Desde la retaguardiaMiquel Segura

Bartomeu Sancho y sus encíclicas rojas, perfil incompleto de un revolucionario de 90 años

En aquella primera entrevista Sancho me interrogó como si yo fuese un disidente del régimen susceptible de ser deportado a Siberia. Era evidente que no se fiaba de mí

Un reconocido autor literario recientemente premiado nos advertía en una entrevista-homenaje de la oleada fascista que, según él, se nos está viniendo encima. Nada dijo, sin embargo, del reverso de la moneda, que tampoco es manco. Lo que pasa, y no es que ello me entusiasme, es que la oleada liberal-derechista -yo la llamaré así- tiene ahora como un perfil nuevo y atrayente, sobre todo para la juventud, mientras que el mensaje social-comunista se ve apolillado, rancio, más pasado que los carros de tracción animal, valga la comparación.

Este fin de semana, sin ir más lejos, me desayuné con una entrevista a toda página -otra- a Bartomeu Sancho Morey, un personaje que, haciendo uso de mi mayor capacidad para la benevolencia, calificaré de «histrionico». En sus buenos tiempos Sancho fue catalogado por un periodista ya traspasado como «nuestro hombre en la Habana»; y ahí se quedó. En aquella época tenía su miaja de gracia, el tipo: un revolucionario de tres al cuarto que iba y venía de Cuba a Mallorca. Llegaba aquí cargado de ideología comunista hasta los topes y regresaba provisto de «material» que le ayudase a sobrevivir en la isla del hambre y las privaciones, incluido el cobro de una pensión que alguien le consiguió. Sus cíclicas apariciones en la prensa mallorquina eran celebradas por sus correligionarios y sus declaraciones se hicieron habituales, una especie de encíclicas rojas que quedaban muy bien en las secciones frívolas de los periódicos.

Yo le conocí en Cuba en su época de mayor esplendor, que tampoco era tanto. Fue uno de los que me recibió en La Habana, como miembro de la junta de la Casa Balear entonces presidida por un oftalmólogo oriundo de Andratx, me parece. Yo había viajado allí para recabar información sobre los descendientes de emigrantes mallorquines con el fin de escribir un libro que me había encargado la entonces vicepresidenta Estaràs. En aquella primera entrevista Sancho me interrogó como si yo fuese un disidente del régimen susceptible de ser deportado a Siberia. Era evidente que no se fiaba de mí aunque al final optó por mostrarse un tanto afable e incluso me ofreció, por lo bajini, el disfrute de los placeres prohibidos de Cuba, con los que, según la costumbre, se agasajaba entonces a los visitantes.

Se ve que Negueruela y «Ro» están muy desesperados para tener que recurrir a ese espantajo marxista-leninista

Coincidimos en otra ocasión en La Habana, también con motivo de un nuevo libro. Recuerdo que me llevó a su casa, donde entrevisté a su mamá, entonces la mallorquina más longeva de los miembros de la Casa Balear. Con el tiempo nuestra relación se deterioró, entre otras razones porque yo no le resultaba fácil de manejar ni aceptaba hacerme eco de sus mensajes revolucionarios. No hubiera podido hacerlo aunque hubiese querido porque había visto el anverso y el reverso del tiránico régimen de los Castro y también había sido testigo directo de los estragos causados por el mismo a familiares míos residentes en Cuba que pasaron toda clase de privaciones, amén de amenazas y represión, hasta que pudieron venirse para España.

Pero no era de mi de quién quería hablar sino de Sancho, que esta semana, a sus noventa años, ha aterrizado de nuevo en Mallorca dispuesto a contarnos las excelencias de la revolución cubana y a superponer las bondades de Díaz Canel a la maldad sin límites de Trump y Netanyahu, a quienes atribuye la responsabilidad del drama que vive Ceuta. Sí porque ahora Sancho está de nuevo en el PSIB-PSOE -de dónde se fue o le echaron, no lo recuerdo bien- y ya se ha puesto en modo pre-campaña. Se ve que Negueruela y «Ro» están muy desesperados para tener que recurrir a ese espantajo marxista-leninista.

Pero ya ven: es llegar a Mallorca, el señor Tomeu, y sacarle a toda página. Y que dure porque un poco de diversión, con la que está cayendo, tampoco es que nos venga tan mal.

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