La tierra de nuestra alma
Cuando Cristo encuentra un corazón dispuesto, incluso pequeño y lleno de cicatrices, es capaz de hacer brotar una cosecha que supera toda expectativa
La parábola del sembrador es una de las imágenes más luminosas del Evangelio porque habla de algo que todos comprendemos: la tierra solo da fruto cuando está preparada para recibir la semilla. Jesús mismo explica que esa semilla es la Palabra de Dios, sembrada sin descanso en el corazón de los hombres. Él continúa realizando esa siembra hoy a través de la Iglesia, de los apóstoles de cada tiempo, de tantos sacerdotes, catequistas, padres, educadores y cristianos sencillos que anuncian el Evangelio con su palabra y, sobre todo, con su vida.
Lo sorprendente de la parábola es que el problema nunca está en la semilla. La semilla siempre es buena, porque procede de Dios. Tampoco el sembrador escatima esfuerzos. Siembra con generosidad incluso donde parece improbable que nazca algo. La gran cuestión es la calidad de la tierra. Y esa tierra somos nosotros.
Jesús describe distintos tipos de terreno. Está el camino endurecido, donde la semilla ni siquiera consigue penetrar. Son los corazones que se han acostumbrado a pasar por encima de todo sin dejar que nada les afecte. También está el terreno pedregoso, donde la planta brota con rapidez, pero carece de raíces profundas y se seca al primer golpe de calor. Son las personas que reciben con entusiasmo la fe mientras todo resulta fácil, pero que abandonan cuando llegan las dificultades. Finalmente aparecen los zarzales, donde la semilla crece, aunque termina asfixiada por las preocupaciones, la ambición o el afán de poseer. Solo la tierra buena permite que la semilla dé fruto abundante.
Esta descripción no pretende clasificar a las personas, sino recordarnos que cada uno puede decidir qué clase de tierra quiere ser. Dios respeta profundamente nuestra libertad. Nadie nace condenado a ser un camino endurecido ni privilegiado por ser tierra fértil. El corazón humano cambia, se transforma y puede prepararse para acoger la gracia.
Pero ¿cómo se convierte una tierra dura en un campo fecundo? La respuesta la encontramos también en la experiencia del agricultor. Ningún terreno produce una cosecha abundante si antes no ha sido trabajado.
El primer instrumento es el arado. Remueve la tierra, rompe su dureza y abre surcos profundos. En la vida cristiana ese arado tiene un nombre muy concreto: la cruz. Las contrariedades, los fracasos, las pérdidas o las enfermedades, cuando son vividas junto a Cristo, resquebrajan nuestra autosuficiencia y hacen que el corazón deje de ser una superficie compacta donde nada puede arraigar.
Después llega el abono. Resulta significativo que aquello que parece desecho sea precisamente lo que enriquece el campo. También nuestras debilidades, nuestros límites y sufrimientos, aceptados con humildad, alimentan el alma. Lo que tantas veces desearíamos eliminar de nuestra vida puede convertirse, por la gracia de Dios, en la fuente de una fecundidad inesperada. La humildad suele crecer mucho mejor en la tierra del sufrimiento que en la del éxito.
Sin embargo, ni el mejor arado ni el mejor abono bastan si falta el agua. Es el agua la que despierta la vida escondida en la semilla. Esa agua es el Espíritu Santo, que riega silenciosamente el corazón y hace posible lo que nuestras solas fuerzas jamás alcanzarían. Él convierte la Palabra escuchada en vida vivida, en amor concreto, en esperanza firme y en una santidad sencilla que da fruto para los demás.
Quizá hoy la pregunta más importante no sea cuánto sabemos del Evangelio, sino cómo está la tierra de nuestra alma. Porque Cristo sigue sembrando con la misma generosidad de siempre. Y cuando encuentra un corazón dispuesto, incluso pequeño y lleno de cicatrices, es capaz de hacer brotar una cosecha que supera toda expectativa.