Hay semillas de Cristo esparcidas en los no cristianos
Podemos encontrar fuera de nuestras comunidades una generosidad que nos avergüence, una búsqueda de la verdad que nos interrogue y una capacidad de sacrificio que despierte nuestra fe adormecida.
«Mujer, qué grande es tu fe». Pocas veces encontramos en el Evangelio una expresión de admiración tan directa en labios de Jesús. Y resulta especialmente significativo que vaya dirigida a una mujer cananea, una extranjera, alguien que no pertenecía al pueblo de Israel. Jesús había sido enviado, en primer lugar, a las ovejas perdidas de Israel, pero sabe y reconoce con alegría que la acción de Dios desborda las fronteras visibles del pueblo elegido.
Es una enseñanza muy necesaria también para nosotros. Los católicos creemos que en Jesucristo hemos recibido la plenitud de la Revelación y que en la Iglesia encontramos los medios que Él mismo nos ha dejado para conocerle, amarle y vivir unidos a Él. Pero eso no significa que Dios solamente actúe dentro de las fronteras visibles de la Iglesia. El Espíritu Santo sopla donde quiere y puede suscitar en cualquier corazón deseos de verdad, de justicia, de entrega y de amor.
A veces encontramos fuera de la Iglesia personas cuya grandeza de ánimo debería hacernos reflexionar. Personas generosas, capaces de sacrificarse por los demás, de perdonar, de cuidar a un enfermo durante años, de defender al débil o de buscar sinceramente la verdad. Incluso pueden superar en estas virtudes a quienes hemos recibido el bautismo, escuchamos el Evangelio y participamos habitualmente de los sacramentos. No deberíamos sentirnos amenazados por ello, sino admirados y agradecidos. Todo lo bueno tiene, en último término, su origen en Dios.
La mujer cananea posee precisamente una de esas cualidades extraordinarias: ama. Ama tanto a su hija que no se cansa de pedir. No reclama para sí misma, sino para aquella que sufre. Insiste, persevera, acepta incluso atravesar la aparente indiferencia de Jesús porque está convencida de que Él puede salvarla. Su fe nace de un amor que no se rinde.
Y quizá ahí descubramos algo esencial: antes incluso de conocer plenamente a Dios, el ser humano puede estar ya respondiendo a su gracia. Cada vez que alguien ama sinceramente, busca la verdad, practica la misericordia o entrega su vida por otro, hay algo de Dios actuando en él. Tal vez todavía no sepa darle un nombre. Tal vez nunca haya abierto un Evangelio. Pero está siguiendo una luz que, si pudiera contemplar su origen, descubriría que procede de Cristo.
Esto debería cambiar también nuestra manera de mirar a quienes no creen. No son simplemente personas a las que nosotros tenemos que enseñar algo. Muchas veces también tenemos mucho que aprender de ellas. Podemos encontrar fuera de nuestras comunidades una generosidad que nos avergüence, una búsqueda de la verdad que nos interrogue y una capacidad de sacrificio que despierte nuestra fe adormecida.
Los cristianos hemos tenido la inmensa gracia de encontrarnos cara a cara con Jesucristo. Por eso nuestra responsabilidad es todavía mayor. Porque quien ha conocido la fuente debería tener más sed de Dios, quien ha recibido el Evangelio debería amar más y quien ha conocido a Cristo debería parecerse cada día más a Él.
Hay semillas de Cristo esparcidas por todas partes. Hay reflejos suyos en hombres y mujeres que buscan sinceramente la verdad y practican el bien, aunque todavía no sepan pronunciar su nombre. Quizá algún día, al encontrarse definitivamente con Él, escuchen también aquellas palabras que Jesús dirigió admirado a la cananea: «Qué grande es tu fe».