Eternamente jóvenes

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El ‘cordat’ mallorquín, el oficio de volver a sentarse

Durante años fue simplemente la manera de hacer el asiento de una silla. Hoy quedan menos personas capaces de dominar un trabajo que consiste en algo aparentemente sencillo: cuerda, madera, fuerza en las manos y saber por dónde pasar el siguiente hilo

Hay sillas mallorquinas que han visto pasar generaciones y no es porque sean de titanio o hayan estado aparcadas sin uso. Todo lo contrario. Centenares de posaderas han descansado sobre su lomo y de hecho, han ido restándole tensión. Lo que ocurre es que antes del universo Ikea, existía el arte del ‘cordat’, la técnica con la que se tejen los asientos —y en algunos muebles también otras superficies— utilizando cuerda tensada sobre una estructura de madera. Parece fácil pero no lo es. La cuerda va de un extremo al otro del bastidor, vuelve, se cruza y poco a poco ocupa un hueco que al principio estaba completamente vacío. No hay una máquina que mantenga todas las líneas a la misma distancia. Esa regularidad depende de las manos.

También depende de la fuerza. Hay que tensar la cuerda lo suficiente para que el asiento quede firme y hacerlo de manera constante, porque una diferencia que al principio parece mínima se nota cuando el dibujo avanza. A medida que se llena el bastidor queda menos espacio para trabajar y cada movimiento tiene que ser más preciso. Quien tiene oficio lo hace con una naturalidad un poco engañosa: precisamente porque sabe dónde poner las manos parece más fácil de lo que es.

Durante mucho tiempo aquello no tuvo nada de extraordinario. Como decíamos anteriormente, no había mentalidad Ikea de usar y tirar sino que las sillas se cordaban y volvían a su juventud.

Cuando arreglar una silla era lo normal

La historia del cordat también tiene que ver con una relación con los objetos que ha cambiado bastante. No hace tantas décadas, en Mallorca había toda una red de pequeños trabajos relacionados con mantener las cosas en uso. Se arreglaba una persiana, se reparaba una herramienta, se remendaba una prenda y se renovaba el asiento de una silla. No era conciencia ecológica ni fetichismo, de aquellas lo del cambio climático no era ni embrión. Se hacía porque era lo lógico en una era opuesta a la de la abundancia actual.

Pues bien, ese contexto explica también por qué cuesta conservar determinados oficios cuando desaparece su uso habitual. Aprender a cordar no consiste únicamente en conocer el orden de los cruces, hace falta repetir. Con el tiempo se aprende a calcular la tensión casi en modo ‘piloto automático’, a detectar una línea que se está torciendo y a corregirla antes de que obligue a deshacer parte del trabajo. Son esos conocimientos que pasan mal al papel y bastante mejor de una persona a otra.

Hoy el cordat vive una situación curiosa. Muchas de las piezas que llegan para ser reparadas no nacieron como objetos especialmente valiosos. Eran muebles de casa, viejos, abandonados. Sin embargo, ahora restaurarlos implica buscar a alguien que todavía domine la técnica y sus manos lo conviertan en único, en genuino. Durante unas horas hay que tirar, cruzar, apretar, comprobar y volver a tirar. Un lifting de cuerdas para darle ‘vida eterna’ a un mueble que tantas posaderas ha conocido.

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