El pecio, extraído por completo: un hito

El pecio, extraído por completo: un hito

Patrimonio

El viaje más largo del barco romano recuperado en Mallorca empieza ahora: del siglo IV al futuro

La Universidad de las Islas Baleares incorpora un equipo de químicos al proyecto para desalar y estabilizar las maderas del barco de Ses Fontanelles, rescatado tras permanecer sumergido casi 1.700 años

Sus maderas no habían sentido el calor del sol desde hacía casi diecisiete siglos. La quilla, las cuadernas y las tablas de un barco romano que un día surcó el Mediterráneo han vuelto por fin a la superficie. Ahora, otras manos humanas, herederas de aquella misma civilización pero armadas con el conocimiento que han dado los siglos, son las encargadas de hacer justo lo contrario que el tiempo había intentado: detener su deterioro, proteger cada fibra de madera y garantizar que esta extraordinaria cápsula del tiempo llegue intacta al futuro. Ese es, precisamente, el nuevo capítulo que acaba de comenzar para el pecio de Ses Fontanelles.

La historia del barco ya no se escribe bajo el agua, sino en los laboratorios. La Universidad de las Islas Baleares (UIB) acaba de reforzar el proyecto ARQUEOMALLORNAUTA con la incorporación del grupo de investigación de Química Bioinorgánica y Bioorgánica (QUIMIBIO), cuyos especialistas asumirán una de las tareas más delicadas de toda la intervención: conservar las maderas que durante siglos permanecieron protegidas por el mar y que, paradójicamente, ahora son mucho más vulnerables que cuando descansaban bajo la arena.

Su trabajo consistirá en realizar análisis químicos especializados durante los procesos de desalación y estabilización de las piezas de madera. El objetivo es eliminar lentamente las sales acumuladas durante siglos en las fibras y evitar que el contacto con el aire provoque deformaciones, grietas o incluso la pérdida irreversible de unos restos arqueológicos de valor incalculable.

El pecio descansa ahora sumergido en el Castillo de San Carlos

Las maderas ya han sido trasladadas al Castillo de San Carlos, en Palma, donde permanecerán aproximadamente un año y medio sumergidas en piscinas de desalación. Solo cuando concluya ese largo proceso podrán viajar al laboratorio ARQVAtec del Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena, donde serán sometidas a complejos tratamientos de restauración antes de convertirse en una valiosa fuente de conocimiento para investigadores de distintas disciplinas.

Una recuperación histórica

La llegada del equipo de químicos coincide con otro momento histórico para el proyecto: la extracción íntegra del pecio. Con la recuperación de la última parte de la embarcación concluyó hace poco una intervención iniciada a principios de marzo que ya figura entre las actuaciones de arqueología subacuática más relevantes desarrolladas en el Mediterráneo en los últimos años.

Y todo, tras un hallazgo fortuito. Un mallorquín que nadaba por las aguas del Arenal, a sólo 65 metros de la orilla y dos metros y medio, dio el primer aviso. Así de prosaico fue el descubrimiento de esta joya, una embarcación del siglo IV convertida en una auténtica cápsula del tiempo. Durante casi 1.700 años, la arena y la posidonia actuaron como una protección natural que aisló la madera del oxígeno y permitió que buena parte de su estructura llegara hasta nuestros días en un estado de conservación excepcional.

El último viaje del mercante romano

Los investigadores sitúan el naufragio alrededor del año 300 de nuestra era. El barco había partido desde las costas de Cartagena con un cargamento que refleja a la perfección el intenso comercio que articulaba el Mediterráneo romano. En sus bodegas viajaban más de 300 ánforas cargadas principalmente de aceite, vino y garum, la apreciada salsa de pescado que constituía uno de los productos gastronómicos más cotizados del Imperio.

Pero el verdadero valor del pecio va mucho más allá de su mercancía. Bajo el lodo también aparecieron objetos que permiten asomarse a la vida de quienes navegaban a bordo. Un zapato de cuero, otro confeccionado con esparto, las herramientas del carpintero del barco o una moneda procedente de Siscia colocada bajo el mástil como amuleto protector hablan de las personas que emprendieron aquel viaje sin imaginar que nunca alcanzarían su destino.

También la fe quedó atrapada en el naufragio. Algunos tapones de las ánforas conservan grabado el crismón, uno de los primeros símbolos del cristianismo, testimonio de una época en la que el Imperio comenzaba a transformarse religiosa y culturalmente sin dejar de depender de las mismas rutas marítimas que habían unido durante siglos todas las orillas del Mare Nostrum.

El proyecto ARQUEOMALLORNAUTA, impulsado por el Consell de Mallorca junto con la Universidad Balear, la Universidad de Barcelona y la Universidad de Cádiz, con la colaboración del Centro de Buceo de la Armada, entra ahora en una etapa mucho menos visible, pero tan decisiva como la excavación. Porque sacar el barco del fondo del mar era solo la mitad del desafío. El verdadero éxito consistirá en que esas maderas que han sobrevivido diecisiete siglos bajo el agua logren también sobrevivir al aire.

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