Atlantic CityLuís Pousa

El pavés

Mientras el Tour apenas pisa ya los adoquines, los últimos empedrados de Coruña custodian la memoria de una ciudad clandestina que el asfalto nunca logró sepultar

Voy paseando por las corredoiras de Betanzos y sé que estamos a mediados de julio porque el maíz ya se ha levantado dos palmos sobre la tierra y porque por la calzada culebrean los ciclistas domingueros de cada verano. Pedalean bajo el crudo sol de Infesta, con sus entrañables barrigas cerveceras encajadas como buenamente pueden en los maillots desfondados.

Empieza el Tour y los desertores de la oficina rescatan del trastero sus bicis y sus recuerdos de Perico Delgado e Induráin. Se echan al asfalto entre Santiago y Betanzos porque saben que, en la meta volante de Montellos, toca avituallamiento en la gloriosa Taberna García (estos gregarios nunca ganarán la Vuelta a España, pero podrían escribir de memoria una guía Michelin de las tabernas). Y nada de bidones con bebidas isotónicas. En García, la pausa de hidratación se hace con Estrella Galicia y una tapa de riñones. Que se note que no somos gringos.

Pienso en la Vuelta a Francia —que en mi niñez detenía el tiempo a la hora de la siesta— cuando veo salir de debajo de las piedras a los espontáneos del ciclismo y cuando, al pasear sin rumbo por Coruña, me encuentro con algún resto del antiguo pavés que emerge bajo la calzada. Hay dos pedacitos que sobreviven de pura casualidad, solo porque alguien dejó a medio asfaltar esas calles (la chapuza siempre es la mejor explicación de la historia universal). Uno está entre la ronda de Nelle y la avenida de los Mallos. El otro, en el cruce de Federico Tapia con Ramón de la Sagra. Son como yacimientos arqueológicos de una Coruña decimonónica que se asoma a echar un ojo a esta Coruña nuestra de ahora mismo. A saber qué pensará de nosotros esa ciudad agazapada.

Pavimento en La Coruña

Digo que el pavés me recuerda al Tour, aunque este julio casi no habrá pavés porque la ronda huye de la frontera belga, que es donde se cultivan los adoquines y los flamencos especialistas en adoquines. No volverá por ahora a los legendarios empedrados de Roubaix, donde hace años atisbamos que, después de todo, Armstrong e Induráin eran mortales. A los nostálgicos de las piedras solo nos queda esa última etapa parisina, en la que se sube a Montmartre por el adoquinado de la rue Lepic. Pero ahí nadie se jugará ya el pellejo.

Un Tour sin pavés. Y sin Mont Ventoux. A ese monte desértico, casi lunar, se puede subir con la Grande Boucle o con un libro de Rafael Reig bajo el brazo. A Reig hay que leerlo porque, para escribir sobre el ascenso de Francesco Petrarca al Mont Ventoux (el 26 de abril de 1336), primero da un rodeo —un maravilloso rodeo: ¿qué sería de la vida sin rodeos?— por el capítulo 31 de Huckleberry Finn, cuando Huck asume que está dispuesto a ir al infierno con su amigo Tom Sawyer, y por la etapa del Tour de Francia que en julio de 1967 terminó en el Mont Ventoux. Aquel día murió sobre la bicicleta el gregario Tom Simpson, después de meterse media botella de coñac Rémy Martin y dos tubos de anfetaminas como combustible para subir el puerto.

Como nunca he dejado de ser un niño de barrio, siempre he estado mucho más cerca de Huckleberry y de los gregarios que de Petrarca y los jefes de filas. Por eso mismo, me echo a la calle (sin bici, ni dopaje, ni nada). Me acerco al cruce de Federico Tapia con Ramón de la Sagra y, en plan rastreador indio de una peli del Oeste, pego la oreja al último empedrado de la ciudad. A los de mayo del 68, cuando arrancaban los adoquines de París para armar sus barricadas, les dio por gritar aquello de que «bajo el pavés está la playa». No sé. Pero lo que sí sé es que bajo los adoquines de Coruña todavía se escucha cómo late el mar.

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