Jaume Obrador, con niños de su parroquia
Misioneros mallorquines por el mundo
«Cuando llegué no había ninguna mezquita; ahora hay cuatro»: el sacerdote mallorquín que difunde el Evangelio en Burundi
Jaume Obrador lleva más de tres décadas como sacerdote en el país más pobre del mundo, acompañando a una población que «sobrevive» de lo que cultiva
Cada mañana recorre caminos de tierra rojiza para visitar pequeñas comunidades repartidas entre colinas. A un lado quedan los cultivos de yuca y plataneras; al otro, familias cuya cosecha depende de que llueva a tiempo. Ese es el escenario en el que transcurre la vida del sacerdote mallorquín Jaume Obrador, natural de Felanitx, que lleva gran parte de su ministerio en Burundi, uno de los países con peores indicadores de pobreza del mundo. Allí bautiza, celebra misa, acompaña a enfermos y escucha preocupaciones muy distintas a las que ocupan a los europeos. Después de más de cuatro décadas vinculadas al país, hay un cambio que observa con especial atención: la expansión del islam financiada por Arabia Saudí. «Cuando llegué no había ninguna mezquita en el entorno de la parroquia. Ahora ya hay cuatro. Van comiendo terreno», explica desde Ruro, una parroquia del norte de Burundi donde vive desde 2012 junto a un sacerdote burundés.
Su historia comenzó mucho antes. Llegó por primera vez a Burundi en 1983, después de que la visita de un obispo burundés a Mallorca despertara en él la vocación misionera. «Me entusiasmé con dedicar unos años de mi vida a un país que necesitaba sacerdotes», recuerda. Aquellos «unos años» terminaron convirtiéndose en varias décadas. Fue expulsado por el régimen apenas un año después, regresó en 1994, cuando el país se precipitaba hacia la guerra civil, volvió a Mallorca en 2002 y, diez años más tarde, decidió instalarse de nuevo en Burundi, donde continúa hoy su labor pastoral.
Forma parte de la generación de sacerdotes mallorquines que respondieron a la llamada de la Iglesia para reforzar las diócesis africanas. «Llegamos a ser más de sesenta sacerdotes españoles cuando venía el embajador», recuerda. Hoy quedan muy pocos.
Lo primero fue aprender kirundi. «Fue sangre, sudor y lágrimas», admite. Después llegó el reto de comprender una realidad donde la pobreza condiciona cualquier decisión cotidiana.
«La gente sobrevive», dice con naturalidad. Habla desde un lugar donde abrir un grifo y encontrar agua potable o tener comida suficiente para varios días no forma parte de la rutina. Explica que la mayoría de las familias vive de pequeñas parcelas de plátanos, boniato o yuca. «Si la lluvia no llega a tiempo, llega el hambre». A esa fragilidad se añade la presión demográfica. «Cada familia tiene que repartir la tierra entre sus hijos y cada generación dispone de menos superficie para cultivar».
Los hijos, una bendición
Hay otra diferencia que sigue llamándole la atención. «Aquí tener hijos es una bendición de Dios», explica. Mientras España encadena años con una natalidad en mínimos, Burundi mantiene una de las poblaciones más jóvenes del mundo. «Más del 40 % de los habitantes no ha cumplido los quince años».
El avance del Islam
Aunque desde Europa suele asociarse esa parte del continente con el islam, Obrador recuerda que Burundi continúa siendo un país mayoritariamente católico. «Casi el 70 % de la población lo es». Aun así, sostiene que la presencia musulmana ha crecido de forma sostenida. «Están financiados por Arabia Saudí», afirma. Como ejemplo cita la construcción de una gran mezquita en Buyumbura durante la presidencia de Jean-Baptiste Bagaza, en la década de los ochenta.
En su parroquia, sin embargo, el trabajo diario discurre por otro camino. La actividad se organiza en pequeñas comunidades repartidas por las colinas, muchas de ellas con capillas de barro levantadas por los propios vecinos. Allí la vida parroquial no se limita a la celebración religiosa. «Si una persona mayor necesita una manta o una familia atraviesa dificultades, se comenta entre todos y se busca la manera de ayudar». Para él, esa también es una forma de anunciar el Evangelio.
Después de tantos años, su forma de entender la misión no ha cambiado. «La mayor riqueza que podemos ofrecer es conocer a Jesucristo y su mensaje». Cree que esa sigue siendo la tarea de la Iglesia allí donde aún no ha echado raíces. «Dos terceras partes del mundo todavía no conocen a Jesucristo. Queremos que puedan acercarse a Él y descubrir que es fuente de vida».