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De la gloria a la glorieta

El capitalismo que aspiraba a aniquilar acabó apropiándose del Che y el guerrillero decora hoy una rotonda del municipio más rico de Galicia

Un sofocante sábado de verano. Docenas de conductores se dirigen a la playa de Bastiagueiro. Nuestro modesto utilitario —con veinte años sobre sus lomos— está atrapado en un enjambre de vehículos de alta gama que van y vienen de las urbanizaciones de lujo. De pronto, en medio de la rotonda, se alza el rostro del Che esculpido a imagen y semejanza de la legendaria foto de Alberto Korda.

¿Hay algo más capitalista que un atasco de cochazos en la avenida Ernesto Che Guevara de Oleiros? Qué mejor encarnación del triunfo del libre mercado sobre el marxismo: el indomable guerrillero convertido en icono pop. Apenas un imán de nevera. La escultura de acero es el póster del Che del municipio más rico de Galicia. Es la misma estampita laica que durante décadas adornó, con una fe del Antiguo Testamento, los cuartos estudiantiles de Santiago de Compostela.

Este mediodía infernal, mientras mis proteínas empiezan a freírse sobre el asfalto y me siento Arnold Schwarzenegger descendiendo a la balsa de acero fundido en la escena final de Terminator 2, me pregunto: ¿Por qué el ídolo de medio mundo, el que cuelga en las paredes de las residencias universitarias, es el perdedor, Ernesto Che Guevara, y no el triunfador, Fidel Castro?

Justo por eso, porque el Che es el símbolo de la derrota. El muerto en una emboscada, el que decidió renunciar a las comodidades de las élites comunistas habaneras para irse a la selva boliviana en busca de una muerte segura. Todo esto lo cuenta con estilo y datos aplastantes Guillermo Cabrera Infante, que vio la Revolución desde los dos lados del espejo. Así lo desgrana en Mea Cuba: «Guevara nunca fue en Cuba lo que se dice amado, ni en el poder, ni cuando dejó la isla, aparentemente perseguido por el tedio o por Fidel Castro». Porque el Che, atiza GCI, era un perdedor nato que cobró importancia solo cuando perdió.

Estatua de Che Guevara en Oleiros

Estatua de Che Guevara en Oleiros

Que era un consumado fracasista lo revela esta anécdota que rememora Guillermo Cabrera: «Guevara había leído más libros que Fidel y Raúl juntos —lo cual no era realmente una hazaña». «El Raúl Castro que conocí a comienzos de 1959, recién casado con Vilma Espín, una graduada de Vassar College procedente de una familia fabulosamente rica, emparentada con un Bacardí, que eran algo más que ron y cerveza. Vassar o no Vassar, no había un solo libro en su apartamento y la única proeza intelectual de Raúl Castro fue montar y desmontar una pistola Walther en tiempo récord y con los ojos cerrados», apuntala Cabrera Infante. Estaba claro quién iba a ganar la pelea: el tipo que no tenía un solo libro en su apartamento, pero que sabía montar y desmontar un revólver a ciegas.

Las cosas con el otro Castro, Fidel, nunca fueron bien. Era, reflexiona GCI, un matrimonio de conveniencia: «Más que asmático, era dogmático. De cierta manera era un Trotski del Stalin de Castro. Era un Engels vengador mucho más Marx que el mismo Marx».

Y así llegó el fin. El Che abandonó Cuba y se lanzó al abismo: «La expedición de Guevara a Bolivia fue absurda como la muerte. Su vida terminó en un desastre colosal, que culminó con el libertador muerto por los que venía a salvar». Acabó, en definición magistral de Cabrera Infante, «embalsamado en un póster».

El Ernesto Guevara de Oleiros tiene algo de cadáver embalsamado. Sospecho que, cuando el alcalde ordenó colocarlo justo ahí, en medio de los chalés de los ricachones, se relamió barruntando que así propinaba una sonora bofetada a la burguesía coruñesa. Pero, al final, este busto plantado frente al jardín de los millonetis parece más bien una de esas cabezas disecadas que adornan los pabellones de caza de los señoritos. Otro trofeo para enseñar a las visitas. Y, sobre todo, el Che oxidado es una metáfora descomunal. El naufragio del comunismo se condensa en ese último descenso a los infiernos del revolucionario: de la gloria a la glorieta.

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