando que estaría dos años. Han pasado veintiocho. Periodista, profesor universitario y misionero, vive en un pequeño pueblo rural a un centenar de kilómetros de Asunción. Allí ha aprendido que la evangelización empieza mucho antes de hablar de Dios

Cuando Antoni Miró regresó a Mallorca después de conocer las comunidades dominicas de Paraguay, tardó apenas un mes en pedir a sus superiores que le dejaran volver. Había viajado para una estancia puntual. La idea era pasar allí dos años como misionero. Veintiocho años después sigue viviendo en San Roque González de Santa Cruz. «Me impactó de tal manera que, al mes de volver, ya estaba pidiendo regresar», cuenta a El Debate en una entrevista. En aquel momento estaba destinado en Barcelona. La decisión no nació del entusiasmo ni del deseo de vivir una aventura, sino del impacto que le produjo la realidad que encontró.

«Más que enamorarme, al principio me impactó». Había trabajado con colectivos marginados y conocía distintas formas de exclusión social, pero Paraguay le mostró una pobreza mucho más profunda. «No podía volver a España y quedarme tranquilo». Con el paso del tiempo llegó también el arraigo. Paraguay dejó de ser el país donde trabajaba para convertirse en el lugar donde había decidido vivir.

Antoni Miró pertenece a la Orden de Predicadores, los dominicos. Desde sus orígenes, la congregación ha defendido que la predicación debe ir unida al estudio y a la formación. «La formación, las universidades y el conocimiento forman parte de nuestro carisma». Y en esas sigue. Antes de marcharse a Paraguay ya era periodista y profesor universitario. Durante un tiempo dudó de si esa experiencia tendría alguna utilidad en una comunidad rural. «Pensé: ¿De qué me va a servir todo esto?». Con los años comprobó que sí. «Pues al final me ha servido, sí».

Dando clases

Hasta febrero de este año fue director general de una universidad paraguaya y profesor de Periodismo. Al mismo tiempo ha dirigido una radio comunitaria, ha escrito artículos, realizado entrevistas y formado a profesionales de emisoras de distintas zonas del país. Para él nunca ha existido contradicción entre la universidad, la comunicación y el trabajo pastoral, pero aclara que el corazón de su misión es el campesinado.

Sin embargo, aclara que ese trabajo nunca ha sido el centro de su vocación. «El corazón de mi misión es el campesinado. Si solo se tratara de dar clases o formar periodistas, podría hacerlo perfectamente en Mallorca o en cualquier universidad europea».

Lo que le mantiene en Paraguay, explica, es el trabajo diario con las comunidades rurales. «La formación y la cultura son el arma más poderosa para el empoderamiento de las personas, sobre todo, de las vulnerables expuestas a sistemas corruptos". Es la llave que les entrega para decir 'basta' .

Paraguay, la casa de este mallorquín luchador

La pobreza y la corrupción

Porque buena parte de su experiencia ha estado -está- marcada por la pobreza. Por personas pobres que viven en un ecosistema pobrísimo. Uno de los principales problemas del país, dice, es estructural. «Hay una corrupción endémica, una auténtica cultura de la corrupción y del abuso sobre los más vulnerables». Esa corrupción, explica, termina traduciéndose en la pérdida constante de derechos. «Los pobres son muy pobres porque se les van quitando derechos. Es un robo constante de derechos». Las consecuencias afectan a aspectos tan básicos como la alimentación o la sanidad. «Hay gente que muere de hambre o porque no puede acceder a una atención sanitaria pública».

Esa realidad tiene también profundas raíces históricas. El municipio donde desarrolla su labor pastoral, San Roque González de Santa Cruz, fue uno de los escenarios donde la dictadura de Alfredo Stroessner persiguió con dureza a las Ligas Agrarias Cristianas, organizaciones campesinas inspiradas en el Evangelio que promovían el cooperativismo, la formación y la defensa de los derechos de los más pobres. «Aquí saben muy bien lo que significa que te arrebaten los derechos. Aquí asesinaron campesinos», recuerda.

La educación es otra de sus preocupaciones. Considera que miles de jóvenes siguen sin tener acceso a estudios superiores. «Muchos no pueden acceder a la universidad ni a estudios superiores. El nivel educativo es muy bajo. No es solo una pobreza económica; también es educativa y cultural». Por eso nunca dejó de dar clase ni de formar periodistas.

Querido y apoyado por su comunidad y la Iglesia

Esa apuesta por la educación también se traduce en iniciativas tangibles. Desde el año 2000, la parroquia concede un centenar de becas universitarias al año para jóvenes de la zona, financiadas por la ONG Selvas Amazónicas y gestionadas por la Fundació Trobada, de Mallorca. Para Miró, facilitar que un joven llegue a la universidad cambia su vida, la de su familia y la de su comunidad.

El Evangelio, su base

Décadas de lucha en un entorno no siempre fácil. ¿Y eso cómo se aguanta? Seguro que ha habido momentos de debilidad, se le pregunta. Su respuesta: «Lo que nos sostiene es el Evangelio. Somos la palabra de Dios para los demás. Estamos aquí para transmitir la esperanza y la alegría cristiana». De hecho, amplía el concepto a que evangelizar es ayudar a que cada persona descubra que su vida tiene valor y merece ser vivida con dignidad. «Si yo no creyera que cada persona tiene toda la dignidad y todas las posibilidades para vivir una vida mejor, no podría quedarme aquí».

Orgulloso de los logros de los jóvenes

Reconoce que, desde un punto de vista social y político, la realidad puede invitar al desánimo. «Muchas veces parece que no hay futuro», pero sostiene que la fe ofrece otra perspectiva. «La fe permite mirar más allá». La palabra de Dios, dice, aporta una esperanza que impulsa a actuar. «Sin imponer nada ni alienar a la gente, se puede dar esperanza y animar a luchar».