Atlantic CityLuís Pousa

A 35 grados en Cecebre

Cuando los termómetros estaban a punto de estallar en Villa Florentina, un carballo me recordó que Wenceslao ya había escrito todo esto hace cien años

Los coruñeses tenemos el termostato muy limitado. Si fuésemos una de esas horripilantes máquinas de aire acondicionado con las que nos torturan en las tiendas y las oficinas estaríamos ceñidos a un estrechísimo margen entre 15 y 25 grados. Cuando la temperatura exterior baja de 15, nos congelamos; y, en cuanto sube de 25, nos hierve la sangre en las venas. No damos para más.

Por eso tardaremos en olvidar el San Antonio de este año. El sábado 13 de junio, alguien decidió experimentar con los pacientes inquilinos de esta esquina atlántica y comprobar hasta dónde se puede girar la rueda del calor antes de que empecemos a desplomarnos sobre las aceras.

El problema es que la prueba se salió de madre y nos quedamos a cinco minutos de que se nos frieran las meninges dentro del cráneo. Una vez pasados los 35 grados, el universo —al menos esta porción de universo llamada Coruña— se había desbaratado y caía a pedazos sobre nosotros. En ese instante en que el mundo tal y como lo habíamos conocido se derretía a 35,9 grados, me acordé de dos hitos de mi educación sentimental.

El primero es el miedo atávico de los galos a que el cielo se caiga sobre sus cabezas. Siempre había pensado que aquel terror de Astérix y los suyos se refería a esas tormentas durante las que uno llega a creer que la bóveda celeste está a punto de hacerse añicos. Pero el sábado comprendí, tantos años después, que las tempestades son en realidad casi inofensivas para el cielo, que las mira por encima del hombro, y que lo preocupante es que el firmamento se agriete por un subidón de calor.

Villa Florentina

Villa FlorentinaDIPUTACIÓN DE LA CORUÑA

También recordé aquel glorioso episodio de El asombroso mundo de Gumball en que Richard Watterson consigue un empleo de repartidor de pizzas y, al salirse del marco de su papel de holgazán incurable, pone en peligro la existencia misma del universo. Mientras el espacio-tiempo empieza a resquebrajarse, sus hijos logran que despidan a Richard y, en cuanto está de nuevo en el paro, los engranajes del universo vuelven a funcionar.

Así me sentía yo el sábado por la tarde. Miraba de reojo a los cielos, por si la creación empezaba a desgajarse con esa febrícula que ya apuntaba a fiebre. Y no dejaba de observar la carretera por si aparecía Watterson en su moto con una cuatro estaciones.

Me encontraba en Cecebre, en Villa Florentina, donde se refugiaba Fernández Flórez cada verano para huir del ferragosto madrileño. La quinta es hoy una coqueta casa museo donde la directora de la fundación, Alicia Longueira, y la bibliotecaria Teresa Morís custodian con mimo el legado de Wenceslao. En Villa Florentina, un sábado por la tarde, lo mismo te sueltan una conferencia sobre el infinito que te ponen a jugar al cróquet con el espíritu del dandi de la calle Torreiro.

Salí al jardín a ver si me oxigenaba las neuronas y me arrimé a un carballo corpulento y parlanchín como todos los árboles de la fraga. Me comentó que los coruñeses todo lo exageramos y que aquellos 35,9 grados tampoco eran para tanto. Me recordó muy ufano que Wenceslao ya había escrito hace cien años sobre un día de agosto en que Cecebre se había puesto a 30.

El roble tenía una memoria excelente y, sin preguntar al ChatGPT ni nada, se puso a citar párrafos enteros de la columna, en la que Fernández Flórez relataba que, mientras Coruña se asfixiaba a 30, Madrid se desintegraba a 58 grados: «Los termómetros madrileños estallaban como si se hubiesen atrevido a medir la temperatura en las axilas del mismo sol». En Cecebre, Marica y Xan das Mazás vieron cómo salía del suelo un extraño vapor y corrieron a avisar a sus vecinos: «¡Es toda la tierra que arde! ¡Llega el fin del mundo!».

Yo estoy a muerte con Wenceslao y, sobre todo, con Marica das Mazás. Porque si hasta en Cecebre pasamos de los 35 grados, solo veo dos opciones posibles: o ha llegado el fin del mundo —esto sería lo más tranquilizador— o todavía nos queda una larga temporada en las axilas del infierno.

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