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Enrique García-Máiquez

Para una cosa que os pido…

De ser padre no se abdica en la vida, como pasaba antes con los reyes y los papas, pero sí se va dejando el campo de la potestas y entrando en el ámbito de la auctoritas, por decirlo como don Álvaro d’Ors. Es importante que para entonces los hijos, por mucho que se rían, tengan clara una cosa: su modelo de excelencia. Ante cualquier nuevo reto, preguntarse: «¿Qué haría aquí mi propia hipérbole?»

Las vacaciones son un espléndido recurso educativo. Son los días más académicos del año, en un sentido platónico. Más diálogos sobre lo divino y lo humano, recostados en divanes y disfrutando de la ironía socrática. Hay que aprovecharlos. Mis hijos están cruzando ese umbral en que ya son ellos los que se sonríen y se ríen de sus padres, cuando hasta ahora, tan pequeños y tan simpáticos, era exactamente al revés.

En esa línea recuerdan mi principal baza educativa, algo guasones. Empezó como un tic, alcanzó un día el estatus de broma exitosa y enseguida se fosilizó en proverbio íntimo de nuestro léxico familiar. ¿Qué era? Si mi hija, por ejemplo, cogía el tenedor de una forma rara yo le rogaba, fingiendo desesperación, que lo hiciese bien, que era lo único que le pedía a ella en la vida… Si se peleaban los hermanos, suplicaba que se llevasen de maravilla, que era lo que les pedía y ya está… Si alguno no recogía el cuarto: ¡para una cosa que te pido!… Un día uno me dijo: «¿Una? No paras de pedirnos cosas constantemente, papá». Y entonces yo rematé a puerta, felizmente: «En realidad, sólo os pido una cosa: que os alcéis a vuestra altura, lo que incluye las buenas maneras en la mesa, el cariño en el trato, el orden, el estudio, el buen humor, etc.».

Chesterton lo versificó: «Hay una sola cosa necesaria: todo. / El resto es vanidad de vanidades». La agencia creativa INNN clavó la idea con mucho punch publicitario: «¡Sé tu propia hipérbole!». Espero que mis hijos, risas aparte, tengan claro el imperativo. Es lo único que les pido.

Las derivadas caen después por su propio peso. Por ejemplo, la obediencia. En las escuelas de padres a las que fuimos dócilmente cuando eran pequeños nos decían que los niños tenían que aprender a «obedecer a la primera». Me parece un propósito muy poco ambicioso. Prefiero la precisión de la hipérbole: los niños tienen que aprender a «obedecer a la cero», o sea, sin necesidad de que la madre o el padre les digan ni una sola vez lo que ya saben ellos de sobra que tienen que hacer. «Mis hijos son muy buenos, recogen la mesa en cuanto se lo digo». Está bien, vale, y con frecuencia lo firmaría. Pero si saben que tienen que recoger la mesa, ¿por qué esperan, puñeteros, a que uno se lo diga cada día, digo, cada día, o tres veces al día, después del desayuno, el almuerzo y la cena? Esto lo repito mucho (ay) a mis alumnos de FP. ¿Hace falta que cada vez que entre en clase diga: «Podéis guardar silencio, por favor»? Aunque entonces se callen, yo ya sé, de otras ocasiones, que pueden guardar silencio y ellos ya saben que no es tanto un favor que me hacen como su deber. En su honor he de decir que lo entienden y me ahorran al final muchas repeticiones redundantes.

No es pereza, sino pedagogía. Ni los hijos ni los alumnos van a tenernos toda la vida al lado diciéndoles qué deben hacer y qué no. Es muy importante que interioricen y personalicen el sentido común y el sentido del deber. Han de tomar el control. De ser padre no se abdica en la vida, como pasaba antes con los reyes y los papas, pero sí se va dejando el campo de la potestas y entrando en el ámbito de la auctoritas, por decirlo como don Álvaro d’Ors. Es importante que para entonces los hijos, por mucho que se rían, tengan clara una cosa: su modelo de excelencia. Ante cualquier nuevo reto, preguntarse: «¿Qué haría aquí mi propia hipérbole?»

Eloísa le dijo a su enamorado Abelardo una sola cosa: «Haced lo que queráis, menos olvidarme». Qué bellísima súplica de amor. Es lo que yo digo a cada uno de mis hijos: «Haz lo que quieras, menos olvidarte de ti». Sólo eso: «Haz lo que seas».

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