Atlantic CityLuís Pousa

Hitchcock en Barrañán

Nos gusta creer que vivimos en la edad de oro de los bulos, pero en los tiempos analógicos ya se destilaban trolas descomunales, como que el cineasta británico recorrió la costa coruñesa en busca de localizaciones para «Los pájaros»

El adanismo es el gran pecado de nuestro tiempo. Poco menos que acabamos de llegar al universo y nos creemos que lo hemos estrenado todo: la democracia, el amor, la literatura, la ciencia, la guerra. Incluso el sexo. Pero está todo tan inventado que hasta el adanismo es la cosa más antigua del mundo. Se remonta, como mínimo, a Adán y Eva, solo que el heteropatriarcado decidió llamarlo adanismo en lugar de evismo.

Si uno acude al Diccionario —una costumbre que empieza a ser revolucionaria—, comprueba que la RAE ofrece dos adanismos por el precio de uno. El primero es el «hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente». Voy a la segunda acepción y aparece el «desnudismo, práctica de la desnudez». La otra noche una señora se despelotó en TVE presumiendo de que estaba practicando el primer adanismo, el de hacer algo que nunca había hecho nadie antes, cuando en realidad estaba practicando el segundo, el de ir por ahí en bolas, deporte que ejercitaban Adán y Eva antes de vestirse con hojas de parra (la historia de la moda es un hilo que enlaza la hoja de parra del Paraíso con las batas de boatiné de Zara).

En el fondo, todo esto es muy humano: cada generación cree que está inaugurando la creación. Uno de los síntomas más entrañables y jocosos de esta patología es pensar que vivimos en la edad de oro de los bulos. Como si hubiesen tenido que llegar las redes sociales para fundar los embustes. No dudo de que los mentirosos dispongan ahora de las herramientas más poderosas de la historia, pero no hay que olvidar que nuestra adorada imprenta sirvió, entre otras muchas cosas, para multiplicar la difusión de todo tipo de libelos y a nadie se le ha ocurrido jamás culpar de ello al bueno de Gutenberg.

Alfred Hitchcock, en una imagen de 1960

Alfred Hitchcock, en una imagen de 1960GTRES

Como prueba de que los engaños vienen de muy lejos, me gusta recordar una de mis patrañas favoritas. Es una trola descomunal y quienes la armaron no se cortaron un pelo en adornarla con detalles que la hiciesen verosímil. Es una de nuestras leyendas coruñesas más descabelladas y queridas.

La ficción se sitúa a principios de los sesenta. Alfred Hitchcock venía de estrenar nada menos que Vértigo (1958), Con la muerte en los talones (1959) y Psicosis (1960) y andaba buscando localizaciones para rodar su próxima obra maestra: Los pájaros. La película, como es sabido, se filmó en Bodega Bay (California). Pero, según las fantasías de algunos coruñeses de la época, antes de decantarse por el Pacífico, el cineasta recorrió la costa coruñesa en busca del paisaje ideal para ubicar su suspense. La mitología local asegura que Hitchcock se mostró particularmente interesado en trasplantar el guion de Bodega Bay a Barrañán. E incluso hay testimonios —puras falacias, por supuesto— de que se alojó durante un par de semanas en el Hotel Finisterre mientras peinaba el litoral coruñés a la caza del escenario perfecto.

Habría estado bien ver a Tippi Hedren y Rod Taylor huyendo despavoridos de un ataque de gaviotas de Arteixo, pero el sueño coruñés de Hitchcock se quedó en las mentes calenturientas de sus inventores y nuestros periquitos, gorriones y cuervos se perdieron su cameo junto al orondo realizador.

Puestos a fabular, yo me hubiese inventado que don Alfred había sopesado seriamente rodar en Galicia Con la muerte en los talones —justo por eso en el inglés original se titulaba North by Northwest— y que la escena del monte Rushmore estaba pensada en realidad para que Cary Grant y Eva Marie Saint descendiesen por los acantilados de San Andrés de Teixido. Pero no me hagan mucho caso, porque me estoy poniendo un poco adanista, dando por hecho que esto se me acaba de ocurrir a mí, y seguro que entre Cariño y Cedeira encontramos a un paisano que en 1959 echó la tarde jugando al dominó con Hitchcock.

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