«Tú piensas como los hombres, no como Dios»
Pensar como Dios no significa dejar de ser nosotros mismos. Todo lo contrario. Lo que quiere decir es llegar a ser plenamente aquello para lo que fuimos creados. Dios no destruye nuestra personalidad, sino que la ensancha. No anula nuestra libertad, sino que la lleva a su plenitud
«Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios». La frase de Jesús dirigida a Pedro puede parecernos, en un primer momento, desconcertante. ¿Cómo quiere Jesús que un hombre piense si nos es como hombre? ¿Acaso podemos abandonar nuestra condición humana y contemplar la realidad desde el punto de vista de Dios?
En realidad, Jesús no le reprocha a Pedro que sea humano. Le reprocha que se conforme con ser solamente humano, como si Dios fuera un añadido exterior a nuestra existencia. Hemos sido creados para vivir en comunión con Él y, por tanto, el ser humano no alcanza su verdadera realización cuando prescinde de Dios, sino cuando permite que Dios entre en su inteligencia, en su voluntad, en sus afectos y en sus decisiones.
Pensar como Dios no significa dejar de ser nosotros mismos. Todo lo contrario. Lo que quiere decir es llegar a ser plenamente aquello para lo que fuimos creados. Dios no destruye nuestra personalidad, sino que la ensancha. No anula nuestra libertad, sino que la lleva a su plenitud. Cuando incorporamos a nuestra vida su manera de amar, de perdonar, de mirar a los demás y de comprender la existencia desde la eternidad, comenzamos a descubrir la verdadera grandeza de nuestra vocación humana.
Pedro piensa como los hombres porque quiere evitar a Jesús el sufrimiento y la cruz. Su razonamiento parece incluso sensato. Si Jesús es el Mesías, ¿cómo va a ser rechazado y ejecutado? Pero los caminos de Dios son más profundos. Allí donde Pedro solamente contempla fracaso, Dios está preparando la redención. Donde nosotros vemos una pérdida, Dios puede estar abriendo el camino hacia una fecundidad que todavía no comprendemos.
Por eso Jesús añade una advertencia que atraviesa los siglos: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?». Podemos dedicar una vida entera a acumular éxitos, reconocimientos, propiedades, influencia o seguridades. Pero todo eso termina. Las cosas se gastan, las propiedades pasan a otras manos, los aplausos se apagan y hasta nuestros mayores éxitos terminan siendo olvidados. La muerte tiene esa impresionante capacidad de poner todas las cosas en su verdadero lugar.
Al cielo no podremos llevarnos aquello que hemos acumulado, sino aquello que hemos dado. Nos acompañará el amor entregado, el perdón concedido, el tiempo dedicado a otros, la paciencia, la misericordia, las renuncias hechas por amor y todos esos pequeños actos de generosidad que quizá nadie llegó a conocer.
Pensar como Dios es, por tanto, aprender a mirar nuestra vida desde la eternidad. Y eso exige cultivar una verdadera interioridad. Necesitamos silencio, oración, sacramentos y escucha de la Palabra para que nuestra relación con Dios llegue a ser sólida y estable. No podemos improvisar una mirada sobrenatural cuando llegan las decisiones difíciles.
El Espíritu Santo quiere iluminar nuestra inteligencia, fortalecer nuestra voluntad y purificar nuestros deseos. Entonces tal vez seguiremos pensando como hombres, ciertamente, pero como hombres habitados por Dios. Y quizá en eso consista precisamente la santidad: aprender poco a poco a mirar nuestra vida, a los demás y al mundo con los mismos ojos con los que los mira Dios.