«Madò Farta» no es una heroína enmascarada sino un polichinela diseñado por la desnortada izquierda mallorquina
La mítica de los héroes enmascarados se sostiene sobre la bondad y sentido de la justicia de los personajes que ocultan su identidad al servicio de una causa justa. Pero, ¿es justa la lucha contra el turismo?
Me sorprende y no me sorprende que ninguna de nuestras lumbreras mediáticas se haya preguntado públicamente quién se oculta tras la cadavérica máscara de madò Farta. Tal vez muchas de ellas lo sepan y, en su impenitente buenismo, piensen que su deber estriba en ocultar la identidad de ese fantoche que pretende emular a los héroes enmascarados de la literatura o el cine. En mi modesta opinión la clave de este asunto no está en la persona que se oculta tras la calavera y la indumentaria de payesa-mallorquina-defensora-de-los-desvalidos-indígenas-acogotados-por-el turismo. La cuestión no radica en la identidad física de esa señora sino en la de quien o quienes la diseñaron y con qué fines.
Se trata, en realidad, de una buena idea. La máscara oculta a la persona y permite que cualquiera se proyecte en el personaje. Tradicionalmente, los héroes enmascarados -lo adelanto: madò Farta, de heroína, nada de nada- surgían en momentos de grandes cambios urbanos en defensa de los oprimidos, los débiles, y los sin voz. Pretendían canalizar nuevas esperanzas, frustrados anhelos, siempre al servicio del pueblo oprimido por la tiranía. La indumentaria y el aspecto de ese fantasma andante responde a un «diseño» que no tiene nada de inocente.
Madò Farta y todos los que van detrás de ella se mueven por un objetivo político, el del culpar al actual Govern de un problema que viene de muy atrás
El traje de payesa, símbolo de una identidad perdida y, en realidad, despreciada -o desconocida- por la mayoría de los hombres y mujeres que viven en esta tierra -los habitantes del «portaaviones», como yo los denomino-, la calavera, presagio de la muerte de un mundo que se nos ha ido por el desagüe sin que muchos -yo, no- hicieran algo por impedirlo. La idea, lo repito, me parece perfecta, aunque no comparta sus objetivos. Joan Mascaró i Fornés lo dejó escrito a propósito de la gran figura de March: «Una inteligencia privilegiada al servicio de fines pequeños». Pues algo así.
La mítica de los héroes enmascarados se sostiene sobre la bondad y sentido de la justicia de los personajes que ocultan su identidad al servicio de una causa justa. Pero, ¿es justa la lucha contra el turismo? Plantearé la pregunta de otra manera: ¿la protesta callejera sin una reflexión colectiva sobre el modelo turístico que no podemos permitir, nos lleva a algún sitio? Si la respuesta es «no» entonces deberemos colegir que madò Farta y todos los que van detrás de ella se mueven por un objetivo político, el del culpar al actual Govern de un problema que viene de muy atrás y al que nadie, pero nadie, ha querido hincar el diente. Si eso es así, entonces la payesa enmascarada es una impostora y quienes la vistieron y la taparon unos comediantes de tomo y lomo que hacen política barata con la angustia de la gente.
Si madò Farta no quiere ser tildada de impostora debería arrancarse la máscara en medio de una de sus apariciones públicas y manifestar que, en nombre de sus impulsores -ella puede ser, simplemente, una mala actriz- convoca a todos los poderes públicos y a las asociaciones privadas a una asamblea de la que nadie se levantará hasta que se acuerden una serie de medidas que den respuesta al agobio que siente el pueblo mallorquín -¿....?- frente a su principal medio de vida.
No, madò Farta no es una heroína enmascarada, sino un polichinela al servicio de una izquierda desnortada que quiere recuperar su pulso en la calle. Sinceramente: Phantomás era mucho más divertido.