Desde la retaguardiaMiquel Segura

Los gatos que están tristes y azules también tienen sus reivindicaciones

Por fin, el pasado domingo salió una «mani original». La organizaron los gestores -o cuidadores, no me agobiéis con la semántica- de las colonias felinas. Ayuntamiento, Govern y Consell harían bien tomando nota

Este cronista pecador ya se estaba cansando de tantas manifestaciones vulgares: que si el agobio turístico, que si una cadena humana contra el proyecto del pérfido PP de urbanizar es Trenc, que si hay que reconquistar el espacio urbano para los indígenas que vamos quedando. Todo muy de manual del buen progre, repetitivo, aburrido y con olor de chancletas recalentadas por el cambio climático, qué pesadez. Pero por fin, el pasado domingo salió una «mani original». La organizaron los gestores -o cuidadores, no me agobiéis con la semántica- de las colonias felinas.

Ah, sí, porque desde hace algún tiempo los gatos callejeros tienen su propia ley -lo decían las pancartas- y al parecer el ayuntamiento de Palma, o el Consell o quizá el propio Govern, me las tienen desatendidas. Si es que la gente cuando se harta, se harta y luego pasa lo que pasa. No todo tiene que ser Ceuta, o el tema de la vivienda. Los gatos son importantes en una sociedad como la nuestra, tan solícita con los débiles, independientemente del número de sus patas y el color de su pelambrera, por supuesto. En esta Palma convulsa, y justo en el momento de iniciarse un nuevo curso político que va a llevarnos a unas elecciones decisivas, ningún gestor de la cosa pública, sea del color que fuere, debería dejar de lado los problemas de los mininos: que a ver qué comen -una dieta adecuada es imprescindible para la salud, también la gatuna- que hay que darles vitaminas, llevarles al psicólogo -se estresan fácilmente- y procurar que el clima de enrarecimiento político y social que nos abruma no afecte a su equilibrio psíquico. Faltaría más.

Mi suegro llevaba el gato acomodado en el tuvo de su bicicleta, como un pachá iba el minino por las calles de sa Pobla

El amor por los gatos no viene de ahora. Cuando -de ello hace más de sesenta años- acudí a la casa de mis futuros suegros para «pedir entrada», requisito entonces imprescindible para formalizar unas relaciones amorosas, el padre de mi novia, que hoy es mi santa, me dijo que había que contar también con el beneplácito del gato porque «era un miembro más de la familia». Entonces no había eso de las colonias felinas, aunque creo que Franco las hubiese permitido siempre que sus promotores hubiesen jurado los Principios Fundamentales del Movimiento. Sin embargo, mi suegro llevaba el gato acomodado en el tuvo de su bicicleta, como un pachá iba el minino por las calles de sa Pobla.

Bueno, pues que los gatos tristes y azules tienen también sus reivindicaciones y bien hará Prohens en atenderlas si aspira a la mayoría absoluta. También la Sánchez dos debería preocuparse por el bienestar de nuestros felinos. Que Negueruela incluya esta grave cuestión en su agenda de candidato, ahí puede jugarse la minoría absoluta. En la Mallorca de hoy -en la que pasa de todo pero es como si nada pasase- no hay que olvidarse de las reivindicaciones de nuestras mascotas.

Las colonias esas deben estar bien dotadas y sus responsables compensados con las paguitas que correspondan. Somos la leche de modernos, perfectos, civilizados, el colmo del progreso. Ojo con los gatos y los perros que igual un día de esos son incluidos en el censo electoral.

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