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TribunaEduardo Tomás Toro

La persona liberal frente a la católica

Se nos habla continuamente de poner en el centro a la persona, pero ¿qué es la persona? ¿quién es el hombre y para qué está en este mundo? Dependiendo de la respuesta orientaremos nuestra vida de forma radicalmente distinta

'El despertar de la conciencia' (The Awakening Conscience), una obra maestra realizada por el pintor prerrafaelista británico William Holman Hunt en 1853

'El despertar de la conciencia' (The Awakening Conscience), una obra maestra realizada por el pintor prerrafaelista británico William Holman Hunt en 1853

Presenciamos la destrucción de nuestra civilización cristiana, poco a poco se nos presentan ideas que parecen ser naturales y sanas pero que se alejan completamente de la verdad. Se nos habla continuamente de poner en el centro a la persona, pero ¿qué es la persona? ¿quién es el hombre y para qué está en este mundo? Dependiendo de la respuesta orientaremos nuestra vida de forma radicalmente distinta.

En este artículo primero veremos qué es el hombre según la orientación de la fe católica y lo compararemos a la concepción liberal. De ahí veremos las consecuencias prácticas que se dibujan: un modus operandi et vivendi completamente distinto y radicalmente incompatible el uno con el otro.

La persona católica

Teniendo en cuenta que la fe católica es una síntesis de razón y fe, encontramos a Santo Tomás de Aquino como su gran defensor. Toma la definición clásica de Boecio por la que la persona es «sustancia individual de naturaleza racional» (Summa Theologiae, I, q. 29, a. 1). ¿Esto qué quiere decir? Sienta una base metafísica indestructible por la mera opinión, el hombre es una sustancia, un ser que subsiste en sí mismo, además es individual e insustituible y por último es racional, por lo que tiene intelecto para conocer la verdad y voluntad para seguirla.

La persona es «lo más perfecto que hay en toda la naturaleza» (S.Th., I, q. 29, a. 3). La consecuencia de ello es que su dignidad no es fruto de sus meras elecciones subjetivas, sino que nace de ser una criatura hecha a «imagen y semejanza» (Gen. I, 27) de Dios. Su dignidad natural es tan alta por tener un alma inmortal y estar esta destinada a la bienaventuranza eterna. A través de su libertad de elección al bien, se va perfeccionando su dignidad sobrenatural hasta alcanzar el cielo.

La persona liberal actual

Para el mundo contemporáneo, heredero de la Ilustración y del liberalismo, no hay bases metafísicas de la realidad, y menos aún del hombre. Ha despojado la realidad de toda trascendencia y esencia, puesto que la persona es un mero individuo autónomo sintiente y deseante. Siguiendo la máxima de Sartre «la existencia precede la esencia», así que el hombre no tiene un fin inscrito en su ser, sino que debe auto-inventarse mediante su voluntad.

La libertad se transforma en el bien supremo y un fin último, no es una facultad para elegir el bien y medio para la virtud. La dignidad ya no procede de Dios, sino de la soberanía individual que se auto-dona y proclama su autoridad suprema sobre sí misma.

Al arrebatar al hombre todo objetivo natural y sobrenatural de perfección, se vuelve un ente cuyo único fin es la acumulación de placeres y experiencias. Si preguntáramos a los hombres de nuestro tiempo por qué y para qué viven no hallaríamos una respuesta adecuada. ¿Cómo vamos a tener vida exclusivamente para gozar de placeres sensibles si eso no me da la felicidad eterna que ansía nuestro ser? Quitar al hombre su fin último conduce al vacío existencial más profundo.

El hombre moderno es esclavo de un nuevo viaje, de una nueva experiencia, de una nueva tecnología, de un nuevo placer… Todo ello para distraerlo de la realidad más arrolladora: viaja sin rumbo por este mundo.

La comodidad frente a la verdad

La advertencia a esta concepción liberal tan proliferada en nuestra actualidad ya la encontramos de hace dos siglos, el Papa Gregorio XVI en su encíclica Mirari Vos (1832) por la que condenó el liberalismo y advirtió de la desvinculación de libertad y verdad. Citemos sus palabras:

Papa Gregorio XVI

«De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos la libertad de conciencia. [...] Pero, como decía San Agustín, ¿qué peor muerte existe para el alma que la libertad del error?».

La libertad de conciencia por la que el hombre decide qué es la verdad acaba por despojar al hombre de toda facultad de combate por lo que cree verdad. Al no necesitar el hombre buscar la verdad, encontrarla y seguirla, se encuentra en un mundo de comodidades que anestesien el sinsentido de su existencia.

¡Qué triste ser liberal! El liberal no cree en nada más que en sí mismo, no existe el amor pues nunca se entrega al otro, puesto que perdería su esencia: su libertad de elección. Es incapaz de sacrificarse por el otro, pues él es el centro de su vida. Este camino conduce al egoísmo más absoluto, al individualismo que conduce a la soledad y a la muerte temporal. Pues matar el sentido de la vida sobrenatural es matar el corazón del porqué de la existencia del hombre. Seamos católicos, no liberales.

Eduardo Tomás Toro es graduado en Derecho, Teología y Filosofía

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