Bucear en las transparentes aguas del archipiélago, todo un lujo

Bucear en las transparentes aguas del archipiélago, todo un lujoGetty Images

Ciencia

La autora del turquesa paradisíaco de Baleares tiene dos enemigos bajo el agua

La posidonia está detrás de la transparencia que ha convertido las costas de las islas en una postal mundial; ahora, un experimento del IMEDEA apunta a dos algas invasoras como sus grandes amenazas

Hay una explicación para el color del agua de Formentera que no cabe en un filtro de Instagram. Está unos metros más abajo. Para encontrarla hay que dejar atrás la toalla y descender. Ahí, meciéndose a golpe de corriente, se halla la posidonia, la gran responsable de ese turquesa que ha hecho de Baleares un destino conocido en medio mundo. La protagonista de esta historia retiene partículas en suspensión y contribuye a mantener el agua transparente. Sus praderas amortiguan el oleaje, estabilizan los fondos y ayudan a conservar la arena de las playas. También capturan carbono y ofrecen refugio y alimento a numerosos organismos marinos.

Conviene aclarar algo desde el principio porque el nombre induce a error: la posidonia no es un alga, es una planta. Tiene raíces, tallos, hojas, flores y frutos. Sus antepasados vivían en tierra firme y, en algún momento de su historia evolutiva, regresaron al mar. Hoy, la posidonia es una especie propia del Mediterráneo y forma extensas praderas submarinas que pueden prolongarse durante kilómetros.

En Baleares, además, existe una relación particularmente estrecha entre esas praderas y el paisaje que encuentran los bañistas al llegar a la costa. Gracias a ella, la arena permanece y los sistemas dunares siguen en pie. El problema es que esa infraestructura tiene amenazas nuevas. Se llaman Caulerpa cylindracea y Lophocladia trichoclados.

Son macroalgas invasoras y un estudio experimental del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA, CSIC-UIB) ha medido qué ocurre cuando las plántulas de posidonia tienen que crecer junto a ellas. El resultado es sencillamente abrumador, ya que las plantas jóvenes pueden perder entre un 40% y un 50% de su biomasa. La mitad.

El futuro de las plántulas

Y para entender por qué ese dato importa hay que mirar el problema desde el principio de la vida de una posidonia. Una pradera necesita reproducirse y generar nuevos individuos capaces de arraigar, sacar hojas y sobrevivir. Las plántulas representan esa renovación. Son pequeñas, vulnerables y tienen que superar una fase en la que cualquier desventaja puede decidir si una nueva planta prospera o desaparece.

Los investigadores siguieron durante más de cinco meses esas primeras etapas de desarrollo. Querían comprobar cómo respondían las plántulas ante dos transformaciones que ya afectan al Mediterráneo: el incremento del dióxido de carbono, relacionado con la acidificación del mar, y la expansión de las algas invasoras Caulerpa cylindracea y Lophocladia trichoclados.

Podría pensarse que el CO2 sería el principal problema. La acidificación de los océanos aparece desde hace años entre las grandes consecuencias del cambio climático y altera la química del agua marina. Pero en este experimento el resultado fue otro. El aumento del CO2 tuvo un efecto limitado sobre las plántulas y no produjo mejoras significativas en su fotosíntesis, su crecimiento o la producción de biomasa. En cambio, las invasoras sí dejaron una señal clara. Las jóvenes posidonias que crecieron en presencia de estas macroalgas produjeron menos hojas. Las hojas que consiguieron desarrollar ocuparon una superficie menor. Al final del experimento, su biomasa había caído entre un 40% y un 50%.

Una de las imágenes del estudio

Una de las imágenes del estudio

Es una diferencia sustancial porque una plántula pequeña no dispone de demasiados recursos para compensar semejante pérdida. Si la generación que debería renovar una pradera crece peor, el problema deja de limitarse a las plantas que hoy pueden verse bajo el agua. Afecta a las que deberían ocupar ese fondo mañana.

Pero el experimento encontró otra alteración. Y está en un lugar bastante menos visible: las raíces.

Una guerra microscópica alrededor de las raíces

Otro dato a tener en cuenta es que una raíz de posidonia no vive aislada dentro del sedimento. A su alrededor existe una comunidad de bacterias, el microbioma, que mantiene relaciones con la planta e interviene en procesos vinculados con su nutrición y su respuesta ante situaciones de estrés.

Aquí conviene olvidarse por un momento de la imagen habitual de una planta como un individuo autónomo. En el suelo de un bosque ocurre algo parecido: alrededor de las raíces hay microorganismos que participan en intercambios químicos y en el acceso a nutrientes. Bajo el Mediterráneo también existe ese vecindario microscópico. Pues bien, las invasoras lo alteran.

Plantícula de posidonia

Plantícula de posidonia

Estas algas llegan a un ecosistema en el que antes no estaban, consiguen establecerse y empiezan a competir por el espacio y los recursos con las especies locales. En el caso de la posidonia, el peligro no consiste necesariamente en que una pradera desaparezca de golpe y sea sustituida por un manto de algas. Puede empezar mucho antes, cuando las nuevas plantas intentan crecer. Y ahí la posidonia juega con una desventaja: puede formar praderas extraordinariamente longevas, pero crece despacio. Una zona degradada puede perderse con relativa rapidez, mientras que recuperar la estructura de una pradera requiere mucho más tiempo.

Hasta ahora, buena parte de la protección de la posidonia en Baleares se ha asociado a amenazas fáciles de visualizar: un ancla que arranca haces y rizomas, una cadena que se arrastra por el fondo y abre una cicatriz. Las algas invasoras actúan de otra manera. Comparten el fondo con las plántulas y dificultan precisamente el nacimiento de la siguiente generación. El estudio del IMEDEA ha conseguido medir ese efecto: las plantas jóvenes expuestas a las invasoras desarrollan menos hojas, reducen su superficie foliar y pueden perder entre un 40% y un 50% de biomasa. Por eso Iris Hendriks, investigadora principal del trabajo, señala el control de estas especies como una de las medidas que pueden favorecer la regeneración natural. Proteger las plantas adultas evita perder lo que ya existe; conseguir que prosperen las jóvenes determina qué pradera existirá en el futuro.

La cuestión importa especialmente en Baleares porque una parte de su paisaje costero depende de lo que ocurre en esos fondos. Las praderas de posidonia retienen partículas y reducen la suspensión de sedimentos, lo que favorece la transparencia del agua; además, amortiguan la energía del oleaje y ayudan a conservar las playas frente a la erosión. Incluso esas acumulaciones de hojas muertas que aparecen en la orilla y que algunos bañistas preferirían no encontrar cumplen una función protectora. Bajo el agua, las praderas ofrecen hábitat a numerosos organismos y almacenan carbono durante largos periodos. El famoso turquesa balear, por tanto, no se explica únicamente por la arena, la luz o la geología. Parte de la explicación está creciendo —y respirando— en el fondo.

Otro frame del estudio del Imedea

Otro frame del estudio del Imedea

Eso da otra dimensión al hallazgo del IMEDEA. Si Caulerpa cylindracea y Lophocladia trichoclados dificultan el desarrollo de las nuevas posidonias, el problema rebasa la competencia entre especies por unos metros de fondo marino: afecta a la capacidad de las praderas para renovarse. Y ya se sabe: renovarse, o morir.

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