Desde la retaguardiaMiquel Segura

Artículo memorial: hoy hace cincuenta años que murió mi padre

La llegada del turismo no alteró su visión del negocio ni de la vida y mientras muchos de sus colegas abrían joyerías en Can Picafort o el Puerto de Pollensa, él decía que «al mar se va a disfrutar, no a vender»

Recordar la muerte de tu padre desde la perspectiva del medio siglo transcurrido produce vértigo. Cincuenta años ya desde aquel 17 de septiembre de 1976, cuando la vida de Jaume Segura Pomar, joyero de sa Pobla, se apagó en una habitación de la Policlínica Miramar a primeras horas de la tarde. Me lo había anunciado el doctor Kovacs unos días antes con severa rotundidad: «No le queda mucho». En el momento del traspaso yo estaba fuera del hospital y fui avisado con urgencia. Al llegar vi que su cuerpo estaba cubierto por una sábana. La aparté con cuidado. Me sorprendió su rostro plácido, un esbozo de sonrisa que tenía algo de plenitud pero también de ironía. Mi padre fue siempre un poco bromista, le gustaba sacar punta a las cosas. Nunca fue un hombre rico -aunque buena fama tuvo de ello- pero siempre dispuso de lo suficiente para vivir bien. Su pasión por el disfrute de las cosas sencillas: una opípara comida familiar, las conversaciones con l'amo en Toni de son Arnau, su gran amigo de Llubí -escucharles era como leer una columna escrita a medio camino entre la ironía, a veces un poco cruel, y la lucidez que solo se enseña en la Universidad de la Vida- o las siestas que se echaba en la sobremesa mientras las cortinas susurraban, monótonas, la canción de la brisa y su descanso era velado por la implacable vigilancia de mi madre: l'amo dorm! (el amo duerme).

Ahora, desde las cumbres borrascosas de mi existencia, pienso que mi padre fue un hombre feliz aunque en la infancia sufrió malos tratos por parte de su madrastra. Gozó de gran prestigio profesional en unos tiempos en que la confianza lo era todo en las relaciones comerciales. Jaume Segura nunca tuvo clientes sino «parroquianos». Las mamás que acudían a la joyería a comprar un regalo para sus hijos no les dejaban escoger: se llevaban la pieza recomendada por l'amo en Jaume. En sus viajes a Palma o a Barcelona para adquirir género era recibido con alborozo por sus proveedores, que sabían que aquel joyero de pueblo siempre pagaba al contado. Ese afán por no deber nunca un duro a nadie impidió seguramente un mayor desarrollo del negocio.

Ahora pienso que debí haber aprendido más de él, agotar nuestras conversaciones, retener mucho más de su sabiduría sin títulos

Nunca quiso abrir sucursales, aunque como joyero ambulante despachaba en muchos pueblos de la Part Forana. La llegada del turismo no alteró su visión del negocio ni de la vida. Mientras muchos de sus colegas ampliaban horizontes abriendo joyerías en Can Picafort o el Puerto de Pollença, él decía que «al mar se va a disfrutar, no a vender». Y remataba: «Al fin y al cabo cuando has cenado bien no puedes volver a cenar hasta la noche siguiente».

En los días de la avanzada primavera, gustaba de cerrar la tienda y acudir al Barcarès, no sin antes haber pasado por la lonja de pescadores para hacerse con un déntol o un mero, que se zampaba junto a mi madre a la sombra del melocotonero que tenía en el patio de su casa de veraneo, la misma desde la que yo, ahora mismo escribo este artículo memorial. Regresaba a media tarde y casi siempre encontraba alguna parroquiana que le esperaba, que por nada del mundo habría ido a la competencia al encontrar cerrada su joyería de siempre. La que, por cierto, sigue abierta todavía y que, en los albores invernales, cumplirá cien años de existencia.

En la última etapa de su vida el carácter se le agrió y una sombra de tristeza cayó sobre su mirada, alterada por la retinopatía diabética. Había tenido una infancia difícil, vivido una guerra, y había luchado en silencio contra las calumnias y murmuraciones. Pero la sonrisa que adornó su rostro tras el traspaso me pareció un damasco expuesto en el balcón de una vida plena. Ahora pienso que debí haber aprendido más de él, agotar nuestras conversaciones, retener mucho más de su sabiduría sin títulos.

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