Marx miente: la religión no es el opio del pueblo
La lucha de clases marxista ha saltado a todos los ámbitos de la vida. En la familia, la mujer contra el hombre, y, en el Estado, el gobierno contra el ciudadano. Pero todo tiene la misma base: la lucha del hombre contra Dios
«No tendrás nada y serás feliz»: ese lema infame de una agenda que pretende despojar al hombre de toda propiedad material
Querido lector, vivimos tiempos de un asfixiante marxismo cultural. Desde la Agenda 2030 a las reivindicaciones feministas más radicales, se despoja al hombre de su ser más íntimo, de su verdadera esencia espiritual. «No tendrás nada y serás feliz»: ese lema infame de una agenda que pretende despojar al hombre de toda propiedad material mientras está adormecido por una vida de placeres.
La lucha de clases marxista ha saltado a todos los ámbitos de la vida. En la familia, la mujer contra el hombre, y, en el Estado, el gobierno contra el ciudadano. Pero todo tiene la misma base: la lucha del hombre contra Dios. Si Nietzsche decía «Dios ha muerto, la ciencia lo ha matado», ahora podemos decir con certeza que todo fue gracias a Marx.
Karl Marx miente, porque la mentira es la afirmación de lo falso como cierto, del error consciente que se separa de la verdad. Con la religión católica desde la óptica meramente histórica se demuestra el gran progreso social del verdadero cuidado al necesitado. Solo ella pudo despojar al hombre de la esclavitud a la que Marx quiere volver a reducirlo. En este artículo vamos a desmontar su error.
Los filósofos clásicos responden a Marx
Jenofonte, en sus Recuerdos de Sócrates, ya definía al piadoso como el que «conoce las leyes relativas a los dioses». Es sabiduría, no adormecimiento. Cicerón en su Sobre la naturaleza de los dioses, rescataba la palabra relegere, con la que subraya su carácter de «volver a leer» como acto de inteligencia por el que se descubre el orden del cosmos. Incluso Lactancio recuerda que el hombre se distingue de los animales por la capacidad de vincularse (religare) con su Creador. La religión no es una enfermedad o una droga, sino lo que hace que el hombre sea humano. Es la salud de su alma: sin ella está perdido, guiado por sus impulsos animales.
Santo Tomás de Aquino acaba con Marx
Es en el realismo metafísico del Doctor Angélico donde encontramos la refutación definitiva de este erróneo planteamiento. Con sus Cinco Vías se demuestra que, por vía de la razón, se puede descubrir la existencia de una Causa Primera, de una Inteligencia Ordenadora detrás del mundo. El alma tiene una orientación natural hacia su Creador, pues la religión no aliena al hombre, sino que lo restituye en su verdadera dignidad.
El acto de la virtud de religión parte de la virtud de la justicia, con la que hay que dar a cada uno lo que le es debido. Si no damos a Dios lo que le es debido con la religión, se comete la máxima injusticia. Si no respondemos con Dios a la pregunta «¿de dónde vengo?», está claro cómo se resuelve la última pregunta «¿a dónde vamos?»: a ninguna parte, sin propósito ni objetivo, a disfrutar de los placeres sensibles sin medida.
Esperanza frente a tiranía
Con la mentira marxista de que «la religión es el opio del pueblo» se ve a la religión como un mero narcótico que impide al obrero ver sus cadenas mientras es explotado por el patrón. En palabras de Marx, «la religión es el suspiro de la criatura oprimida». Pero la religión es la esperanza que conduce al patrón y al obrero a saber que hay un premio y castigo después de esta vida temporal, y que si hay explotación e injusticia se juegan su destino último.
La historia ha demostrado que, cuando se eliminan las «flores imaginarias» de la religión, el individuo se transforma en esclavo de un sistema totalitario, en mera «fuerza de trabajo» o unidad estadística. La virtud de la esperanza, tal como la define Santo Tomás, no es una droga, sino una «firme expectación» que exige voluntad, libertad y lucha personal. La religión no te adormece ante la injusticia, sino que nos da el único estándar moral absoluto para condenarla. Ya lo decía Kierkegaard en su Postcriptum: el «salto de la fe» es el acto de libertad más profundo frente a la masa.
La religión no hace esclavos como narcótico o remedio pasajero para continuar la explotación. Ella es la verdad que nos hace libres frente a la idolatría de líderes o sistemas –sea la Agenda 2030, el feminismo o el comunismo– que vacía al hombre de su espíritu. Sin el fundamento metafísico de la realidad, lo físico se vuelve una cadena de la que nadie puede liberarse. En un mundo que ha perdido el corazón, la fe hace viva la promesa de Cristo de que el bien prevalecerá: «No temáis yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Sin esperanza no hay ni lucha ni amor, y sin amor no hay futuro.
- Eduardo Tomás Toro es graduado en Derecho, Teología y Filosofía