Atlantic CityLuís Pousa

¿Y qué dicen en Bergondo de ZP?

A mí en toda esta historia de los brazaletes y esmeraldas de Zapatero todavía me falta la versión que más me interesa: la de los sabios joyeros de la ría de Betanzos

Hay muchos detalles del caso Zapatero que me asombran. Lo primero que me sorprende es que haya gente que se sorprenda. Como crecí leyendo tebeos, cada vez que veo en la tele las noticias sobre sus nebulosos negocios y aparecen las dichosas iniciales ZP, me acuerdo de aquel malvado de las aventuras de Spirou y Fantasio llamado Zorglub. Y no me puedo creer que, a estas alturas de la película, en la Audiencia Nacional nadie haya caído en que el expresidente está a una sola letra de rebautizar aquella historieta titulada La sombra de Z como ZP a la sombra.

Todo lo que nos están contando ahora ya lo habíamos leído de niños en las viñetas de André Franquin, solo que ZP, al adherir a la zeta de Zorglub esa pe cutre y pedestre, perdió el aura de maligna inteligencia del inventor de la zorglonda y se quedó en un malo de medio pelo. Es algo así como si aspiras a ser Darth Vader, y a que suene la Marcha Imperial mientras exprimes el lado oscuro de la fuerza para dominar el universo, y luego te conformas con ser Plankton y andas husmeando por el Crustáceo Crujiente para robar la receta de la Cangreburger.

Algo de esta malignidad de AliExpress se intuye cuando César Antonio Molina detalla que no ve al expresidente capacitado para montar una maraña de cuentas offshore. Claro que Molina es de la calle de la Torre y en esa cuesta las pillan al vuelo: ya veían venir a Zapatero cuando los demás todavía estábamos festejando el gol de Iniesta.

Ignoramos si el señor Rodríguez —ya está bien de ningunear el apellido materno, maldito heteropatriarcado— acumula sus ahorrillos en el Golfo Pérsico —que a menudo es más golfo que pérsico—, pero lo que hemos visto con estos ojitos son las joyas que guardaba para un apuro en la caja fuerte de su despacho. Entre la valoración bondadosa de su «portavoz» (como mucho 50.000 euros) y la tasación oficial de los peritos judiciales (1.300.000 euros) se abre un abismo que me lleva literalmente a la pregunta del millón: ¿Y qué dicen de todo esto en Bergondo?

Algunas de las joyas de Zapatero

Algunas de las joyas de ZapateroE.D.

Porque si en este mundo hay alguien que sabe de zafiros, brazaletes y esmeraldas, son los joyeros de Bergondo, que olfatean los quilates a muchas leguas de distancia. En Fragmentos del apocalipsis —que no sería un mal título para la novela de los tiempos que corren—, Gonzalo Torrente Ballester nos cuenta las desventuras de Ferreiro, un relojero de Bergondo al que no le iba nada mal, pero que se enteró de que su mujer le había puesto los cuernos con un profesor universitario y decidió hacerse bonzo.

En el libro, don Gonzalo nos enseña que, entre los plateros de la ría de Betanzos, también hay clases: «Tradicionalmente, la gente de Bergondo se dedica al negocio de las alhajas. Algunos, los más afortunados, poseen en Madrid grandes y aparatosas joyerías, provistas de los sistemas de protección más modernos, y en sus escaparates se muestran collares de esmeraldas y diademas de brillantes: son unas cuantas dinastías cuyos miembros ya no han nacido en Bergondo, pero que van todos los años a veranear allí porque poseen palacetes de estilo fin de siglo con cristalerías de colores y maderamen de caoba. Los menos afortunados son esos que van de un lugar a otro con un modesto maletín, y que compran las dentaduras de oro de los muertos, los pendientes descabalados, las sortijas rotas, las cadenas anticuadas, los relojes que ya no marchan».

Zapatero, cuando se vio rodeado de cobistas y lisonjeros en la Moncloa, llegó a creerse que iba para joyero rico de Bergondo, con su palacete forrado de caoba y sus vidrieras de colores, pero luego todo fue mucho más cutre y acabó convirtiéndose en un simple viajante que iba por ahí rapiñando las dentaduras de oro y los relojes que ya no marchan. Por ahora, no tiene pinta de hacerse bonzo, como el bueno de Ferreiro, aunque, después de lo de Ábalos, lo que de verdad temen en Ferraz es que tenga vocación de kamikaze.

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